Incas - V

Agricultura y ecología
El área andina es la región de la América prehispánica donde más plantas cultivadas han sido identificadas. Sería imposible hacer una enumeración de dichas plantas cultivadas en la región en época incaica, pero entre las más importantes para la alimentación podemos citar el maíz, la patata, los frijoles, los porotos, la quinua, la yuca, el camote, el cacahuete, la piña, la chirimoya, el guanábano, el zapote, la calabaza, el tomate, el pimiento, la papaya, etc. Entre las plantas cultivadas con fines no alimenticios destacaron el algodón, la coca, el tabaco, el cacao, el maguey, el achiote, etc.
El calendario agrícola de los incas comenzaba en agosto, cuando se preparaban los campos para la siembra del maíz. En septiembre se procedía a la siembra, y durante los meses siguientes se regaban los campos utilizando los complejos sistemas hidráulicos. Las papas y las legumbres se plantaban durante el mes de diciembre; en enero se escardaban los campos y a lo largo de febrero y marzo se defendía la cosecha de los animales. Finalmente, la recolección y el almacenamiento de los productos agrícolas se efectuaba durante los meses de abril y mayo.
La relación entre las plantas cultivadas y el medio ambiente fue fundamental, pues cada región climática producía una serie de bienes. Por ejemplo, en la chala, una de las ocho regiones climáticas que se distinguen en el estudio del Imperio Inca, se producía la yuca, la quinina, se recolectaban algas... Mientras que la región de la yunga estaba caracterizada por la producción de la coca.
Debido al escaso terreno que el hombre andino podía cultivar, se desarrollaron toda una serie de ingeniosos sistemas de cultivo. El más famoso de ellos fue, como ya se ha mencionado, el aterrazamiento o bancanal, que consistía en colocar a lo largo de las laderas unos muros de contención que sujetasen la tierra. Generalmente, estos andenes estaban asociados a algún tipo de canalización de agua y tenían unas escalinatas o lajas colocadas en diagonal para salvar la pendiente. También se aprovecharon las hondonadas naturales que protegían los cultivos del viento y el frío para construir andenes circulares. Los camellones se construyeron en los valles que, debido a su inundación periódica, poseían un humus muy fértil. Para evitar que los cultivos se echaran a perder por las inundaciones, se creaban unos montículos con esa tierra fértil del fondo que, además, estaba permanentemente irrigada de forma natural. El sistema de tierras hacia abajo consistía en cavar, tanto en las tierras de la costa como en las de la montaña, hondonadas de cientos de metros. En la costa, estas hondonadas llegaban casi hasta las capas freáticas; entonces, mediante una serie de perforaciones, se conseguía mantener los cultivos irrigados. En la sierra, los agujeros permitían que se acumulase el agua, de manera que se formaban pequeñas lagunas artificiales que permitían practicar la agricultura en los márgenes. Por último, los incas utilizaron también el sistema de rotación de cultivos, aunque son pocos los datos que se tienen acerca de esta práctica.
Para intensificar la producción agrícola se utilizaron diversos sistemas de abono: excrementos de llama y restos de pescado o guano. Además, se construyeron andenerías para poder aprovechar el terreno vertical de los escarpados Andes y unos complejos sistemas hidráulicos que permitieron abastecer de agua las laderas. Estos sistemas hidráulicos captaban el agua de los altos y la llevaban por las pendientes hacia las zonas bajas por medio de unos canales de barro que debían ser constantemente renovados. La velocidad que podía alcanzar el agua desde las bocatomas (los manantiales de salida del agua) hasta los valles era muy grande, por lo que se construyeron unos lugares para remansar el agua y frenar su velocidad. También existían canales de conexión que permitían cambiar el curso del agua de una zona a otra y hacer que el riego fuese una forma más de controlar a los grupos humanos. Por todas estas razones, y porque además las bocatomas eran un lugar de culto y respeto, el sistema hidráulico estaba sujeto a unas normas de uso, construcción y mantenimiento; un mantenimiento que era tremendamente complejo y delicado, y para el cual hicieron falta unas estructuras muy concretas tanto desde el punto de vista ceremonial como desde el político. En general, todo el sistema agrícola implicaba una planificación más o menos centralizada, así como un trabajo cooperativo entre diferentes poblaciones, lo que fue posible gracias a una organización política unitaria del estado inca.
Los incas almacenaban sus productos en unos edificios conocidos como qolqas. Estos edificios eran de planta circular o cuadrangular, tenían unas pequeñas aberturas en la parte superior y una puerta de difícil acceso, además de unos vanos que permitían la entrada constante de aire que, al circular por el interior del edificio, evitaba la fermentación de los productos almacenados. Las qolqas estaban agrupadas en los yacimientos, y los volúmenes de un mismo sitio eran más o menos uniformes. Los edificios se construían agrupados en pequeños conjuntos que formaban pequeñas unidades separadas unas de otras; la razón de estas separaciones no se sabe a ciencia cierta, pero podrían haber indicado el tiempo que llevaban almacenados los productos o la pertenencia de los mismos. La conservación de los alimentos se logró asimismo aprovechando los cambios bruscos de temperatura entre el día y la noche que se producían en algunas zonas, que permitían la deshidratación de algunos productos como la papa (dando lugar a lo que se conoce como chuño), el maíz o la carne.
La agricultura incaica, tan avanzada en los aspectos relativos a la ingeniería hidráulica, el almacenamiento y la domesticación de plantas, fue, sin embargo, muy pobre en lo que se refiere a instrumentos de labranza. No usaron el metal para los útiles agrícolas, sino la cuerda, la piedra, el hueso y la madera. El principal utensilio manejado por los incas fue la taclla o palo cavador, un largo vástago con un extremo agudo que servía para desmoronar la tierra, airearla y hacer los agujeros necesarios para la siembra.
 
Los pisos ecológicos y los archipiélagos verticales
La autosuficiencia de los grupos andinos se logró mediante el control de los diferentes pisos ecológicos, que son aquellos lugares que, como se ha visto, tenían una producción de bienes diferente. Ayllus, etnias y señoríos (vid. supra) no dominaban un espacio continuo, sino que contaban con un espacio nuclear y otra serie de tierras en los diferentes pisos ecológicos, unas "islas" a diferentes alturas, de menor tamaño que el núcleo principal, conocidas en su conjunto con el nombre de archipiélagos verticales andinos.
Hay que tener en cuenta que, en general, para acceder a estos lugares había que recorrer largas distancias; en algunos casos había que andar entre 25 y 30 días desde el núcleo principal, por lo que debieron de existir espacios intermedios para dormir y aprovisionarse de víveres. Parece que eran familias nucleares enteras las que se desplazaban hasta allí, y nunca individuos aislados. En ocasiones, según narran las crónicas, las gentes residían allí durante largas temporadas, hasta que, al cabo del tiempo, eran reemplazadas por otro grupo y regresaban a sus respectivas etnias. Otras veces, los señoríos mandaban a grupos de gente que estaban obligados a residir allí permanentemente; sólo se autorizaba el retorno si moría uno de los miembros de la pareja. También podía darse el caso de que se tuvieran que desplazar únicamente para realizar una labor específica durante un tiempo concreto y, una vez realizado el trabajo, el grupo pudiese retornar a su lugar de origen.
 
El mercado
El tema del mercado ha sido muy discutido en relación con el mundo andino. Existen algunos elementos que parecen indicar su existencia en el pasado: algunos vocablos relacionados con el trueque, grupos de especialistas que producían unos excedentes que tendrían que ser intercambiados de algún modo y el hecho constatado de que el sistema de control de pisos verticales no podía nutrir a todas las etnias de todos los productos.
Por todas estas razones, parece lógico pensar que existió un sistema de intercambio en el Imperio Inca, pero las características de éste diferirían del concepto clásico de mercado. En primer lugar, no se basaba en la compraventa de productos, sino en el trueque. En segundo lugar, el intercambio no tenía la finalidad del enriquecimiento. Las crónicas cuentan que se hacía un comercio "a modo de indios", es decir, un comercio mínimo en el que los indígenas sólo adquirían aquello que les hacía falta para la semana. Por ejemplo, puede que necesitaran un huevo y les sobraran quince papas en su consumo semanal; el intercambio entonces se producía en esos términos, aunque fueran desproporcionados: entregaban las quince papas y recibían un huevo, por lo que la proporción de los intercambios variaba constantemente. Además, tampoco había días de mercado.
A pesar de lo dicho anteriormente, se conocen dos excepciones: la primera en Quito y la segunda en la costa. Quito es el único lugar donde existía una plaza de mercado, porque allí la estructura era diferente. Existían unos artesanos, conocidos con el nombre de mindalas, que no estaban adscritos a una etnia determinada porque debían tener libertad para recorrer el espacio y llevar unos productos especiales para las elites. Parece, en definitiva, que se trataba de un tipo de estructura "internacional" relacionada con los bienes de elite. Algo parecido es lo que se ha documentado en la costa, donde el mundo chimú había desarrollado una producción especializada. Los especialistas de esta zona no sólo exportaban productos propios, también se dedicaban al comercio de elite a larga distancia, sobretodo de dos productos fundamentales para el mundo andino: el strombus y el spondylus.
 
Reciprocidad y redistribución.
La reciprocidad en el mundo andino se producía en dos niveles: el de las relaciones individuales y el de las estructuras superiores (ayllu, etnia y señorío). En el primer caso, la reciprocidad tenía vigencia dentro del ámbito familiar: cuando una persona necesitaba ayuda de cualquier tipo, recurría en primer lugar a sus parientes, que estaban obligados a prestársela. La ayuda se solicitaba dentro de unos vínculos de parentesco por medio de un ritual concreto, y la solicitud implicaba el compromiso de devolver el trabajo. Mientras un grupo de parientes estaba trabajando para una persona, ésta tenía que proporcionarles comida, alojamiento y los instrumentos y materiales necesarios para realizar la tarea, de modo que los parientes sólo le proporcionasen el trabajo. Por esta razón, entre los incas era muy conveniente tener un número grande de parientes, incluso existía un término que significaba al mismo tiempo ´pobreza´ y ´sin familia´: huacha. Los españoles no supieron entender el valor económico real de esta costumbre, y la llamaron simplemente "caridad".
La reciprocidad también se producía dentro del ámbito del ayllu. Como ya se ha visto, el ayllu estaba formado por un grupo de personas emparentadas entre sí y que compartían un territorio común en el que había que cumplir con una serie de obligaciones, pues existían toda una serie de necesidades comunitarias para las que hacía falta un trabajo colectivo conocido como minga. No todas las personas tenían que hacer estos trabajos; sólo se empleaban en ellos determinados individuos, que a cambio quedaban exentos de realizar otras tareas parecidas con posterioridad; era un sistema de compensaciones que se conoce con el nombre de mitta. A veces estos trabajos quedaban a cargo de un único ayllu, otras se requería la participación de varios de ellos. En general, se trataba de tareas periódicas como la limpieza de canales, el cultivo de parcelas de miembros ausentes o de la comunidad, la construcción de casas para las nuevas familias... Además, el trabajo se realizaba comunitariamente en unas convocatorias ritualizadas y un ambiente festivo.
Además de la reciprocidad, se aplicaba también entre los incas otro sistema denominado en antropología reciprocidad asimétrica o redistribución. El ayllu estaba integrado por una serie de personas que se consideraban gente común, pero lo cierto es que por encima de ellos existían ciertas autoridades y divinidades, como los curacas o las malquis (vid. supra), que tenían casas, bienes y toda una serie de necesidades que eran cubiertas por el ayllu. Se establecía de este modo una serie relaciones asimétricas, pues lo que dichas autoridades ofrecían a cambio del trabajo de los comunes eran otro tipo de prestaciones no materiales, como organización, protección, etc. Los investigadores no se ponen de acuerdo acerca de si este sistema se debería considerar reciprocidad asimétrica o redistribución. La diferencia entre ambos conceptos es muy sutil: el primero supone una obligación por parte de las autoridades de entregar a cambio de lo que reciben otro tipo de bienes o prestaciones; el segundo no implica esa obligación, aunque la entrega también se suela hacer.
No sólo los miembros de las etnias y los señoríos se relacionaban entre sí; existen datos que prueban que individuos pertenecientes a un señorío concreto también trabajaban en ocasiones en señoríos ajenos. El mecanismo que permitía a un señorío pedir trabajo a otro era el de las relaciones de parentesco interseñoriales. Este tipo de relación se conseguía mediante las alianzas matrimoniales o a través del endeudamiento por medio de regalos, aunque era más común el primer caso. Las alianzas matrimoniales permitían que un curaca pudiera pedir ayuda a otro curaca, estableciéndose así una relación de reciprocidad entre ellos.
Por último, hay que mencionar que las relaciones que caracterizaban el sistema productivo incaico en lo referente al trabajo también afectaban al Inca. La expansión del imperio incaico hizo que el Inca también tuviera que establecer relaciones de parentesco con los diferentes curacas. Mediante un sistema de alianzas, el Inca establecía dos tipos principales de relaciones: unas con la gente que trabajaba para él y otras con los curacas de esos grupos. Entre las contraprestaciones que ofrecía el Inca se encontraba la de abastecer a los trabajadores de todo tipo de productos. Para este propósito existían los almacenes estatales, en los que se guardaban productos de todo tipo procedentes de los múltiples archipiélagos con los que contaba el soberano; ello le permitía llevar a cabo una redistribución más interesante para los trabajadores que la que podía hacer cualquier curaca, pues podía ofrecer, por ejemplo, productos de la sierra a los habitantes de la costa y viceversa, lo cual le otorgaba un prestigio inigualable. Al mismo tiempo, el Inca podía surtir a los curacas de unos productos exclusivos (un tipo determinado de cerámica, ciertos tejidos, objetos de metal...) que únicamente poseían los miembros de la etnia del Inca y que otorgaban un gran prestigio a su poseedor. De este modo, a traves del control de la producción, el Inca controlaba en realidad a las personas al tiempo que se hacía querer y desear. No sólo la política era objeto de su control, sino también y en gran medida la economía.