LOS PERDIDOS DIOSES GRIEGOS
Por Walter Otto
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El rostro de Zeus en escultura de la Grecia Antigua |
Los dioses de las antiguas mitologías hoy parecen sorprendentes ficciones. Un asunto destinado a especialistas o a literatos y mitólogos. Pero suele olvidarse que la cultura que generó las diversas familias de los dioses vivió a aquellos seres como símbolos de fuerzas reales y poderosas. Esa dimensión vivencial de las divinidades y de su aura sagrada hoy se ha desvanecido completamente. Walter Otto, el gran historiador de la religión griega, dedicó el espíritu de una de sus obras fundamentales, la Teofanía, a bregar por la recuperación de los antiguos y perdidos dioses griegos como una esfera de experiencia de lo sagrado y no sólo como erudito objeto de investigación pretendidamente científica. Otto manifiesta así que, en nuestra época, al "admirador de la poesía y del arte griegos se le escapa otra cosa... la más valiosa de todas. ¡Ve ante sí las formas de la creación humana, pero nada llega a saber de la augusta forma que se escondía detrás de ella dándoles la vida: la divina!". El texto que le presentamos a continuación pertenece a la Teofanía. Aquí se subraya la necesidad de recuperar la experiencia de la vitalidad trascendente de los dioses y no sólo clasificarlos en conjuntos ordenados de información.
LOS PERDIDOS DIOSES GRIEGOS
Introducción
¿No nos importan ya nada los dioses griegos?
Admiramos las grandes obras de los griegos, su
arquitectura, plástica, poesía, filosofía y ciencia. Somos
conscientes de que ellos son los fundadores del espíritu europeo
que, desde tantas generaciones, a través de renacimientos más o
menos pronunciados, una y otra vez vuelve hacia ellos. Reconocemos
que, a su manera, han creado casi por doquier obras ejemplares,
insuperables y válidas para todos los tiempos. Homero, Píndaro,
Esquilo y Sófocles, Fidias y Praxíteles, por no mencionar sino unos
pocos, aún para nosotros son nombres de alto prestigio. Leemos a
Hornero como si hubiese escrito para nosotros, emocionados
contemplamos las estatuas y los templos de los dioses griegos,
conmovidos seguimos el grandioso acontecer de la de la tragedia
griega.
Pero los dioses mismos, de cuya existencia nos hablan estatuas y
santuarios, los dioses cuyo espíritu vibra en toda la poesía de
Hornero, los dioses glorificados en los cantos de Píndaro, que en
las tragedias de Esquilo y Sófocles ponen norma y meta a la
existencia humana, ¿realmente ya no nos importan nada?
¿Dónde estará entonces el error, en ellos o en nosotros?
¿No tenemos que decirnos que las obras imperecederas nunca hubieran
sido lo que son sin los dioses, sin esos mismos dioses griegos que,
al parecer, ya no nos importan? ¿No era acaso su espíritu, y ningún
otro, el que despertó fuerzas creadoras cuyas obras, aún después de
milenios, nos elevan el corazón, más aún, nos llenan de sentimientos
de devoción? Pero entonces, ¿cómo puede ser que ya no nos importen?
¿Cómo podemos conformarnos con el juicio general de que hayan nacido
de una ilusión primitiva y que se merecen un cierto interés solo en
un nivel de evolución donde parecen acercarse un tanto a nuestra fe
en lo Divino pero en un nivel en que, por cierto, ya no despiertan
fuerza creadora alguna?
Ésta ha sido efectivamente la actitud de la filosofía hasta el día
de hoy. Doctrinas de redención, ideas de inmortalidad, iniciaciones
mistéricas y fenómenos similares, que hablan vivamente de la
religiosidad moderna, se estudian con una seriedad sagrada, aunque
no se puede negar que eran desconocidos para los representantes de
la cosmovisión de la antigua Grecia desde Homero hasta Píndaro y los
trágicos. Pero el prejuicio es tan poderoso, que ese desconocimiento
se considera como un defecto lamentable y realmente propio de un
pensamiento inmaduro, cuyos errores han de encontrar su explicación
en la historia de la inteligencia humana.
Así sucede que el admirador de la poesía y del arte griegos se le
escapa otra cosa no menos valiosa, más aún, la más valiosa de todas.
¡Ve ante sí las formas de la creación humana, pero nada llega a
saber de la augusta forma que se escondía detrás de ella dándoles la
vida: la divina!
Lo divino sólo puede ser vivenciado
En este
libro seguiremos el camino opuesto. Los méritos de la investigación
científica de las generaciones pasadas son innegables. Su diligente
colección y clasificación nos ha proporcionado un material de datos
del cual no disponían las épocas anteriores. Pero, a pesar de ese
aparato de erudición y perspicacia, el resultado es ínfimo. Acerca
de la esencia de las ideas religiosas de la antigua Grecia no nos
han dicho más de lo que ya sabíamos, o sea lo que no era. No era de
la naturaleza de la religión hebreo-cristiana. Por el contrario, era
precisamente lo que ésta aborrecía, vale decir, politeísta,
antropomórfica, naturalista, no del todo moral, en una palabra:
"pagana". Pero, a diferencia de todas las demás religiones paganas,
era griega. Casi nunca se ha osado preguntar en serio lo que esto
significa. Dada la llamativa hermosura de las formas divinas, se
creía poder hablar de una "religión artística" o sea, pues, de una
religión que en el fondo no era tal.
Y causaba extrañeza que épocas tan grandiosas como la homérica y las
que le seguían pudieran conformarse con una fe que abandonara tan
completamente el alma humana en sus penas y nostalgias más
profundas. Pues ¿qué podían ser para ella esos dioses, ninguna de
los cuales era Dios en el sentido verdadero de la palabra?
Nosotros, empero, opondremos al prejuicio general otro menos
superficial, o sea que los dioses no pueden ser inventados, ni
ideados, ni representados, sino únicamente vivenciados.
A cada especie del género humano, lo Divino se le ha revelado a su
manera, dando forma a su existencia y haciendo de ella lo que debía
ser. Así también los griegos deben haber recibido su propia
experiencia de lo Divino. Y cuando más apreciamos sus obras, tanto
más importante ha de ser para nosotros preguntar cómo, precisamente,
se les habrá ofrecido a ellos lo Divino. Y cuando más apreciamos sus
obras, tanto más importante ha de ser para nosotros preguntar cómo,
precisamente, se les habrá ofrecido a ellos lo Divino.
Las cosas celestiales y terrestres –escribe Goethe a Jacobi-
constituyen un imperio tan vasto que solo los órganos de todos los
seres en conjunto son capaces de aprehenderlo. ¿Cómo podía, pues,
faltar en el gran coro de la humanidad la voz del más espiritual y
productivo de todos los pueblos? Y es bien perceptible esa voz, si
solo queremos escuchar lo que los grandes testigos a partir de
Homero tienen para decirnos.
Pero, antes de entrar en materia, cabe decir algo más acerca de los
prejuicios reinantes. Tenemos que someter a una breve interpretación
las actitudes y teorías que siguen obstruyendo a la verdadera
comprensión de la religión griega.
¿A qué se debe el desprecio por el mundo divino de los griegos?
¿Por qué se desprecia tanto el mundo de los antiguos griegos el
cual, es cierto, se estudia con tesón científico como objeto de
interés arqueológico, pero sin pensar que más allá de ellos podría
tener un sentido y un valor que, como todo lo grande del pasado,
también a nosotros podría darnos algo?
La razón principal arraiga, naturalmente, en la victoria de una
religión que –en oposición a la tolerancia de todas las anteriores-
se considera poseedora de una verdad, de modo que las
representaciones de todas las demás, sobre todo de la griega y la
romana, que hasta entonces reinaban en Europa, solo pueden ser
erróneas y execrables.
A ello se agrega el hecho de que los elocuentes paladines de esa fe
siempre han juzgado la religiosidad de los antiguos en función de
sus manifestaciones más turbias.
Si antes llamamos la atención sobre la incomparable fuerza creadora
de la idea divina griega, en este lugar deberíamos oponer aun al
juicio condenatorio de los cristianos el hecho de que las grandes
épocas del paganismo griego (y también del romano) han sido
indudablemente más piadosas que las cristianas. Esto significa que
la idea de la Divinidad, de lo que nos ha dado y de lo que le
debemos, compenetraba entonces mucho más poderosamente la existencia
humana en general. El oficio divino y la vida profana no estaban tan
divorciados una de otra que al primero solo le pertenecieran ciertas
ciertos días y horas, mientras que los asuntos mundanos podían
ocupar podían ocupar toda la extensión que querían, siguiendo sus
propias leyes. Un ejemplo clásico de ello nos lo ofrece la poesía,
con la diferencia entre la obra de Homero y el Cantar de lo
Nibelungos, diferencia sobre la cual Goethe escribió a Henriette von
Knebel en una carta del 9 de noviembre de 1808 lo que sigue: "que en
aquellas épocas [vale decir, las medievales] había reinado el
verdadero paganismo, aunque tenían usos y costumbres eclesiásticos;
porque Homero ha tenido relación con los dioses, mientras que en esa
gente no se halla ni vestigio de reflejo celestial alguno".
Con todo, lo santiguos cristianos, por más que condenaran a las
religiones antiguas, eran mucho más realistas que sus ilustrados
descendientes.
Tomaban a los dioses griegos más en serio de lo que juzga
conveniente la ciencia moderna.
Ya que no correspondían al único concepto verdadero de Dios, por lo
menos tenían que ser poderes demoníacos, es decir, realidades a
pesar de todo. Y así han conservado hasta nuestros días un cierto
prestigio, como seres misteriosos de seductora atracción, con los
cuales la fantasía se entregaba a un juego más o menos serio.
"Hermosos seres del país de las fábulas"
Las épocas de la Ilustración y del Clasicismo alemán gozaban con la
hermosura de las figuras de los dioses griegos y con la riqueza
inagotable de sus mitos. Pero eran para ellas "seres hermosos del
país de las fábulas", según las llama el joven Schiller en su poema
Los dioses de Grecia, seres que, para dolor del poeta, no pueden
resistir la crítica del intelecto. Son contados los casos en que uno
de los Olímpicos se presenta en toda su augusta grandeza ante los
ojos de un poeta, tal como el Apolo Pítico ante el joven Goethe en
el Wanderers Sturmlied ("Canción de tormenta del peregrino"):
"¡Weh! ¡Weh! Innere Wärme,
Seelenwarme,
Mittelpunkt!
Glüh´entgegen
Phoeb´ Apollen;
Kalt wird sonst
Sein Fü´rstenblick
Über dich vorü´bergleiten,
Neidgetroffen
Auf der Ceder Kraft verweilen,
Die zu grüner
Sein nicht harrt.
[Oh, ardor íntimo,
psíquica lumbre,
oh, punto medio de la creación!
Tu llamarada lánzale a Febo,
verás cuán fría
luego se trona
su soberana, regia mirada,
presa de envidia;
cual se detiene
sobre la quima del alto cedro
que ya no puede reverdecer.]
Mas en la "Noche de Walpurgis clásica" de la segunda parte del
Fausto, donde el mito griego celebra una maravillosa resurrección,
es característico que sólo aparecen seres semidivinos y demoníacos,
y la enorme distancia que los separa del mundo divino propiamente
dicho salta a la vista, si nos imaginamos a la diosa Afrodita
cruzando el mar en lugar de Galatea. Hasta el divinamente inspirado
rapsoda, Hölderlin, conoce a los grandes dioses únicamente como
potencias naturales, Apolo como dios solar, Baco como dios del vino;
o como modelos de un grandioso heroísmo, así Heracles. EL hecho de
que sus Bienaventurados, de los cuales nos canta cosas tan
conmovedoras, en el fondo no son la figura de la religión olímpica,
se infiere del mero hecho de que cuenta entre ellos también a la
persona de Cristo.
La receptividad del Romanticismo ante el mito
La primera oposición de importancia contra la ligereza de la
interpretación de los mitos vino del gran filólogo Christian
Gottlieb Heyne (desde 1763 profesor en Gotinga), el amigo de
Winckelmann y maestro de los hermanos Schlegel. Él comprendió que
era un error buscar el origen de los mitos en el reino de la fábula
o de la poesía. Por el contrario, debía decirse que la fantasía
poética había contribuido a su degeneración. Porque los mito son
eran, para él, otra cosa que el lenguaje primordial de los
espíritus, que solo en imágenes y metáforas sabían expresar su
emoción frente a las grandiosas formas de la realidad universal. Con
esto se admitía por primera vez que las representaciones míticas
contenían una verdad, aunque tan sólo metafórica.
El Romanticismo parecía llamado a encontrar el camino hacia una
comprensión más profunda del mito. Si Heyne había visto en la poesía
un peligro para el mito, en adelante la aparición de los grandes
poetas enseñaba que el poeta como tal ha sido tocado por el espíritu
del mito y que de sus honduras eleva la palabra viviente. Y así se
comprendió por fin que los mitos han de ser más que imágenes o
metáforas de experiencias que el hombre puede hacer en cualquier
momento: revelaciones existenciales reservadas a su propia hora
estelar. Aproximar esas verdades primordiales a nuestro
entendimiento era la aspiración de los espíritus geniales que, en
vez de abordar los mitos con opiniones preconcebidas hasta entonces,
trataban en primer lugar de elevarse a su altura, para escuchar su
lenguaje, tal como lo expresa Schelling en su Filosofía de la
mitología (Obras completas, II, 2, p.137).
"La cuestión no es cómo se debería manejar, torcer, unilateralizar o
cercenar el fenómeno, para que sea aún más o menos explicable en
función de principios que nosotros nos propusimos no rebasar, sino:
hasta dónde tienen que ampliarse nuestros pensamientos para
conservar la relación correspondiente con el fenómeno".
Aquí cabe recordar ante todo a un hombre cuya figura parece casi un
mito ella misma en la historia de la mitología. Se trata de Jacob
Joseph Görres, ese espíritu maravilloso que con su hálito inflamó
poderosamente los fuegos dormidos del mito. Él podía atreverse a
hablar de un saber del mito, un saber arcaico, sagrado y olvidado
desde tiempos remotos, herencia de una humanidad prehistórica que,
según su opinión, conservaba aún, como el recién nacido, una
comunidad vital orgánica con la naturaleza maternal, de suerte que
recibía de ella una cognición que,a l cortarse esa comunicación
viva, necesariamente tenía que interrumpirse.
Al lado de él cabe mencionar en primer lugar a Schelling, cuyos
discursos sobre la Filosofía de la mitología, iniciados en el año
1821, siguen siendo la iniciación más extraordinaria para
encontrarse con el mito en sus propias alturas. No era posible
imaginarlo con mayor realidad de la que le atribuía Schelling en su
doctrina, expuesta con asombrosa erudición, según la cual en la
historia de la formación de los mitos, las luchas y potestades de la
génesis del mundo no se reflejaban, sino que más bien se continúan.
Los límites y la desaparición de la investigación mitológica viva
Cuando, en la segunda mitad dela década del cincuenta, se publicaron
en forma póstuma las principal sobras mitológicas de Schelling, el
sentido de la investigación mitológica viva ya se había perdido.
En el año 1810 se había publicado el primer tomo de la obra de
Friedrich Creuzer (Symbolik und Mythologie der alten Völker,
besonders der Griechen "Simbolismo y mitología de los pueblos
antiguos, en particular de los griegos"). Surtió un gran efecto.
También Schelling aprendió mucho de él. Pero era peligroso el ensayo
que así se emprendía. Donde el espíritu filosófico religioso de
Görres había recibido grandiosas visiones, Creuzer, con su tremenda
erudición y sus artes interpretativas, creía poder hacer
comprobaciones científicas concretas. Ello provocó la resistencia
enconada de los especialistas. Christian August Lobeck, más
sólidamente informado y de un pensamiento más perspicaz, no tuvo
dificultades en derrumbar sus construcciones, y luego de publicar su
Aglaophamus (1829) parecía que la investigación mitológica no había
logrado absolutamente nada. Por cierto quedaba en descubierto lo
cuestionable del método de Creuzer, enseñanzas que él creía
descifrar en los antiguos mitos, y prevenido expresamente todo el
que sintiera deseos de seguir el mismo camino. Pero ¿qué tenía que
ofrecer por su parte el severo crítico? ¿Qué espíritu podía
vanagloriarse ahora, luego de haberle tapado la boca a la sagrada
seriedad por sus equivocaciones? ¡El más superficial
esclarecimiento! Le había sido fácil desenmascarar como iluso al
entusiasta, porque para él todo era tan sencillo y carente de
problemática que cualquier niño podía comprenderlo. Detrás de los
venerables cultos y mitos no había, en realidad, nada digno de
dedicarle algún pensamiento más profundo.
En la polémica desencadenada por el simbolismo de Creuzer, la
auténtica investigación mitológica recibió el golpe de gracia y
hasta el día de hoy no ha sido resucitada.
La incomprensión de los dioses, vistos como resultado de errores
primitivos
No es mi
intención escribir una historia de la investigación mitológica a
partir del Clasicismo alemán. Para lo que trato de demostrar aquí,
es suficiente señalar unos pocos puntos, de modo que más de un
nombre prestigioso quedará sin mencionar.
Dirigiremos ahora nuestra atención a la segunda mitad del siglo XIX,
era de las ciencias naturales en poderoso auge y del darwinismo, en
la cual se ha fundado la opinión, aún hoy casi universalmente
aceptada, acerca de las religiones míticas, especialmente la griega.
Por religiones míticas se comprenden las politeístas, debido a cuya
multiplicidad de dioses, mundanidad, plasticidad y antropomorfismo,
el hombre de educación cristiana (o judía o musulmana) parece
comprobar en ellas la ausencia de lo genuinamente divino como
unidad, trascendencia, omnipotencia, omnisciencia y bondad infinita,
y con ello la seriedad religiosa de la veneración del Legislador,
Juez y Conciliador.
Esto se refiere particularmente al corro olímpico de los dioses
griegos, tan encantadores como figuras, quienes desde ese punto de
vista, son, con mucho, demasiado terrenales para merecer
verdaderamente el nombre de Dios. Por eso se creía tener que
reservar a la estética y al evolucionismo científico el juicio
acerca de su esencia y origen.
Y éstos pusieron en el lugar de la auténtica investigación religiosa
una teoría sobre los rudimentos del pensamiento humano y su
desarrollo en el transcurso de los milenios. Premisa sobreentendida
era que los comienzos debían imaginarse lo más burdos posible. Con
esto entraban en pugna, por cierto, con la enseñanza bíblica, según
la cual el único Dios se había revelado al hombre en el comienzo de
todas las cosas. Pero, con todo, la ciencia prestó un gran servicio
a la teología dándole la prueba exacta de que la creencia en las
divinidades paganas, tan molestas, podía explicarse únicamente en
función de primitivos errores.
¡Y esos errores! Era sintomático que se tratara exclusivamente de
equivocaciones del pensar y experimentar lógicos, pues el hombre de
la era de mitos y cultos no podía ser en el fondo distinto hombre
racional y técnico del siglo XIX.
El animismo. E. B. Tylor, H. Usener
Las
principales obras que indicaron el camino a la ciencia europea y que
hasta en una obra tan importante como Psyche, Seelenkult und
Unsterblichkeitsglaube der Griechen ("Psiques; el culto de las almas
y la creencia en la inmortalidad de los griegos"), de Erwin Rohde,
surtieron un efecto decisivo, provenían de sabios ingleses. Después
de Herbert Spencer, cuya obra principal (PrincipIes of Sociology)
empezó a publicarse en 1860, apareció E. B. Tylor con su célebre
Primitive Culture (1871), en la cual se fundaba la teoría
extraordinariamente exitosa del llamado animismo. Según ella, el
hombre primitivo, meditando sobre el extraño fenómeno del sueño y
más aún sobre la diferencia entre el cuerpo muerto y el vivo, habría
llegado a la conclusión de que debería existir un ser invisible, un
"alma" que serviría de sustrato a la vida y cuya ausencia temporal o
definitiva causaría el sueño o la muerte. Así, el pensamiento de
esos hombres primitivos habría descubierto un principio explicativo
aplicable incluso a la vida de animales y plantas y, más aún, a
cosas y fenómenos extraños y horripilantes de toda índole: todos
ellos podrían abrigar un alma o un espíritu, es decir que en el
fondo podían ser similares al hombre y personales, aunque muy
superiores a él. De esta suerte, un pensamiento enteramente natural
conducía del concepto primitivo de un alma a la idea de seres
sobrehumanos y finalmente, puesto que por definición el alma podía
existir también sin cuerpo material, a la creencia en los dioses.
Un evolucionismo similar, pero sin tomar en consideración el
"animismo", fue establecido por Hermann Usener en su libro
Götternamen, Versuch einer Entwicklungslehre der religiösen
Begriffsbildung ("Los nombres de los dioses. Ensayo de una teoría
evolutiva sobre la formación de los conceptos religiosos") (1895). A
él se deben los conceptos, todavía en uso, de los "dioses
momentáneos" (Augenblicksgötter) y "dioses particulares"
(Sondergötter). Pues, en su opinión, los hombres concebían
primitivamente como dioses tan solo los acontecimientos más simples,
y en primer lugar, los acaecimientos sorprendentes de un solo
momento; parecían confirmárselo así ciertas consagraciones
culturales, documentadas aún en tiempos históricos, y sobre todo un
grupo extraño de nombres de dioses romanos, compilados hacia fines
de la República por el sabio Varrón, que a los antiguos padres de la
Iglesia había ofrecido un material bienvenido para burlarse de la
religión pagana. Esos dioses momentáneos y particulares tan
restringidos se iban elevando entonces, según Usener, en el curso de
los tiempos, a categorías cada vez más altas, a medida que se iba
oscureciendo el sentido primitivo de sus denominaciones objetivas,
de manera que podían considerarse como nombres propios de seres
personales, ya no confinados a la estrechez de un solo campo de
acción, sino que podían extender cada vez más la esfera de su poder.
Mas con esto quedaba abierto el camino hacia una evolución
ascendente e imprevisible.
Expuestas tan concisamente, las enseñanzas de los investigadores
mencionadas suenan faltas de vida y poco convincentes, por grande
que haya sido el efecto que ejercieron en la investigación
posterior. Pero tanto Taylor como Usener ejecutaron su plan con
tanta inteligencia y tanto saber, que hasta sus errores son
fructíferos y sus obras nunca pueden caducar del todo. (*)
(*) Fuente: Walter otto, Teofanía; editado anteriormente en El hilo de Ariadna.