LA CAVERNA, EL LABERINTO Y LA INICIACIÓN
René Guénon, fallecido en 1951, es un personaje polémico. Se convirtió al Islam y su obra alcanzó gran propagación. Su intención esencial era explorar los principales símbolos de la "ciencia sagrada", del acervo universal y ancestral del simbolismo mítico-religioso. Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada publicada en Argentina por la editorial de la Universidad de Buenos Aires. La tesis central de Guenón es que tanto la caverna como el laberinto deben entenderse como vías simbólicas hacia la iniciación. En las culturas arcaicas, la iniciación es el proceso de "segundo nacimiento" del ser. Este segundo nacer propicia el despertar al conocimiento de las fuerzas sutiles y sagradas de la realidad.
La caverna
En un libro reciente (1), W. F. Jackson Knight
expone interesantes investigaciones que tienen por punto de partida el pasaje
del libro VI de la Eneida donde se describen las puertas del antro de la
Sibila de Cumas: ¿por qué el laberinto de Creta y su historia están figurados en
esas puertas? El autor se niega con razón a ver en ello, como lo han hecho
algunos que no van más allá de las concepciones “literarias” modernas, una
simple digresión más o menos inútil; estima, al contrario, que ese pasaje debe
tener un valor simbólico real, fundándose en una estrecha relación entre el
laberinto y la caverna, vinculados ambos con la misma idea de un viaje
subterráneo. Esta idea, según la interpretación que el autor da de hechos
concordantes pertenecientes a épocas y regiones muy diversas, habría estado
originariamente en relación con los ritos funerarios y luego, en virtud de
cierta analogía, habría sido transportada a los ritos iniciáticos; volveremos
más en particular sobre este punto en lo que sigue, pero debemos antes formular
algunas reservas sobre el modo en que el autor concibe la iniciación. Parece, en
efecto, encararla únicamente como un producto del "pensamiento humano”, dotado
por otra parte de una vitalidad que le asegura una especie de permanencia a
través de las edades, aun si a veces no subsiste, por así decirlo, sino en
estado latente; no tenemos necesidad alguna, después de todo cuanto hemos ya
expuesto acerca de este asunto, de mostrar una vez más la insuficiencia de ese
punto de vista, ya por el solo hecho de que no tiene en cuenta los elementos
“sobrehumanos”, que en realidad constituyen precisamente lo esencial.
Insistirernos solo en esto: la idea de una subsistencia en estado latente trae
aparejada la hipótesis de una conservación en un “subconsciente colectivo”,
tomada de ciertas teorías psicológicas recientes; como quiera que se opine
acerca de éstas, hay en todo caso, en la aplicación así efectuada, un completo
desconocimiento de la necesidad de la “cadena” iniciática, es decir, de una
transmisión efectiva e ininterrumpida. Cierto es que hay otra cuestión que es
preciso guardarse de confundir con aquélla: ha podido ocurrir a veces que cosas
de orden propiamente iniciático llegaran a expresarse a través de
individualidades que no eran conscientes en modo alguno de su verdadera
significación, y nos hemos explicado anteriormente sobre ello con motivo de la
leyenda del Graal (2); pero, por una parte, eso nada tiene que ver con lo que es
la realidad de la iniciación misma, y, por otra, no podría entenderse así el
caso de Virgilio, en quien hay, como en Dante, indicaciones demasiado precisas y
demasiado manifiestamente conscientes para que sea posible admitir que haya sido
extraño a toda vinculación iniciática efectiva. Aquello de que aquí se trata
nada tiene que ver con la "inspiración poética” tal como se la entiende en la
actualidad, y a este respecto Jackson Knight está por cierto demasiadamente
dispuesto a compartir los puntos de vista “literarios” a los cuales, sin
embargo, su tesis se opone en lo demás; pero no por eso hemos de desconocer todo
el mérito que corresponde a un autor universitario por tener el valor de abordar
ese tema, e incluso, simplemente, de hablar de iniciación.
Dicho esto, volvamos a la cuestión de las relaciones
entre la caverna funeraria y la caverna iniciática: aunque esas relaciones sean
ciertamente reales, la identificación de ambas, en cuanto a su simbolismo, no
representa sino, cuando mucho, una media verdad. Observemos, por lo demás, que,
inclusive desde el mero punto de vista funerario, la idea de hacer derivar el
simbolismo del ritual en lugar de ver, al contrario, en el ritual mismo el
simbolismo en acción, como en realidad es, pone ya al autor en grandes
dificultades cuando comprueba que el viaje subterráneo va seguido casi siempre
de un viaje al aire libre, representado por muchas tradiciones como una
navegación; esto sería inconcebible, en efecto, si no se tratara sino de la
descripción por imágenes de un rito sepulcral, pero, en cambio, se explica
perfectamente cuando se sabe que se trata en realidad de las fases diversas
atravesadas por el ser en el curso de una migración que es real y verdaderamente
“de ultratumba”, y que no concierne en nada al cuerpo que ese ser ha dejado tras
de sí al abandonar la vida terrestre. Por otra parte, en razón de la analogía
existente entre la muerte entendida en el sentido ordinario y la muerte
iniciática, de que hemos hablado en otra oportunidad, una misma descripción
simbólica puede aplicarse por igual a lo que ocurre al ser en uno y otro caso;
tal es, en cuanto a la caverna y al viaje subterráneo, la razón de la
asimilación antes establecida, en la medida en que está justificada; pero, en el
punto en que ella debe legítimamente detenerse, nos hallamos todavía en los
preliminares de la iniciación y no en la iniciación misma.
En efecto, nada más que una preparación para
ella puede verse, en estricto rigor, en la muerte al mundo profano seguida del
“descenso a los Infiernos”, el cual, claro está, es la misma cosa que el viaje
al mundo subterráneo al cual da acceso la caverna; y, en lo que hace a la
iniciación misma, lejos de ser considerada como una muerte, lo es al contrario
como un “segundo nacimiento”, y como un paso de las tinieblas a la luz. Pero el
lugar de este nacimiento es también la caverna, por lo menos en los casos en que
la iniciación se efectúa en ella, real o simbólicamente, pues va de suyo que no
hay que generalizar demasiado, y que, como en el caso del laberinto, al cual nos
referiremos en seguida, no se trata de algo necesariamente común a todas las
formas iniciáticas sin excepción. Lo mismo aparece; por lo demás, incluso
exotéricamente, en el simbolismo cristiano de la Natividad, con igual nitidez
que en otras tradiciones; y es evidente que la caverna como lugar de nacimiento
no puede tener precisamente la misma significación que la caverna como lugar de
muerte o sepultura. Se podría hacer notar, sin embargo, por lo menos para
vincular entre sí esos aspectos diferentes y hasta en apariencia opuestos, que
muerte y nacimiento no son, en suma, sino las dos faces de un mismo cambio de
estado, y que el paso de un estado a otro se considera siempre como que debe
efectuarse en la oscuridad (3); en este sentido, la caverna seria más
exactamente, pues, el lugar mismo de ese tránsito: pero esto, aun siendo
estrictamente verdadero, no se refiere aún sino a uno de los aspectos de su
complejo simbolismo.
Si el autor no ha logrado ver el otro aspecto de
este simbolismo, ello se debe muy probablemente al influjo ejercido sobre él por
las teorías de ciertos “historiadores de las religiones”: siguiendo a éstos
admite, en efecto, que la caverna deba vincularse siempre a los cultos “ctonios”,
sin duda por la razón, algo demasiado “simplista”, de que esta situada en el
interior de la tierra; pero esto está muy lejos de la verdad (4). Con todo,
nuestro autor no puede menos de advertir que la caverna iniciática se da ante
todo como una imagen del mundo (5), pero su hipótesis le impide sacar la
consecuencia que sin embargo se impone, a saber: siendo las cosas así, la
caverna debe formar un todo completo y contener en sí misma la representación
del cielo tanto como de la tierra; si ocurre que el cielo se mencione
expresamente en algún texto o figure en algún monumento como correspondiente a
la bóveda de la caverna, las explicaciones propuestas a este respecto se tornan
a tal punto confusas y poco satisfactorias que ya no es posible seguirlas. La
verdad es que, muy lejos de constituir un lugar tenebroso, la caverna iniciática
está iluminada interiormente, de modo que, al contrario, la oscuridad reina
fuera de ella, pues el mundo profano se asimila naturalmente a las "tinieblas
exteriores” y el “segundo nacimiento” es a la vez una “iluminación”(6). Ahora,
si se pregunta por qué la caverna es considerada así desde el punto de vista
iniciático, responderemos que la solución se encuentra, por una parte, en el
hecho de que el símbolo de la caverna es complementario con respecto al de la
montaña, y, por otra, en la relación que une estrechamente el simbolismo de la
caverna con el del corazón; nos proponemos tratar por separado estos dos puntos
esenciales, pero no es difícil comprender, después de cuanto hemos tenido ya
ocasión de decir en otros lugares, que todo eso está en relación directa con la
figuración misma de los centros espirituales.
El laberinto
Pasaremos por alto otras cuestiones que, por
importantes que sean en sí mismas, no intervienen aquí sino accesoriamente, como
por ejemplo la de la significación de la “rama de oro”; es muy discutible que
pueda identificársela, salvo en un aspecto muy secundario, con el bastón o la
varita que en formas diversas se encuentra muy generalmente en el simbolismo
tradicional (7). Sin insistir más en ello, examinaremos ahora lo que concierne
al laberinto, cuyo sentido puede parecer aún más enigmático, o al menos más
disimulado, que el de la caverna, y las relaciones existentes entre ésta y
aquél.
El laberinto, como bien lo ha visto Jacksor
Knight, tiene una doble razón de ser, en cuanto permite o veda, según los casos,
el acceso a determinado lugar donde no todos pueden penetrar indistintamente;
solo los que están "cualificados” podrán recorrerlo hasta el fin, mientras que
los otros se verán impedidos de penetrar o extraviarán el camino. Se ve
inmediatamente que hay aquí la idea de una “selección”, en relación evidente con
la admisión a la iniciación misma: el recorrido del laberinto no es propiamente,
pues, a este respecto, sino una representación de las pruebas iniciáticas; y es
fácil comprender que, cuando servía efectivamente como medio de acceso a ciertos
santuarios, podía ser dispuesto de tal manera que los ritos correspondientes se
cumplieran en ese trayecto mismo. Por otra parte, se encuentra también la idea
de “viaje”, en el aspecto en que esa idea se asimila a las pruebas mismas, como
puede verificárselo aún hoy en ciertas formas iniciáticas, la masonería por
ejemplo, donde cada una de las pruebas simbólicas se designa, precisamente, como
un “viaje”. Otro simbolismo equivalente es el de la “peregrinación”; y
recordaremos a este respecto los laberintos que se trazaban otrora en las lajas
del piso de ciertas iglesias, cuyo recorrido se consideraba como un "sustituto"
del peregrinaje a Tierra Santa; por lo demás, si el punto en el que termina ese
recorrido representa un lugar reservado a los "elegidos”, ese lugar es real y
verdaderamente una “Tierra Santa” en el sentido iniciático de la expresión: en
otros términos, ese punto no es sino la imagen de un centro espiritual, como
todo lugar de iniciación lo es igualmente (8).
Va de suyo, por otra parte, que el empleo del
laberinto como medio de protección o defensa admite aplicaciones diversas, fuera
del dominio iniciático; así, el autor señala particularmente su empleo "táctico”
a la entrada de ciertas ciudades antiguas y otros lugares fortificados. Solo que
es un error creer que en este caso se trate de un uso puramente profano, el cual
incluso hubiera sido cronológicamente el primero, para sugerir luego la idea de
una utilización ritual; hay en esta idea, propiamente, una inversión de las
relaciones normales, conforme, por otra parte, a las concepciones modernas pero
solo a ellas, y que por lo tanto es enteramente ilegítimo atribuir a las
civilizaciones antiguas. De hecho, en toda civilización de carácter
estrictamente tradicional, todas las cosas comienzan necesariamente por el
principio o por lo que es más próximo a él, para descender luego a aplicaciones
cada vez más contingentes; y, además, inclusive estas últimas no se encaran
jamás desde un punto de vista profano, que no es, según lo hemos explicado a
menudo, sino el resultado de una degradación por la cual se ha perdido la
conciencia de la vinculación de esas aplicaciones con el principio. En el caso
de que se trata, podría fácilmente percibirse que hay algo distinto de lo que
verían los “tácticos” modernos, por la simple observación de que ese modo de
defensa, “laberíntico”, no se empleaba solamente contra los enemigos humanos
sino también contra los influjos psíquicos hostiles, lo que indica a las claras
que debía tener por sí mismo un valor ritual (9). Pero hay más todavía: la
fundación de las ciudades, la elección de su sitio y el plan según el cual se
las construía se hallaban sometidos a reglas pertenecientes esencialmente a la
“ciencia sagrada” y, por consiguiente, estaban lejos de responder solo a fines
“utilitarios", por lo menos en el sentido exclusivamente material que se da
actualmente a esa palabra; por completamente extrañas que sean estas cosas a la
mentalidad de nuestros contemporáneos, es preciso sin embargo tomarlas en
cuenta, sin lo cual quienes estudian los vestigios de las civilizaciones
antiguas jamás podrán comprender el verdadero sentido y la razón de ser de lo
que observan, aun en lo que corresponde simplemente a lo que se ha convenido en
llamar hoy el dominio de la "vida cotidiana”, pero que entonces tenía también,
era realidad, un carácter propiamente ritual y tradicional.
En cuanto al origen del nombre del “laberinto”,
es bastante oscuro y ha dado lugar a muchas discusiones; parece que, al
contrario de lo que algunos han creído, no se relaciona directamente con el
nombre de la lábrys o doble hacha cretense, sino que ambas derivan
igualmente de una misma palabra muy antigua que designaba la piedra (raíz la-,
de donde lâos en griego, lapis en latín), de suerte que,
etimológicamente, el laberinto podría no ser en suma otra cosa que una
construcción de piedra, perteneciente al género de las construcciones llamadas
“ciclópeas”. Empero, no es ésa sino la significación más exterior de la palabra,
que, en sentido más profundo, se vincula al conjunto del simbolismo de la
piedra, al cual hubimos de referirnos en diversas oportunidades, sea con motivo
de los “betilos”, sea con motivo de las “piedras del rayo” (identificadas,
precisamente, con el hacha de piedra o Lábrys), y que presenta aún muchos
otros aspectos. Jackson Knight lo ha entrevisto por lo menos, pues alude a los
hombres “nacidos de la piedra” (lo que, señalémoslo de paso, da la explicación
de la palabra griega laós ('pueblo, gente'), de lo cual la leyenda de
Decaulión ofrece el ejemplo más conocido: esto se refiere a cierto período un
estudio más preciso del cual, si fuera posible, permitiría seguramente dar a la
llamada “edad de piedra” un sentido muy otro del que le atribuyen los
prehistoriadores. Por otra parte, esto nos reconduce al tema de la caverna, la
cual, en cuanto excavada en la roca, natural o artificialmente, está también muy
próxima a ese simbolismo (10); pero debemos agregar que ésta no es razón para
suponer que el mismo laberinto haya debido también forzosamente ser excavado en
la roca: aunque haya podido serlo en ciertos casos, ello no es sino un elemento
accidental, podría decirse, y no entra en su definición, pues, cualesquiera sean
las relaciones entre el laberinto y la caverna, importa no confundirlos, sobre
todo cuando se trata de la caverna iniciática, que aquí consideramos más en
particular.
Laberinto y caverna iniciática
En efecto, es muy evidente que, si la caverna es
el lugar en que se cumple la iniciación misma, el laberinto, lugar de las
pruebas previas, no puede ser sino el camino que conduce a ella, a la vez que el
obstáculo que veda el acercamiento a los profanos "no cualificados”.
Recordaremos, por otra parte, que en Cumas el laberinto estaba representado en
las puertas, como si, de alguna manera, esa figuración sustituyera al propio
laberinto (11); y podría decirse que Eneas, mientras se detiene a la entrada
para contemplarla, recorre en efecto el laberinto, mental ya que no
corporalmente. Por otra parte, no parece que ese modo de acceso haya sido
siempre exclusivamente reservado para santuarios establecidos en cavernas o
asimilados simbólicamente a ellas, pues, como lo hemos explicado ya, no se trata
de un rasgo común a todas las formas tradicionales; y la razón de ser del
laberinto, tal como la hemos definido antes, puede convenir igualmente a los
aledaños de todo lugar de iniciación, de todo santuario destinado a los
“misterios” y no a los ritos públicos. Formulada esta reserva, hay sin embargo
una razón para suponer que, en el origen por lo menos, el empleo del laberinto
-haya de haber estado más particularmente vinculado con la caverna iniciática:
pues uno y otra parecen haber pertenecido al comienzo a las mismas formas
tradicionales, las de esa época de los “hombres de piedra” a que aludíamos poco
ha; habrían comenzado, pues, por estar estrechamente unidos, aunque no lo hayan
quedado invariablemente en todas las formas ulteriores.
Si consideramos el caso en que el laberinto está
en conexión con la caverna, ésta, a la cual rodea con sus repliegues y en la
cual finalmente desemboca, ocupa entonces, en el conjunto así constituido, el
punto más interno y central, lo que corresponde perfectamente a la idea de un
centro espiritual, y concuerda además con el equivalente simbolismo del corazón,
sobre el cual nos proponemos volver. Ha de hacerse notar aún que, cuando la
misma caverna es a la vez el lugar de la muerte iniciática y el del “segundo
nacimiento”, debe entonces ser considerada como acceso no solo a los dominios
subterráneos o “infernales", sino también a los dominios supraterrestres; esto
también responde a la noción del punto central, que es, era el orden “macrocósmico",
al igual que en el “microcósmico”, aquel donde se efectúa la comunicación con
todos los estados superiores e inferiores; y solamente así la caverna puede ser,
según lo hemos dicho, la imagen completa del mundo, en cuanto todos esos estados
deben reflejarse igualmente en ella; de no ser así, la asimilación de su bóveda
al cielo sería absolutamente incomprensible. Pero, por otra parte, si el
“descenso a los Infiernos” se cumple en la caverna misma, entre la muerte
iniciática y el “segundo nacimiento”, se ve que no puede considerarse a ese
descenso como representado por el recorrido del laberinto, y entonces cabe aún
preguntarse a qué corresponde en realidad este último: son las “tinieblas
exteriores”, a las cuales hemos aludido ya, y a las que se aplica perfectamente
el estado de “errancia”, si es lícito usar este término, del cual tal recorrido
es la exacta expresión. Este asunto de las “tinieblas exteriores” podría dar
lugar a otras precisiones, pero nos harían traspasar los límites del presente
estudio; creemos, por lo demás, haber dicho bastante para mostrar, por una
parte, el interés que presentan investigaciones como las expuestas en el libro
de Jackson Knight, pero también, por otra, la necesidad, para dar precisión a
los resultados y captar su verdadero alcance, de un conocimiento propiamente
“técnico” de aquello de que se trata, conocimiento sin el cual no se llegará
nunca sino a reconstrucciones hipotéticas e incompletas, que, aun en la medida
en que no estén falseadas por alguna idea preconcebida, permanecerán tan
“muertas” como los vestigios mismos que hayan sido su punto de partida. (*)
(*) Fuente: Cap. XXIX de Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada, Eudeba-Colihue, Buenos Aires, 1988 (primera edición 1937).
NOTAS:
(1) W. F. Jackson Knight, Cumaean Gates,
a reference of the Sixth "Aeneid" to lnitiation Pattern, Basil Blackwell,
Oxford.
2) (Ver caps. III y IV.)
(3) Podría recordarse también, a este
respecto, el simbolismo del grano de trigo en los misterios de Eleusis.
(4) Esta interpretacion unilateral lleva al autor a
una singular confusión: cita, entre otros ejemplos, el mito shintoísta de la
danza ejecutada ante la entrada de una caverna para hacer salir de ella a la
"diosa ancestral” allí escondida; desgraciadamente para su tesis, no se trata de
la “tierra madre", romo lo cree y lo dice expresamente, sino de la diosa solar,
lo cual es enteramente distinto.
(5) En la masonería ocurre lo mismo con la logia,
cuyo nombre algunos han relacionado incluso con la palabra sánscrita loka
[‘mundo'], lo que en efecto es exacto simbólicamente, si etimológicamente no;
pero ha de agregarse que la logia no se asimila a ]a caverna, y que el
equivalente de ésta se encuentra solo, en ese caso, al comienzo mismo de las
pruebas iniciáticas, de modo que no se le da otro sentido que el de lugar
subterráneo en relación directa con las ideas de muerte y de "descenso”.
(6) En el simbolismo masónico igualmente, y por las
mismas razones, las “luces” se encuentran obligatoriamente en el interior de la
logia; y la palabra loka, recién mencionada, se relaciona también directamente
con una raíz cuyo sentido primero designa la luz.
(7) Sería ciertamente mucho más exacto asimilar esta
“rama de oro” al muérdago druídico y a la acacia masónica, para no mencionar los
“ramos” de la fiesta cristiana que lleva precisamente este nombre, en cuanto
símbolo y prenda de resurrección e inmortalidad.
(8) Jackson Knigh menciona estos
laberintos, pero no les atribuye sino una significación simplemente religiosa;
parece ignorar que su trazado no pertenecía en modo alguno a la doctrina
exotérica, sino exclusivamente al simbolismo de las organizaciones iniciáticas
de constructores.
(9) No insistiremos, para no apartarnos demasiado de
nuestro asunto, sobre la marcha "laberíntica” de ciertas procesiones y “danzas
rituales", que, presentando ante todo el carácter de ritos de protección, o “apotropaicos",
como dice el autor, se vinculan directamente y por eso al mismo orden de
consideraciones: se trata esencialmente de detener y desviar los influjos
maléficos, por una “técnica” basada en el conocimiento de ciertas leyes según
las cuales aquéllos ejercen su acción.
(10) ” Las cavernas prehistóricas fueron,
verosímilmente, no habitaciones, como de ordinario se cree, sino los santuarios
de los "hombres de la piedra", entendidos en el sentido que acabamos de indicar;
así, pues, la caverna habría recibido en las formas tradicionales del período de
que se trata, y en relación con cierta “ocultación” del conocimiento, el
carácter de símbolo de los centros espirituales, y consiguientemente de lugar de
iniciación.
(11) Un caso similar, a este respecto, es el de las
figuras “laberínticas" trazadas en paredes, en Grecia antigua, para vedar el
acceso de los influjos maléficos a las casas.