Incas - III

Arquitectura imperial
Los incas utilizaron la arquitectura para mostrar su presencia a lo largo y ancho del imperio; por ello desarrollaron, además de los sistemas tradicionales de construcción del área andina, un sistema a base de sillares construidos bajo unas pautas incaicas que se conoce como "arquitectura imperial".
La "arquitectura imperial" respondía a unas pautas de urbanismo y a un lenguaje de la piedra que se conseguía gracias a una serie de características. En primer lugar, entre los tipos de sillares utilizados para la construcción, existían unos de gran tamaño; eran además piezas únicas que no se podían cortar más que a pie de obra porque debían irse ajustando según avanzaba la construcción; tenían forma poligonal y no eran planos, sino abombados o de forma escudiforme. A veces se utilizaban sillares de menor tamaño, y resultaba lo que se ha denominado "arquitectura celular", debido al aspecto visual. Junto a este tipo de lenguaje existía otro conocido como "arquitectura paralelípeda" que se realizaba también con sillares abombados, pero colocando todos ellos a la misma altura y haciendo variar únicamente las anchuras. En ocasiones se articulaban los dos sistemas (paralelípedo y poligonal) en un mismo edificio; otras veces se mezclaban los tamaños (ciclópeo y celular); y también se conjugaban los sillares planos con los abombados.
Las uniones entre los sillares siempre se marcaban, a veces hacia dentro y otras hacia fuera. Los muros podían presentar unos salientes llamados mamelones cuya función se desconoce. También podían aparecer otro tipo de elementos decorativos como serpientes o culebras, y muchos muros además se enlucían con una superficie de barro. Por último, las fachadas siempre se pintaban en plano, nunca se realizaban dibujos.
En la "arquitectura imperial" no todo era pétreo, había edificios que se realizaban en adobe hasta una determinada altura y el resto se construía a base de sillares. También realizaron construcciones circulares e incluso columnas mediante el tallado de la piedra. Los muros no eran nunca verticales, sino inclinados hacia el interior. Las esquinas no eran ángulos rectos, pues se realizaban con un único gran sillar tallado en redondo. Los vanos eran trapezoidales y los dinteles que los cubren monolíticos; las portadas podían tener uno o más vanos de sucesión, parece que en función de la importancia de los edificios.
 
Arquitectura cotidiana
Las construcciones más frecuentes en el mundo inca también han sido estudiadas y clasificadas. En general eran edificios cuadrangulares, techados con paja a dos o cuatro aguas y de un solo piso. En ocasiones, cuando las casas se construían acopladas a las laderas de la montaña, podían tener varios pisos; pero no como los bloques de edificios modernos, pues lo que se hacía era construir unos andenes sobre los que se colocaban los edificios con entradas independientes a cada altura, y no se podía acceder a ellos por el interior mediante escaleras. Los edificios podían construirse aislados o adosados, y aunque predominaban las construcciones de vivienda cerradas y con una única entrada, también las hubo abiertas, aunque estas últimas debieron de servir más bien como lugar de reunión.
Las unidades habitacionales incaicas se conocen con el nombre de cancha. Éstas consistían en unas unidades articuladas por varios edificios rodeados por un muro que tenía uno o dos accesos. Generalmente se trataba de unas unidades cerradas en sí mismas con un patio central en torno al cual se colocaban los diferentes edificios; nunca en las esquinas del recinto, sino más bien hacia el centro del muro. La estructura de estas unidades variaba, pero seguían a grandes rasgos la descrita; los más comunes eran los de una o doble cancha.
 
Otros edificios
Para completar la visión de las edificaciones incaicas se pueden mencionar otras dos construcciones características: las callancas y los unsus.
Las callancas eran unas edificaciones rectangulares de tamaño muy variable, podían ser muy grandes y alargadas (hasta un máximo de 100 m de largo y 40 m de ancho), y con techos a dos aguas de paja. Aparecían siempre en relación con los caminos o las ciudades incaicas. Su función fue múltiple; no eran lugares de habitación, pero sí se utilizaron para el alojamiento de gentes que estaban de paso y para realizar celebraciones de diverso tipo.
Los unsus eran unos edificios que se encontraban situados generalmente en el centro de la plaza pública y que cumplían una serie de requisitos: en primer lugar, debían ser lugares seguros porque en ellos se colocaba el Inca para presidir las ceremonias, por lo que estaban siempre rodeados de unos muros defensivos y tenían una construcción elevada en el interior para el asiento del Inca; además, en ellos los Incas bebían y ofrendaban líquidos y otras sustancias, lo que hacía necesaria la existencia de receptáculos conectados con unas canalizaciones que se introducían en la tierra y se comunicaban con el otro mundo, así como unos recintos para guardar las ofrendas; por último, los cronistas cuentan que desde ellos los incas miraban al sol para fijar las fechas calendáricas, razón de la existencia de elementos como rocas que se alineaban con los solsticios y los equinoccios.
 
Caminos y vías de comunicación
En el caso de la arquitectura incaica es necesario hacer referencia a sus vías de comunicación, pues todo el sistema de conquistas, así como el complicado sistema administrativo, estaba basado en la existencia de una amplia red de comunicaciones entre todas las partes del Tawantinsuyu.
Según las últimas investigaciones, la red total de caminos incaicos registrados hasta ahora alcanza un total de 23.139 km, pero se sabe que en su día podría haber alcanzado hasta 40.000 km. En tanto era posible, el camino incaico se trazaba de un modo rectilíneo. Esta posibilidad era frecuente en la costa, donde la carretera era más bien un trazado que aprovechaba la solidez misma del terreno desértico, mientras que en otros lugares se construía el suelo del camino, y se apisonaban muchos tramos. En la región montañosa, los caminos estaban tallados en la roca.
Para cruzar los cursos fluviales se emplearon generalmente los puentes. Algunas veces se empleó el arco por aproximación de hiladas para puentes de poca longitud, pero la mayor parte de las veces se construyeron puentes colgantes sobre la base del uso de cinco gruesos cables de fibras vegetales empotrados en ambas orillas mediante gruesas vigas y obras de mampostería. Tres cables más servían de sostén al suelo del puente hecho a base de troncos de árbol.
Los caminos estaban bajo la vigilancia de inspectores que cuidaban de su conservación y hacían que los vecinos de los pueblos por los que pasaban se encargasen de la reparación de los mismos. Los puentes también tenían sus guardianes, que se ocupaban de su conservación y de hacer guardar un orden en su utilización
 
Otras Artes
Tejidos
Conocieron un desarrollo espectacular. En primer lugar se daba a las fibras (lana y algodón) un tinte con colorantes naturales, para a continuación ser hiladas con la ayuda de ruecas y después tejidas en diversos tipos de telares rudimentarios. El más corriente, todavía se sigue utilizando en los Andes, consistía en dos lienzos colocados sobre un plano horizontal, uno fijado a un árbol o a un poste y el otro atado a una correa que el tejedor pasaba alrededor de los riñones. Las técnicas conocidas eran muy variadas, pero para producir tejidos destinados a fines ceremoniales se utilizaba el brocado, el bordado y la tapicería, siendo las piezas salidas de los talleres de Paracas las más apreciadas. Estas magníficas telas podían alcanzar hasta 20 metros de longitud y estaban decoradas con una perfecta maestría y buen gusto con motivos zoomorfos polícromos, marcando, sin duda, uno de los más brillantes momentos del arte universal del tejido. Además de estas piezas, de clara inspiración foránea, los incas dieron paso a un variado universo propio con vistosos diseños geométricos de gran colorido. Dividen el espacio en franjas y cuadrados donde expresan un complejo mundo de símbolos presidido por la disposición geométrica. Durante este periodo la producción textil adquirió un carácter masivo siendo los templos del Sol los lugares destinados al abastecimiento del Inca y su corte.
 
Metalistería
Los objetos de metal constituyen, sin duda, la realización más llamativa de todas cuantas llevaron a cabo los incas. La tradición orfebre, muy antigua en la costa peruana, ocupó un capítulo muy importante dentro de su ajuar. Trabajaron el cobre, el bronce, la plata y el oro siendo el repujado y calado de láminas el procedimiento más utilizado. Las decoraciones son eminentemente geométricas, aunque los motivos antropomorfos y zoomorfos, representados frontalmente conforme a los principios de hieratismo y simetría axial, son bastante frecuentes. Los alfileres y prendedores para sujetar las prendas de vestir, tupu en lengua quechua, fueron elementos muy corrientes aunque de tipología poco variada. El remate solía ser una lámina muy desarrollada, de forma variable, que en el caso poco habitual de ir decorada, presentaba motivos geométricos muy simples dispuestos en bandas o cenefas. El alfiler de cabeza laminar o circular fue el modelo cuzqueño que alcanzó más difusión y popularidad, pudiéndolo encontrar tanto en Cuzco como en los últimos confines del Imperio. Otras culturas del periodo intermedio tardío (Chancay, Chimú, Ica-Chincha) desarrollaron un arte figurativo muy rico a base de prendedores rematados por figuras humanas o zoomorfas. Colgantes, collares, aretes, anillos, brazaletes y pulseras son otros tantos objetos fabricados según las técnicas descritas. Los vistosos y ricos tocados que adornaban las cabezas de reyes y nobles (donde confluían materiales como el tejido, la plumería y los metales preciosos) son otros tantos ejemplos de la riquísima orfebrería inca. Encontramos también objetos rituales, utilizados como amuletos u ofrendas, que representan animales y figuras humanas, de bulto redondo, entre los que merece la pena destacar las figuras antropomorfas desnudas con una estilización y geometrización muy señalada, y los estereotipos más comunes de llamas y vicuñas. Los objetos de metal se encontraban a menudo incrustados de piedras preciosas o semipreciosas. A veces se coloreaban con un ácido natural que bruñía el cobre haciendo salir, de este modo, el brillo del oro o la plata con que estaba aleado. La producción se orientó hacia fines ornamentales. El Inca, la corte y los dignatarios del Estado iban ataviados con pectorales, brazaletes y collares, que ponían de manifiesto su inmenso poder.
 
Cerámica
La ausencia del torno hacía que el alfarero tuviera que modelar la vasija a mano, y la pasta, presentada generalmente en forma de rulos alargados, se enroscaba sobre sí misma para construir las paredes de la pieza. Además de esta antigua técnica andina, la utilización del molde permitió la fabricación en serie, de tal forma que la producción se incrementó notablemente. Debemos distinguir entre el menaje doméstico y la vajilla de uso ritual. Mientras que en el primer caso las formas y tamaños derivaban de las necesidades cotidianas, en el segundo, su desarrollo estuvo directamente condicionado por el mundo de las creencias. Estilísticamente encontramos la cerámica tipo Killke, con una cronología que va del 1200 al 1450 d.C., y la cerámica polícroma tipo Cuzco desde 1450 hasta la Colonia. Las primeras aparecen decoradas con motivos geométricos muy sencillos en tonos rojos y negros mientras las segundas, decoradas de igual forma, denotan una elaboración técnica más cuidada. No sólo se plasmaba sobre sus paredes una rica iconografía, sino que las piezas mismas eran colocadas como ofrendas en las sepulturas. Los alfareros incas no inventaron ninguna técnica que fuera desconocida en épocas anteriores y su cerámica se caracterizó, fundamentalmente por formas equilibradas, un pulimento notable y la preponderancia de los motivos geométricos. Los tipos más característicos y propios fueron el aríbalo, una vasija globular de base cónica, cuello cilíndrico de borde evertido con un apéndice zoomorfo en la base del cuello y dos asas en forma de lazo, el kero, un vaso de uso ceremonial utilizado por el Inca y la nobleza, y una gran variedad de cuencos y platos de muy diversas formas y decoraciones. Los keros y pajchas merecen una mención especial. Realizados a partir de maderas muy duras como la chonta y utilizados para libaciones rituales a la tierra, se ornamentaba mediante incisiones o decoración labrada sobre las que luego se aplicaban pastas resinosas coloreadas. Los temas solían ser escenas figurativas dispuestas en franjas o frisos horizontales que proporcionan una riquísima información sobre la vida incaica, tanto en época prehispánica como en tiempos de la conquista española (encontramos escenas cortesanas, de guerra y rituales). Estas tipologías siguieron vigentes durante la época colonial, aunque incorporando en sus composiciones numerosos elementos ornamentales de raíz hispana y mayores dosis de dinamismo y profusión decorativa.
 
Escultura
Los trabajos realizados en piedra constituyen el otro gran conjunto de realizaciones incaicas que merece la pena destacar. Suele limitarse a representaciones zoomorfas de auquénidos, llamas, vicuñas y alpacas, y fitomorfas, mazorcas de maíz, que son conocidas como conopas y a numerosos cuencos y recipientes llamados popularmente morteros. Entroncados en las tradiciones artísticas andinas, los incas supieron imprimir un carácter propio y original a sus obras que se basó en una simplificación de las formas por medio de volúmenes geométricos sencillos y una esquematización de los motivos decorativos muy próxima a una concepción estética geometrizante y cubista. El arte inca se caracterizó por la sobriedad, la geometría y la síntesis, tendiendo más a lo práctico y funcional que a lo formal.