LOS SÍMBOLOS DE LA DIOSA
Por Paloma de Miguel
En el comienzo fue la diosa, no el dios. El triunfo
del patriarcado y el monoteísmo sofocó el inicial brillo de las diosas
prehistóricas. A pesar de su desplazamiento, el simbolismo de las diosas
subsiste no sólo en las religiones o mitologías aún vigentes sino también en los
pliegues de nuestro inconsciente colectivo.
En el silencio de lo inconcebible algo comenzó a vibrar. Fue el primer movimiento, la primavera pulsación que instauró el comienzo de la vida.
En el comienzo era el Abismo sin fondo y sin límites, La Nada y el Todo a la vez, el Caos indeterminado que contiene todas las cosas todavía sin nombre y sin concreción. Y antes del Abismo, quizás, la Razón Inabarcable de ese Origen apenas perceptible, la recóndita semilla de los Mundos y de los Seres, lo Absoluto de imposible conocimiento; la idea del Cosmos que escapa a toda comprensión, la pregunta sin respuesta: el Enigma...
En el principio era también la Potencia, lo que podría llegar a ser. Aquello inconcebible contenedor de ambos gérmenes. Lo que luego llamáramos ¨Padre y ¨madre¨se hallaban inscriptos en esa Totalidad, juntos, sin diferencia aparente, en interacción continua conteniendo en sí todas las posibilidades de plasmación.
Con el primer latido se inició la separación: fue el comienzo del Tiempo, se hizo el Espacio y la Vida fluyó. Hubo ritmo, hubo un lugar para la Creación, y lo Uno se vertió, se plasmó, se convirtió en Dualidad manifestada...El desdoblamiento originó las grandes aguas y el viento que las agita; y nació el espejo que permitía a uno y otro reflejarse en similitud y oposición.
Desde entonces
existió una dirección y un transcurrir; un arriba y un abajo, un cielo y una
tierra, lo izquierdo y lo derecho...Existió la Materia Primera, la Sustancia
Primordial y el hálito del Espíritu. La ley necesitó el sustento de energía para
actuar, preciso de las formas que la cumplieran. Existió el impulso que tras
sucesivas divisiones permitió la aparición de los seres individuales y,
paralelamente, la fuerza que insta a las criaturas separadas a religarse en el
anhelo de recobrar la Unidad perdida.
Este podría ser,
en síntesis, el contenido de tantas representaciones simbólicas vertidas en las
Teogonías de la Antiguedad con sus abstracciones y personificaciones que nos
explican la génesis del Mundo. Porque prácticamente todas, de una forma u otra,
nos hablan de la polaridad como requisito para la creación y perpetuación de las
cosas, polaridad que en las tradiciones se ha resumido y se ha explicado con el
concepto de género. Así ha nacido en el imaginario humano la Madre de Todo, el
aspecto femenino de la Naturaleza misma manifestada; que se ha entendido como
el soporte, el sostén, la base necesaria para la vida siendo a la vez la
representación de la Vida.
Es Prakriti en la India, densa o sutil, al decir de los eruditos, según los
niveles de plasmación. Cuando se convierte en la Madre Divina es Aditi, que
alumbra a los Dioses. También es la consorte del Dios Creador, o bien, la madre
de la Pareja Primordial de la que surge el Universo más comprensible para
nosotros. Es la Diosa de las Montañas de los antiguos Drávidas, Parvati, la
consorte de Shiva. Es Gaia entre los Griegos, la del amplio seno, al decir de
Hesíodo. También es Hera; y es Juno, ahora para Roma.
Si crea directamente a los hombres es la Diosa Nu-wa de las tradiciones chinas,
amasando a sus hijos -cómo no- del barro de la tierra. Puede ser la hija del
Gran Espíritu de las culturas nativas americanas del área de las praderas, que
se precipitó en el mundo fragmentándose y originando lo creado. Puede ser,
siguiendo con la misma idea, Perséfone, tejedora de todas las cosas y
circunstancias que se iban plasmando conforme aparecían en su tela y que,
desoyendo a su madre, fue tentada por Eros y cayó al inframundo (en un nivel de
interpretación, nuestra tierra).
Si aparece como fuente de todas las cosas es la Gran Madre asiática, la de
los Mil Nombres y Atributos; también Mahadevi en el hinduísmo, la Mahamaya de
los Puranas, la creadora, conservadora y destructora de los seres. De ella se
originó el Espacio y es a la vez el Cuerpo de ese Espacio inmenso cuyo manto
contiene a las estrellas y a los soles y cuya esencia los sostiene rítmicamente
a través de los ciclos que la caracterizan. Cuna y sepulcro de las formas, su
útero gesta y finalmente recoge a los seres vivos transformándolos en una nueva
apariencia, en nueva expresión. De ahí el caldero celta Ceredwein, el de Dagdé,
que portaba la tribu de la Diosa Dana en los ancestros irlandeses, a su llegada
a la isla y el posterior Grial, y la copa receptora como símbolo de contención.
También la caverna se asocia la Diosa. La caverna oscura que se abre en la
roca permite mil transformaciones y cambios de estado. ¿Cómo no pensar entonces
en la redoma de ciertos grabados alquimistas en cuyo interior se representa al
Anima Mundi dentro del contexto de la Obra? ¿Y cómo no pensar en la inmersión en
las aguas, en el hecho de ser tragado por un gran pez y en el descenso a los
infiernos, tan común en el contexto heroico donde el candidato muere y renace
como iniciado; renovado, con mayor conocimiento, con mayor conciencia...?
Si la Diosa contiene todas las potencias es la Virgen Celeste antes de
recibir la impronta del espíritu, si alienta a la vida es la Madre de Todos en
el Cosmos y en nuestro mundo y entonces puede ser la Tierra Madre, Oikos, casa,
el suelo firme brinda un hogar a sus criaturas. O la tierra fecunda que nutre a
todos los seres y permite su existencia sin requisito, la vieja Pachamama de la
región andina.
Podemos encontrarla entonces bajo diversas manifestaciones. Es la Diosa de
los antiguos minoicos asociada a la paloma, al delfín, a la serpiente y al toro;
la nutricia Hathor, Isis
amamantando al Hijo. Démeter protegiendo a las cosechas. Puede ser también la
Naturaleza toda que tanta imaginación y belleza derrocha por doquier procurando
incontables formas y recursos para sus pequeñuelos, a la vez que regula los
ámbitos y el cariz de su desenvolvimiento. Entonces es la Reina de las Bestias,
uno de cuyos aspectos encarna la Artemisa del bosque salvaje o la misma Cibeles
y los jabalíes, los ciervos (o los leones) la acompañan. Puede hechizar,
seducir, al contener en sí la gracia, el encanto de su obra o envolver en un
halo de encanto a sus criaturas. Con tales atributos es la Isthar mesopotámica o
la Afrodita griega, la del velo dorado, la del cinturón mágico, a cuyo paso las
bestezuelas, según canta el himno, se retiran a los bosques para aparearse
porque encarna el Eros, el principio de unión al servicio del mantenimiento de
la Vida.
Representa a la Tierra, pero también a las aguas, tanto al Océano abisal de
los comienzos, las profundas aguas del cielo como los energéticos mares y ríos,
puesto que Ella misma es la fuente del Agua de la Vida cuyo fluir es continuo y
cuyas mareas obedecen a sus ritmos. Una de las evocaciones más antiguas de la
Diosa es la Sarasvati de los Vedas, regente de los ríos.
También encarna la Ley que regula a la Creación para su mantenimiento y
propósito; así conduce a las distintas vidas que se inscriben en la Gran
Corriente Vital para que puedan existir, crecer, desarrollarse, expresarse como
criaturas individuales y cumplir su función y su destino. Por eso la humanidad
ha representado una faceta de la Diosa como justiciera, legisladora,
socializadora y portadora de civilización. En el primer caso, sostiene los hilos
del destino y se la representa como una telaraña en los viejos mitos irlandeses.
Es una red que integra a todo a lo creado. Las Parcas en Grecia serían sus
dígitos, pero también es Némesis, es Maat en Egipto, siempre inexorable. 
Si nos introduce en lo cultural, ámbito tan específicamente humano, tenemos el
ejemplo de Inanna en Sumeria, donando a los hombres códigos de conducta
traídos del cielo; Démeter y Atenea para los griegos permitiendo con las
innovaciones agrícolas el paso a un nuevo orden social, una, y aportando arte e
industria, otra; o de nuevo Sarasvati para India, que llegó a ser protectora de
las artes y de las letras.
Pero no siempre es luminosa. También representa el furor de la guerra. Llena
de coraje e impulso alienta a los guerreros, su deseo les sostiene en el
combate. Preside sus lides y les conduce a la victoria, en muchos casos a pesar
de la muerte. Es voluntariosa como Isthar. Es impetuosa como Anat. Poderosa como
Atenea.
Sus cuidados pueden resultar posesivos. El amparo de su regazo puede tornarse
prisión. Su seguridad confortante y su protección sofocar el crecimiento. Su
exaltación erótica convertirse en lascivia. Si ella alumbra y protege, puede
también mostrar la fuerza de las sombras, tan terribles habitualmente para los
humanos. Entonces es destructiva.
Puede manifestar su cólera y con ella los elementos se desencadenan, entonces su cuerpo se contrae, los vientos arrecian, las tierras se convulsionan, los volcanes vomitan su fuego. Súbitamente puede sacudir a sus criaturas y entonces los seres vegetales, animales y humanos se agitan y perecen en el Caos temible del remolino que Ella ha provocado.
Puede, suave o violenta, reclamar la corriente vital donada a las criaturas o destruir su forma aparente para recogerla en su seno porque es la Reina de Todos las Mares: ahora nos muestra la diosa su aspecto sombrío, no por fuerza maligna aunque aparezca como reina de los Infiernos, Señora de los Muertos o la Muerte misma, como Ereskingar, la reina del helado Heldel, el país del frío, la reina de la Nieve que luego aparecerá en los cuentos.
El Cosmos mismo
tiembla ante el aspecto oscuro de la Diosa. Es cuando firme y terrorífica Kali,
la Negra, baila frenética la danza de los mundos de forma complementaria e
inversa a la de su consorte, el Danzarín celeste, y Perséfone, desvelada, puede
sentarse en cátedra frente a las almas desencarnadas. Más, ¿no es la oscuridad
el origen de la luz? ¿No es en lo profundo de la noche cuando se origina el día?
¿No muestra Hécate triforme
una antorcha luminosa en el centro de las encrucijadas? ¿No es, también, la
mansión de los muertos el lugar del origen, la fuente de la vida y la sede del
conocimiento? ¿No se encuentran allí los tesoros escondidos? Tal vez por ello la
Diosa oscura lo es también de la magia y del conocimiento secreto...
Celeste, terrena y marina o subterránea, tres manifestaciones asociadas a la
luna. Porque en sus más antiguas representaciones la Diosa aparece como una
deidad lunar, que posibilitó a los humanos la medida del tiempo. Reina de la
noche, frente al sol, señora de lo oculto, con su rostro de plata simboliza la
mutabilidad y el cambio, la renovación cíclica; también la fecundidad, la
vitalidad, las emociones, la inspiración y por tanto la expresión creativa y el
conocimiento intuitivo. A la luna aluden esas piedras meteóricas que aparecen en
muchas de las representaciones artísticas de los pueblos del pasado y las
piedras, como Kaaba, a cuyo Santuario han de peregrinar obligatoriamente los
musulmanes quienes, sin saberlo, de alguna manera veneran a la Antigua Diosa que
antaño reinó en sus territorios.
Si es una en sí
misma, si contiene infinitas posibilidades, es la llamada Diosa Virgen, en
cualquiera de sus manifestaciones, representada en ocasiones como andrógina para
resaltar ese aspecto de autoposesión, de completud, de totalidad. Y si aparece
como lo
femenino por excelencia, es Shakti, impulso, flujo, corriente, dinamismo vital,
energía, fuerza y sostén; el aspecto femenino, el factor vivificante, el Alma
del Cosmos y de lo masculino en general, de ahí su búsqueda desde el ámbito
psicológico como complemento interno y factor de regeneración.
Shakti gobierna las corrientes energéticas que sostienen y renuevan la Vida. Por
eso Ella es representada como serpiente. Impulso serpentino que fluye por los
canales celestes, por los vasos de la tierra y por los diferentes conductos
similares de los seres vivos. No hay que olvidar que la serpiente, desde el
fondo de los milenios, siempre ha estado relacionada con la Diosa hasta que el
cristianismo, paradójicamente, la enemistó con la mujer relegándola al mundo
inferior. India nos muestra claramente este concepto con las Shakti de los
dioses más importantes del hinduismo. El tantrismo venera a Shakti y en otras
culturas, las esposas divinas expresan esta faceta de similitud, al tiempo que
contraparte y complementariedad del dios. Son el Poder del dios. Más Shakti
siempre es una vía de unificación e integración; no en vano, Devi, la Diosa, ha
constituido uno de los seis Caminos en la India, y en la actualidad, el culto a
Shakti constituye uno de los más importantes al lado de los Visnuitas y
Shivaitas.
En tal expresión, la Diosa también es mediadora y conductora; ella, Materia,
se yergue sobre la misma materia para llegar, pulsátil y vibrante, fuerte y
sinuosa hasta la Mente, hasta la Conciencia, hasta el Espíritu, hasta los
Dioses, hasta Dios, hasta el Origen... Bajo estos atributos es Tara, Dolma, la
compasiva, y aún se constituye en la misma esencia budisátwica para el budismo
tibetano.
Como elemento de constancia en el Cosmos es, como factor de permanencia,
resiste. Sabe más que conoce, por eso en muchos aspectos, la Diosa encarna la
Sabiduría y se instaura en modelo para las mujeres. Como Diosa libre e
independiente representa la primavera con sus promesas de vida; también la
primera juventud, la actividad y los proyectos. Es la luna creciente que tiende
a la plenitud. Nos habla también de la primera fase del ciclo femenino. Es
Afrodita, es Artemisa, es Atenea.
Si aparece como madre, se relaciona con el verano, con las cosechas crecidas,
los frutos en sazón. Nos habla de la madurez de la vida, de la actualización de
las potencias, de la realización y de la plenitud; muchas veces de la función
femenina de la esposa y siempre de la madre. Preside el cielo bajo la forma de
la luna llena, plena de hermosura, completa y luminosa. Corresponde al momento
de la ovulación y al de la fecundación. Es María embarazada y la madre nutricia
que sostiene al niño otorgando parte de su esencia en alimento. Puede dar porque
posee. Es Isis con Horus.
Mostrando en su
esencia la experiencia del tiempo transcurrido, de la obra hecha, es en la
naturaleza el tiempo de las mieses cosechadas, del grano recogido. Es el otoño
que camina hacia el invierno, la vida vivida, la luna menguante, la mujer sabia,
la mujer chamán, curandera, tal vez bruja, sacerdotisa y maestra. Preside la
segunda mitad de la vida, los años maduros, el declinar hacia la vejez y la
vejez misma. Se personifica a través de todas las diosas oscuras. En las mujeres
rige el periodo posterior a la ovulación que conduce a la menstruación.
Dueña de la vida y la muerte, la Diosa la trasciende. Ella misma se expande
y mengua, muere y renace. También muere y renace su hijo. La representación del
hijo-amante que surgiendo del seno de la madre se convierte, adulto, en su
consorte para desaparecer posteriormente y resucitar de nuevo, es un tema que
aparece de modo más o menos manifiesto, en el simbolismo de todas las culturas
de la antigüedad y corresponde a un aspecto más de su expresión cíclica.
Innumerables imágenes nos muestran a la Madre Dolorosa lamentando la
desaparición del hijo y compañero. Cibeles llora a Atis, Inanna a Dummuzi,
Isthar a Tarnmuz, Afrodita a Adonis, Isis peregrina en pos del cadáver de su
esposo y, finalmente, María recoge en sus brazos el cuerpo inerte del Hijo.
Eternamente antigua es, sin embargo, permanentemente presente; acercarnos a su
esencia es entrar en su reino y es hacerla reinar en nuestro interior. Es
descubrir aquello que, de un modo u otro, como seres vivos, hombres o mujeres,
late en nuestra alma; aún más, es recobrar el alma porque Ella es el Alma misma.
Desde esta perspectiva nosotros le pertenecemos a la vez que Ella habita en
nuestras profundidades. El viaje interior constituye un buen acercamiento, el
campo del símbolo un método para encontrarla. Los sueños, las fantasías, la
imaginación activa y la creación artística las puertas que nos conducen a Su
presencia. (*)
(*) Extraído de Esfinge N1, revista de Fundación Nueva Acrópolis.
ILUSTRACIONES (desde arriba hacia abajo): 1: La diosa griega Atenea, diosa sabia, prudente y guerrera; 2: La Venus de Willendorf (c. 25000-20000 a.C.). Esta figura en piedra caliza de la Diosa Grávida prehistórica, con los atributos femeninos relacionados con la generación muy resaltados, es la más popular de cuantas se conocen. Mide 11 cm. y fue hallada en Willendorf en 1908; 3: la diosa egipcia Isis, dueña del trono donde se sienta el faraón, resucitadora de Osiris, dominadora de los secretos de la resurrección y la inmortalidad; 4: Las tres moiras griegas: Atropo, ¨la que corta el hilo de la vida¨; Cloto, ¨la hilandera¨; Láquesis, ¨la medidora¨. Se corresponden con las Tres Parcas romanas y con las tres fases de la triple diosa luna. Dominan el destino y los hilos de la vida, el tiempo que le corresponde a cada ser; 5: Diosa Serpiente (c. V milenio a.C.). Diosa con cabeza de ofidio amamantando a su hijo; su triángulo pubiano remarcado denota su función como regeneradora . Pertenece a la cultura mesopotámica de Ur, es de terracota, mide 14 cm. y procede de Ur. Se conserva en el Museo de Irak de Bagdad (Irak); 6: La Venus de Laussel o Dama de la cuerna (c. 23000-20000 a.C.). Importante bajorrelieve de la Diosa Grávida encontrado, junto a otras cuatro figuras parecidas, en la zona de santuario de una cueva de Laussel (Dordogne, Francia). La figura mide 42 cm. y fue descubierta en 1908. Se conserva en el Museo de Burdeos, Francia.