EN LA CATEDRAL GÓTICA: LA FIESTA DE LOS LOCOS Y LA FIESTA DEL ASNO
Dentro de las catedrales
góticas, el cristiano experimentaba la emoción de su fe ortodoxa. Los vitrales y
las cúpulas ojivales del templo convocaban el
encuentro del creyente católico con el dios de la revelación bíblica. Pero entre
las naves, altares y columnas de las catedrales también chillaron los cuernos de
la fiesta de entonaciones paganas. Dentro del templo medieval, la fiesta exhaló
la alegría estridente, el desorden bullicioso, una forma vital de intuición de
una plenitud sagrada. La Fiestas de los Locos y La Fiesta del Asno
anegaron el interior de las catedrales con este fervor festivo. En este instante
de Fiestas Populares en Temakel, presentamos la breve pero intensa
recreación de la fiesta en los templos medievales de Fulcanelli, famoso
adepto a la alquimia, en su clásica obra: El misterio de las catedrales.
Santuario de la Tradición, de la Ciencia y del Arte, la catedral gótica no debe ser contemplada como una obra únicamente dedicada a la gloria del cristianismo, sino más bien como una vasta concreción de ideas, de tendencias y de fe populares, como un todo perfecto al que podemos acudir sin temor cuando tratamos de conocer el pensamiento de nuestros antepasados, en todos los terrenos: religioso, laico, filosófico o social.
Las atrevidas bóvedas, la
nobleza de las naves, la amplitud de proporciones y la belleza de ejecución,
hacen de la catedral una obra original, de incomparable armonía, pero que el
ejercicio del culto parece no tener que ocupar enteramente. Si el recogimiento,
bajo la luz espectral y policroma de las altas vidrieras, y el silencio, invitan
a la oración y predisponen a la meditación, en cambio la pompa, la estructura y
la ornamentación producen y reflejan, con extraordinaria fuerza, sensaciones
menos edificantes, un ambiente más laico y, digamos la palabra, casi pagano.
Allí se pueden discernir, además de la inspiración ardiente nacida de una fe
robusta, las mil preocupaciones de la grande alma popular, la afirmación de su
conciencia y de su voluntad propia, la imagen de su pensamiento en cuanto tiene
éste de complejo, de abstracto, de esencial, de soberano.
Si venimos a este edificio para asistir a los oficios divinos, si penetramos
en él siguiendo los entierros o formando parte del alegre cortejo de las fiestas
sonadas, también nos apretujamos en él en otras muchas y distintas
circunstancias. Allí se celebran asambleas políticas bajo la presidencia del
obispo; allí se discute el precio del grano y del ganado; los tejedores
establecen allí la cotización de sus paños; y allí acudimos a buscar consuelo, a
pedir consejo, implorar perdón. Y apenas si hay corporación que no haga bendecir
allí la obra maestra del nuevo compañero y que no se reúna allí, una vez al año,
bajo la protección de su santo patrón.
Otras ceremonias, muy del gusto de la multitud, celebrábanse también allí
durante el bello período medieval. Una de ellas era la Fiesta de los locos
-o de los sabios-, kermesse hermética procesional, que salía de la iglesia con
su papa, sus dignatarios, sus devotos y su pueblo -el pueblo de la Edad Media,
ruidoso, travieso, bufón, desbordante de vitalidad, de entusiasmo y de ardor-, y
recorría la ciudad... Sátira hilarante de un clero ignorante, sometido a la
autoridad de la Ciencia disfrazada, aplastado bajo el peso de una indiscutible
superioridad. ¡Ah Fiesta de los Locos con su carro del Triunfo de Baco, tirado
por un centauro macho y un centauro hembra, desnudos como el propio dios,
acompañado del gran Pan; carnaval obsceno que tomaba posesión de las naves
ojivales! Ninfas y náyades saliendo del baño; divinidades del Olimpo, sin nubes
y sin enaguas: Juno, Diana, Venus y Latona, dándose cita en la catedral para oír
misa! ¡Y qué misa! Compuesta por el iniciado Pierre de Corbeil, arzobispo de
Sens, según un ritual pagano, y en que las ovejas de 1220 lanzaban el grito de
gozo de las bacanales: ¡Evohé! ¡Evohé!, y los hombres del coro respondían,
delirantes:
Haec est clara dies clararum clara dierum!
Haec est festa dies festarum festa dierum (1).
( ¡Este día es célebre entre los días célebres!
¡Este día es de fiesta entre los
días de fiesta!)
Otra era la Fiesta del Asno casi tan fastuosa como la anterior,
con la entrada triunfal, bajo los arcos sagrados, de maitre Aliboron,
cuya pezuña hollaba antaño el suelo judío de Jerusalén. Nuestro glorioso
Cristóforo era honrado en un oficio especial en que se exaltaba, después de la
epístola, "ese poder asnal que ha valido a la Iglesia el oro de Arabia, el
incienso y la mirra del país de Saba". Parodia grotesca que el sacerdote,
incapaz de comprender, aceptaba en silencio, inclinada la frente bajo el peso
del ridículo que vertían a manos llenas aquellos burladores del país de Saba, o
Caba, ¡los cabalistas en persona! Y es el propio cincel de los maestros
imagineros de la época, el que nos confirma estos curiosos regocijos. En efecto,
en la nave de Notre-Dame de Estrasburgo, escribe Witkowski, "el bajorrelieve de
uno de los capiteles de las grandes columnas reproduce una procesión satírica en
la que vemos un cerdito, portador de
un acetre, seguido de asnos revestidos con hábitos sacerdotales y de monos
provistos de diversos atributos de la religión así como una
zorra cerrada en una urna. Es la Procesión de la zorra o de la fiesta del
asno.
Había, en fin, ciertas costumbres chocantes que traslucen un sentido
hermético a menudo muy duro, que se repetían todos los años y que tenían por
escenario la iglesia gótica, como la Flagelación del Aleluya, en
que los monaguillos arrojaban, a fuertes latigazos, sus sabots (1)
zumbadores fuera de las naves de la catedral de Langres; el Entierro del
Carnaval; la Diablería de Chaumont; las procesiones y banquetes de la
infantería de Dijon, último eco de la Fiesta de los locos, con su Madre loca,
sus diplomas rabelesianos, su estandarte en el que dos hermanos, con la cabeza
gacha, se divertían mostrando las nalgas; el singular Juego de pelota, que se
disputaba en la nave de san Esteban de la catedral de Auxerre y desapareció allá
por el año 1538. (*)
(1) Trompo con perfil de Tau o Cruz. En cábala, sabot equivale a cabot o chabot, el chat botté (gato con botas) de los Cuentos de la Madre Oca.
(*) Fuente: Fulcanelli, El misterio de las Catedrales, Barcelona, Plaza Janés.
Ilustraciones: Arriba Catedral de Colonia; abajo Catedral de Nuestra Señora de Estraburgo.