LEYENDAS DE LA ARGOLIDE
Io vivía tranquila junto a su padre, el influyente dios de los ríos Inaco. Nada
parecía poder romper su paz, salvo que era hermosa y eso, como tantas otras
veces, era causa suficiente para atraer sobre una doncella la más peligrosa de
las curiosidades, la del siempre atento Zeus. En efecto, éste se dio cuenta de
su encanto y decidió apoderarse de la joven sin mediar compromiso matrimonial.
Como siempre, lo peligroso para una virgen no era el ser poseída por Zeus, sino
el hecho de ser el detonador que disparaba los peligrosos celos de la airada
Hera, la cansada esposa del dios supremo. Desde luego, la joven Io sabía
perfectamente a lo que se exponía, ya que, además de ser sacerdotisa de Hera y
estar al tanto de lo que se debía hacer o evitar con respecto a una deidad de
esa categoría, también debía estar impuesta en los ejemplos anteriores de
castigo divino, ya que las horrendas venganzas de Hera eran de sobra conocidas
en todo el Universo, bien fuera en su vertiente inferior terrena, o superior
olímpica, puesto que lo desproporcionado del castigo lo convertía
automáticamente en un relato que pasaba de boca en boca y a todos al canzaba su
noticia. Por si fuera poco el peligro, había que tener presente que la temible e
inapelable maldición de Hera, por añadidura, en todas las ocasiones recaía,
desde luego, no sobre el omnipotente marido, sino sobre la pobre mujer amada,
fuera o no culpable de tales relaciones extraconyugales (que solían ser
involuntarias para las mujeres en la mayoría de los casos). En el caso de Io, no
se iba a hacer excepción a la regla, pero veamos la historia de Io de una manera
más detallada.
UN CONJURO DE IINGE
Iinge era aquella hija habida entre Pan y Eco, y ésa fue la mujer responsable
del hechizo que acarreó el desastre de Io. En efecto, se cuenta que Iinge lanzó
sobre el corazón de Zeus el deseo hacia la bella y virginal Io, la sacerdotisa
que estaba al servicio de la esposa del dios, de la muy poderosa Hera. Zeus
quedó instantáneamente prendado de Io y se decidió a hacerla suya, Pero la
aventura quedó al descubierto y Hera hizo que la osada Iinge pagase su
atrevimiento, transformándola en un pajarillo trepador. Después Hera se dirigió
a su acostumbradamente infiel marido y le espetó la acusación de su
enamoramiento, pero el escarmentado dios se hizo el inocente y negó toda
relación con la joven. Como no estaba dispuesta a seguir con la conversación y,
menos aún, a tener que sufrir las consecuencias previsibles de esa amenaza de
otra nueva aventura, Hera amenazó con una espectacular operación de castigo a la
doncella y, a la vista de cómo se estaban poniendo las cosas, Zeus transmutó a
su amada en blanca ternera, o vaca también blanca, para protegerla de las iras
de su mujer. El cambio no fue suficiente para aplacar o agradar a Hera y ésta se
hizo con la ternera o vaca, y la puso maliciosamente bajo la custodia de la
persona más indicada, ya que encomendó el trabajo al mejor vigilante conocido, a
quien llamaban Argo Panoptes (el todo ojos), ya que poseía ojos en la cara y en
la nuca, cien, decían unos y hasta mil, aseguraban otros. A Argos le indicó que
aquella vaca de aspecto ordinario no era nada corriente, sino que se trataba de
un animal muy peculiar al que había que cuidar con especial atención, dejándolo
siempre amarrado a un árbol y sin que se dejara ver demasiado. Así, pues, la que
fue Io, la hermosa doncella que fuera persona de linaje real y entregada a la
adoración de Hera, había quedado reducida a ser tan sólo una bestia
inmovilizada, sometida como propiedad exclusiva de Hera. Zeus, como de
costumbre, tampoco estaba decidido a cejar en su deseo y llamó a Hermes para que
éste le echara una mano en la liberación de Io, ya que el astuto y veloz Hermes
era, sin lugar a dudas, quien mejor podía enfrentarse a la penetrante mirada de
Argo Panoptes, del que se decía que ni durmiendo llegaba a cerrar todos sus
ojos.
EL RESCATE DE IO
Recibida la orden de su compañero Zeus, Hermes se llegó con presteza hasta los
campos en los que Argo tenía bajo su custodia a la castigada Io, ya fuera en
Micenas o en Nemea, puesto que en los dos lugares se sitúa el mítico campo, y
allí, nada más posarse en un árbol cercano, Hermes, que viajaba transformado en
pájaro, para no poner sobre aviso al guardián, empezó el artero dios a dejar oír
la embriagadora música de su flauta, una deliciosa melodía que hizo caer
rápidamente en un mágico trance al gigantesco vigilante de los cien ojos. Aunque
del todo dormido no podía ser un peligro para el plan de rescate, Hermes no
vaciló en machacar la cabeza del dormido centinela con una roca, y menos aún en
arrancarla del tronco para demostrar cruelmente su triunfo, como era tan
habitual de las deidades. Después de haber acabado con el infeliz Argo, a Hermes
le fue sumamente sencillo llevarse consigo a la liberada Io. Pero no se podía
siquiera suponer que fuera a ser tan fácil el que Hera dejase tranquila a quien
ya había sido condenada, menos todavía cuando se había desafiado su voluntad, y
Zeus había hecho su voluntad, llevando en su acción adúltera al fiel Argo a una
muerte despiadada. Más decidida que nunca a dar una lección definitiva a su
marido y a sus cómplices de fechorías, Hera emprendió la persecución de Io, una
larga y obstinada persecución que sería casi inacabable. Pero, antes de iniciar
la venganza, Hera no se olvidó de tomar de la cabeza del decapitado Argo sus
ojos y colocarlos -como homenaje a quien había muerto defendiendo sus intereses-
en la cola de un pavo real, para que desde allí fueran vistos con admiración y
respeto por todos los mortales hasta el fin de los tiempos.
LA LARGA HUIDA DE IO
La blanca ternera que era ahora Io parecía haber recuperado la libertad, pero no
había logrado recuperar su forma humana. Estaba en libertad, pero Hera ya había
designado a su eterno perseguidor: un tábano que la iría picando en todo momento
y lugar, como el doloroso y humillante recordatorio de que, al menos para Hera,
ella no era más que una vaca de su rebaño. Pues bien, desde su liberación, Io
fue recorriendo el mundo, primero marchando a Dodona, después a la orilla del
mar que se llamaría como ella, en su honor, el Iónico o Jónico, como nosotros lo
conocemos. Más tarde subió por el río Danubio, se acercó al mar Negro, cruzó
desde Tracia al otro lado del paso del que se dice que se llamaría también
Bósforo en su honor (pues eso es lo que significa tal toponímico, paso del buey,
aunque ella fuera entonces encantada ternera) y siguió el cauce del río
Hibristes, hasta llegar a sus fuentes en el Cáucaso. Regresó por la Cólquida,
pasó por Asia camino de la Indias y dio la vuelta a su itinerario, por Frigia,
Lidia, Cilicia y Fenicia, para llegarse hasta Etiopía, en una etapa más de su
incesante y desesperado caminar; todo ello para poder acercarse más a su destino
definitivo, hasta las mismas e ignotas fuentes del gran Nilo, en donde sí la
esperaba la definitiva liberación. En esa región tan fabulosa como desconocida,
la pobre Io recibió, al fin, el esperado y buscado doble premio del descanso a
su martirizada huida y la caricia salvadora del apiadado Zeus, la caricia (y
bastante más que una simple caricia) que le devolvió su aspecto humano y le
permitió empezar una nueva vida, ya bajo el patrocinio y la tutela del buen
Zeus, quien se había decidido a ayudar a la inocente doncella en todo lo que
ella necesitara.
IO, MADRE DE EPAFO
En Egipto, redimida de su castigo, Io encontró en Telégono el marido adecuado
para su necesario matrimonio, puesto que -preñada por ese contacto salvador de
Zeus- estaba a la espera de quien iba a ser su hijo Epafo, el futuro rey de
Egipto. Parece ser que Hera, al enterarse del nacimiento de Epafo, ordenó a los
demonios Curetos que se apoderasen de la criatura tan pronto naciera y la
hicieran desaparecer. En ese momento Zeus, tan al quite como su esposa lo estaba
al ataque, lanzó una sarta de sus potentes rayos y acabó con la amenaza de los
Curetos; la atribulada Io, guiada por la mano de Zeus, recuperó al pequeño Epafo
y en él siguió cumpliéndose el destino, hasta hacer de este hijo de Zeus y la
sufrida Io un personaje de estirpe real, al que se hermanó con el sagrado buey y
dios Apis, para completar el relato mitad divino y mitad animal de la historia
de Io, que acabó -a su vez- identificándose también con otra deidad egipcia, la
poderosa Isis, reina de los cielos.
ACRISIO, DANAE, ZEUS Y PERSEO
Dánae era la hija de Acrisio, un rey de Argos, y de Eurídice, nieta del mismo
Zeus; conociendo la mitología, no es de extrañar que también fuera Dánae la
amante de su tío Preto, hermano gemelo del padre y enemigo suyo desde antes de
su mutuo nacimiento. Con este y otros muchos motivos, Acrisio y Preto se
enfrentaron abiertamente en una serie de inútiles peleas, hasta que decidieron
repartirse el territorio heredado de su padre Abante, de modo que Acrisio quedó
con Argos y Preto se fue a gobernar en Tarento. Pasado el lance, Acrisio quiso
tener algún hijo varón a quien ceder su menguado reino y, para colmar su
curiosidad, requirió los servicios de un adivino. Este le aseguró que no iba a
tener descendencia masculina, pero que sí sucedería un día que un nieto le daría
muerte. Como quiera que la única manera de que tal cosa sucediera pasaba por el
hecho cierto de que fuera su única hija la que diera a luz a tan temible nieto,
Acrisio encerró a Dánae en un calabozo con puertas de bronce, según unos, y un
torreón construido enteramente de bronce, según otros cronistas más exagerados,
en el que ni ventanas había, y que estaba rodeado por una jauría de perros de
presa, para no dar ninguna posibilidad de cumplimiento al oráculo y salvaguardar
así su amenazada vida futura. Zeus, que debía estar tranquilo en su celestial
armonía, no dejó de ver las operaciones del padre y rey Acrisio y, cómo no,
empezó a interesarse por una joven bella y de difícil acceso, que ya era un reto
a su inteligencia amatoria. Pergeñó un sistema para hacerse con ella y, lo que
era más interesante todavía, un modo seguro de dejarla preñada de ese nieto tan
temido por Acrisio y tan funestamente descrito por el oráculo. Como era de
esperar, pronto encontró el versátil Zeus la manera de lograr sus dos
propósitos.
LA LLUVIA DE ORO
Tras una atenta observación del encierro de Dánae, el sagaz Zeus dio con una
grieta en la construcción que encerraba a la princesa Dánae. Era muy pequeña,
demasiado pequeña para poder darle paso bajo cualquiera de sus múltiples
caracterizaciones animales, pero no lo suficiente como para no dejar que se
filtrara como lo hace el agua. Esa fue la forma elegida, la de una fina lluvia,
dorada, dada su categoría divina, que entraría a la restringida cámara donde se
ocultaba a la hermosa de la vista y del más temido contacto de todos, de todos
menos del inquieto Zeus. Dentro de la cámara, como era de esperar, Zeus recuperó
su encantadora apariencia y le fue sencillo lograr lo que ansiaba: los favores
de Dánae. Ella, además, quedó encinta de un hijo que sería el mayor héroe de la
Argólida. El padre, al correr del tiempo necesario para que ello fuera evidente,
no pudo dejar de asombrarse al comprobar con sus propios ojos que la hija estaba
embarazada a pesar de las cuidadosas precauciones adoptadas. Pensó que Preto
había conseguido hacerse con el método para acceder a su hija y que ésta había
reincidido en aquella relación odiada. Escuchó que era Zeus el padre de su nieto
y no quiso creerlo ni se atrevió a dejar de creerlo. Así, no sabiendo que hacer
con aquella situación, y no queriendo matarlos directamente, decidió arrojar a
la hija y al nieto al mar, embarcados en una caja no pensada para navegar,
precisamente; pero, tras una larga y angustiosa navegación a la deriva, madre e
hijo dieron finalmente con la costa de la isla Sérifos, en donde fueron
rescatados por Dictis, el pescador local que era, también, hermano del rey de la
isla, Polidectes, quien se hizo cargo de la pareja y, más especialmente, de la
educación del joven Perseo.
PERSEO SE ENFRENTA A SU PADRE ADOPTIVO
A medida que pasaba el tiempo y el joven crecía en tamaño y saber, la situación
cambiaba en la pequeña isla, Polidectes, que se había mostrado tan hospitalario,
quería ahora forzar su matrimonio con Dánae, quien no parecía dispuesta a
descender a su nivel, después de haber sido amante del supremo Zeus. Para
evitarse más complicaciones, Polidectes dejó creer a Perseo que él pensaba
contraer matrimonio con Epidemia, la hija de Pélope y de aquella célebre y
primera Epidemia, hija de Enómao, rey de Pisa, a la que tan difícil fue
conquistar, por las mortales trabas que su padre ponía a los infelices
aspirantes a su amor. Pues bien, el buen Perseo creyó en la explicación dada por
Polidectes, en la que éste ponía de manifiesto la necesidad de ofrendar unos
hermosos caballos a la amada, animales escasos en la isla. Perseo se ofreció a
salir en busca de un ejemplar digno de un rey, y también se fue de la lengua en
su generosidad y le dijo que era capaz de traerle la cabeza de Medusa además.
Con aquel desliz, se le presentó una nueva oportunidad a Polidectes y le tomó la
palabra, diciendo que esta terrorífica cabeza sí que era un regalo apreciado.
Perseo, que estaba dispuesto a todo con tal de que se dejara a su madre en paz,
partió, sin más remedio, a la caza de la espantosa Gorgona, sin saber cómo
hacerse con la prometida cabeza. Afortunadamente, Perseo fue siempre un
personaje mimado por los dioses y, en aquella ocasión, Atenea alcanzó a oír a
tiempo el ofrecimiento del joven y, enemiga declarada de Medusa -ya que si ésta
era monstruosa, lo era por la intervención anterior de Atenea-, se puso junto al
muchacho y en compañía fueron los dos a dar caza a la terrorífica mujer.
LA CAZA DE MEDUSA
Con Atenea de compañera, Perseo llegó a Dicterión, en dónde la diosa le hizo ver
las imágenes que allí se guardaban de las Gorgonas, de modo que no se pudiera
luego confundir con sus otras dos hermanas, puesto que éstas, Esteno y Euríale,
eran inmortales, al contrario que la hermana buscada, lo que haría inútil
cualquier intento de luchar contra ellas, También Atenea aprovechó este tiempo
en Dicterión para adoctrinarle, de manera que supiera acercarse a ella sin caer
en la mortal trampa de su mirada, pues Medusa mataba de espanto a quien la veía,
ya que su rostro era el resumen de todos los horrores imaginables. Como arma, la
industriosa Atenea le preparó un escudo tan brillante como un espejo y Hermes le
hizo llegar una hoz de diamante, para que con ella segara la prometida cabeza y
la llevara de vuelta a Sérifos. De todos modos, el arsenal no estaba completo,
puesto que todavía le faltaban elementos tales como el yelmo de Hades, que
volvía invisible a quien lo usaba; unas sandalias aladas; y una bolsa especial
en la que esconder la cabeza de Medusa, si lograba su objetivo de darle muerte.
Estas cosas estaban bajo la custodia de las ninfas de Estigia, pero nadie sabía
cómo encontrarlas; bueno, nadie no, las tres Grayas, las feas hermanas de las
Gorgonas, sí lo sabían y a ellas se dirigió Perseo, en un pesado viaje que le
llevó al monte Atlas, en donde ellas residían. Estas tres Grayas tenían que
compartir un único ojo y otro único diente, puesto que era todo lo que tenían
entre las tres para ver y comer. Perseo se deslizó tras ellas y esperó a que
llegara el turno de cesión de tan insólito condominio, se apoderó de ambos de un
golpe rápido y pidió, para su rescate, el emplazamiento de esas ninfas de
Estigia. Las Grayas, sin otra solución que la delación, dijeron al raptor lo que
deseaba oír y éste se fue sin más tardar a la guarida de las ninfas, sin que
Perseo cumpliera su parte del trato, ya que se marchó dejándolas sin diente ni
ojo. En Estigia vio a las ninfas y, sin más requisitos, recibió de ellas las
sandalias, el zurrón y el yelmo que le eran imprescindibles para culminar su
proeza, y conoció el lugar en el que podía hallar a su deseada presa.
ANTE MEDUSA
Con su equipo de combate al completo, Perseo fue volando con sus sandalias
aladas hasta la temible tierra de los Hiperbóreos, poblada por las efigies en
piedra de quienes antes habían sido seres vivos, y ahora estaban inmovilizados
por el hechizo de la malvada Medusa. En Hiperbórea se encontraba el escondrijo
de las Gorgonas. Allí estaban las tres hermanas, dormidas y a su al cance.
Protegido de la vista de Medusa por el bruñido escudo y guiada su mano por
Atenea, Perseo cortó de un solo tajo la cabeza a Medusa y se apresuró a
guardarla, sin atreverse a verla, en la bolsa mágica. Al tiempo que Medusa
expiraba, surgía de su cuello segado el mágico caballo Pegaso y el impetuoso
Criasor, unos hijos que Medusa había tenido con Posidón y que no nacerían hasta
la muerte de la madre.
Perseo, amparado por la invisibilidad del yelmo, huyó del lugar, mientras que
Esteno y Euríale se despertaban ante los gritos y piafados de caballo y
guerrero, los hijos de su hermana muerta que ahora se daban a conocer de un modo
tan sorprendente. Pero nada pudieron hacer, puesto que a nadie se divisaba por
aquellos andurriales y ya Medusa estaba definitivamente perdida. Perseo siguió
en su huida, cargando con la cabeza de Medusa, hasta las tierras de Etiopía.
Pero, por el camino, le quedó tiempo para acercarse hasta la residencia de
Atlante el titán, a quien, para vengarse de una anterior afrenta, le dejó ver la
horrible cabeza, lo justo para que éste quedara convertido en una montaña digna
de su tamaño. Después, mientras volaba sobre las arenas del desierto, dejó caer
el diente y el ojo de las Grayas para rematar su faena con un sarcasmo final.
Más adelante, en la costa de Filistea, Perseo se iba a encontrar con una
sorpresa adicional.
LA INSOLITA APARICION DE ANDROMEDA
En su mágico vuelo africano, Perseo acertó a ver a una mujer, hermosa, desnuda y
encadenada. Se enamoró al instante de su espléndida y desvelada belleza y se
propuso, naturalmente, liberarla de aquellas cadenas. Así que descendió al suelo
y se acercó a ella para enterarse de la causa de aquella condena. Antes de
llegar junto a ella, Perseo vio a una pareja de mayor edad que vigilaban
preocupados el acantilado en donde estaba encadenada la hermosa, y les pidió una
explicación a aquella extraña situación. De ellos escuchó asombrado Perseo lo
que sucedía, al tiempo que se enteraba de que ellos eran los atribulados padres
de la joven, el rey Cefeo de Yope y su esposa la bella Casiopea. Le contaron que
la madre Casiopea se había atrevido un día a presumir de su belleza y de la de
su hija, aduciendo que ambas eran mucho más guapas que la propia Hera, o que las
Nereidas, que es el caso que ahora nos ocupa. Posidón, dios de mal genio y
tremendas reacciones, se irritó al oír que sus criaturas marinas estaban
enfadadas por aquella aseveración (que era cierta) de que las Nereidas quedaban
postergadas ante la hermosura de Casiopea, y que ésta no se recataba en
proclamarlo abiertamente a los cuatro vientos. Como lección, Posidón envió
vendavales y olas tremendas al reino de Cefeo, monstruos y castigos. Cefeo se
fue a los adivinadores de los designios divinos y por ellos pudo saber que la
única salida a la situación pasaba por el sacrificio de su hija, que debía
servir de alimento al monstruo enviado por Posidón. Así lo hicieron y ahora
estaban aterrorizados, esperando que se cumpliera la amenaza, impotentes ante el
funesto destino que aguardaba a su hija. Perseo pidió a Cefeo que le diera a su
hija como esposa si la conseguía salvar de aquella muerte terrible, al tiempo
que se comprometa a acabar también con el monstruo y con la amenaza de Posidón.
El padre, sin ninguna otra opción, aprobó la petición del impetuoso Perseo y
éste, de nuevo, se lanzó a dar muerte a un monstruo. Este se acercaba ya a su
presa, pero Perseo descendió como un rayo sobre él y, con aquella hoz que Hermes
le había entregado, cortó de un tajo certero su cabeza y desató a la que iba a
ser su futura esposa, la amada Andrómeda.
LOS SUEGROS DESAGRADECIDOS
Pero Cefeo y Casiopea no querían a Perseo para su hija. Tuvieron que ceder ante
su exigencia de matrimonio y éste se celebró inmediatamente. Poco duró la
celebración, puesto que Agenor llegó a reclamar a Andrómeda para sí, mientras
que Cefeo y Casiopea se ponían de su lado, aduciendo que Perseo les había
forzado a una boda no querida. Perseo, que todavía tenía cerca de sí el trofeo
de la Gorgona, sacó de su bolsa la cabeza y los rivales quedaron convertidos en
inmóviles piedras. Asqueados de aquella traición, los esposos regresaron al
punto de partida de Perseo, a la corte de Polidectes, para encontrarse con otra
traición. Dánae y Dictis estaban escondidos para eludir la persecución del
pequeño rey, y éste se encontraba en palacio, festejando por anticipado su
próximo enlace.
En palacio se presentó Perseo y, otra vez más, la cabeza de Medusa volvió a
salir de su bolsa, para convertir en piedras inertes a Polidectes y sus amigos.
Tras su venganza, Perseo puso la bolsa y su contenido en manos de Atenea, hizo
que el fiel Dictis ocupara el trono vacante y marchó de la isla, camino de su
desconocida patria Argólida. El rey Acrisio, al enterarse de que su nieto, el
que había de matarle según el oráculo, se acercaba a sus costas, huyó a Tesalia,
con la esperanza de hurtarse al destino. De nada le valió, Perseo también fue a
Larisa, a participar en los juegos fúnebres que organizaba Teutámides en honor
de su padre. En el lanzamiento del disco, Perseo, movido por la voluntad de los
dioses, hizo que su tiro alcanzara a Acrisios, sin siquiera saber que él estaba
entre el público, y ese disco fue la causa de la muerte del abuelo. Perseo, al
enterarse de lo sucedido, se ocupó de las honras fúnebres de Acrisio y, para no
ocupar su puesto, cambió el reino de Argos por el de Tirinto, con la
aquiescencia del hijo de Preto y, más tarde, se convirtió en soberano de toda la
Argólida, reinando en ella junto con su esposa Andrómeda.
AGAMENON Y MENELAO
Los hermanos Agamenón y Menelao, expulsados de Micenas por Egisto, que había
asesinado a su padre, el rey Atreo, fueron a Esparta, en donde a la sazón
reinaba Tindáreo, padre de los Dioscuros Cástor y Pólux, de Helena y
Clitemnestra. Menebo casó con Helena y heredó la corona de Esparta. Agamenón,
luchador imparable, también casó con otra hija de su protector Tindáreo, pero lo
hizo por la fuerza, tras derrotar y matar a su marido, el rey Tátalo de Pisa.
Después pidió y recibió de su suegro el permiso para mantener aquel forzado
matrimonio. De él tuvieron un varón y tres hijas: Orestes, Electra, Ifigenia y
Crisótemis. Hasta ahora nada parecía presuponer la importancia de los hijos de
la pareja, pero el rapto de Helena por Paris dio comienzo a la larga e
importante guerra de Troya y en su transcurso iban a verse enfrentados
directamente los dioses, agrupados en las dos banderías opuestas que también
oponían a los seres humanos. Menelao recuperaría posteriormente a su esposa
Helena, mientras que Agamenón, tras su regreso de Troya, moriría a manos del
asesino de su padre, Egisto, y su esposa Clitemnestra. Sus hijos Orestes y
Electra habrían de vengar a Agamenón, aunque fuera al precio de dar muerte a su
propia madre y de poner en peligro su salud mental. Ifigenia estuvo a punto de
ser sacrificada por su madre, Clitemnestra, para obtener el favor divino y sólo
la intervención de Artemis evitó su muerte. Este mito de las tres generaciones
ligadas constantemente entre sí por la trama del destino es -sin lugar a dudas-
una de las más asombrosas tragedias griegas, y de su contenido vamos a dar
cuenta de una manera harto resumida, porque no podemos, ni de lejos, pretender
mejorar lo que Esquilo y Eurípides, entre muchos otros, hicieran de manera
magistral hace ya miles de años.
TRAICIONES Y VENGANZAS
Egisto temía a Agamenón desde que éste se convirtió en mozo, pero la ocasión de
acabar con sus temores se presentó al conocer que Clitemnestra, su esposa,
estaba buscando un acompañante mientras que él peleaba en Troya. No lo pensó ni
un segundo y se unió a ella, con la esperanza de poderla tener como cómplice
frente al esposo odiado. Al principio no fue fácil la conquista, puesto que
Agamenón había mandado vigilar a Clitemnestra, ya que desconfiaba de ella lo
suficiente, tras haber sabido que Nauplio (quien tenía razones suficientes para
querer vengarse de Agamenón y los suyos) incitaba a las esposas al adulterio, y
él mismo tampoco era un buen ejemplo de fidelidad ya que había establecido
relaciones con Casandra en el mismo frente de batalla, habiendo tenido con ella
dos hijos, Teledamo y Pélope. Consiguió Egisto deshacerse de la vigilancia
puesta por el marido y ya no hubo obstáculos.
Pero Hermes avisó a Egisto que sus deseos de venganza eran una temeridad, porque
el dios sabía que Orestes, cuando fuera un hombre, le daría muerte
irremediablemente. Egisto prefirió ignorar la advertencia de Hermes y estableció
el plan contra Agamenón y Casandra, para agradar más aún a Clitemnestra y tener
mejor aliada. Fue ella quien preparó la serie de mecanismos que habría de avisar
del regreso de Agamenón y, sabiendo ya que estaba pronta su vuelta, se preparó
la celada que habría de acabar con él. En efecto, Agamenón llegó a palacio, su
esposa lo recibió con signos de alegría; preparó para él el baño y, pretendiendo
secarle amorosamente, lo envolvió en una tupida red de la que ya Agamenón no
podría zafarse jamás. Egisto apareció entonces para clavarle la espada y
Clitemnestra le cortó la cabeza con un hacha, con la misma con la que luego
habría de cortar la cabeza de Casandra y Egisto mataba a los dos hijos de ambos.
Ya se había consumado la doble y terrible venganza.
ORESTES Y ELECTRA
Clitemnestra instituyó el día de la muerte de Agamenón como fiesta a recordar.
Egisto, por su parte, trató de asesinar a Orestes en su cuna, para zafarse de la
venganza anunciada por Hermes, pero la nodriza del niño sacrificó a su propio
hijo para engañar a Egisto, dejando que éste creyese que el cadáver de la
criatura era el de Orestes. Oculto durante años, Orestes creció protegido por el
rey Estrofio de Crisa, y se educó en igualdad de condiciones que su hijo Pílades,
de quien se hizo su mejor e inseparable amigo. Sus hermanas Electra y
Crisóstemis, mientras tanto, vivían sometidas a la humillante tiranía de Egisto,
quien no contaba en ellas y evitaba que se convirtieran en posibles duales, por
lo que se las prohibió que celebrasen casamiento con alguna persona de alcurnia,
que les pudiera dar el poder que él y Clitemnestra les negaban. Pero Electra, al
contrario que Crisóstemis, no se resignaba y mantenía una secreta comunicación
con Orestes, con la cual trataba de recordarle siempre la venganza debida a los
asesinos de su padre. Cuando Orestes creció, se dirigió a Delfos para conocer el
parecer de Apolo y éste le hizo saber que debía matar a su madre y al amante y,
también, que debía estar preparado para rechazar los ataques de las Erinias, ya
que ellas deberían, a su vez. acosarle como castigo al asesinato de una madre,
que él iba a realizar. Preparado para su misión sagrada y acompañado por Pílades,
Orestes volvió clandestinamente a Micenas.
Junto a la tumba de su padre se reunió, de nuevo por mano de los dioses, con su
hermana Electra, ambos se reconocieron al instante y trazaron el plan para
entrar en palacio y ejecutar a la pareja. Orestes se hizo pasar por el mensajero
que traía la urna con las cenizas de un supuestamente fallecido Orestes y eso
llenó de alegría a Clitemnestra, quien mandó llamar a Egisto para regocijarse
con la buena nueva. Junto a Orestes estaba Pílades y, en un momento, Egisto
yacía muerto por la espada de Orestes, mientras Clitemnestra se desnudaba e
imploraba piedad, pero ya la espada de Orestes se volvía a alzar para terminar
decapitando a su propia madre.
A MODO DE EPILOGO
Las Erinias atacaron incesantemente a Orestes tras haber dado muerte a
Clitemnestra, su madre, y estuvieron a punto de volverlo loco; mientras Tindáreo
formó el tribunal que había de juzgar a Orestes y a Electra por aquella muerte
de su madre. Menelao y Helena llegaron a la ciudad para asistir al juicio. El
veredicto del tribunal fue tajante: Orestes y Electra debían darse ellos mismos
muerte. Píades pidió unirse a ellos en ese suicidio sentenciado, no sin antes
haber querido terminar infructuosamente con la vida de Helena, puesto que a ella
se debía culpar en buena medida del desastre de la guerra de Troya: también
intentaron prender fuego a palacio, pero todo terminó con la aparición del mismo
Apolo, para hacer saber a todos que Orestes sólo había cumplido su orden. Ahora
debía tomar el camino del destierro durante un año y purificarse, para después
ir a Atenas a ser juzgado por el Areópago, con Apolo como su defensor. Absuelto
gracias al voto decisivo de Atenea, Orestes pudo regresar a la Argólida,
mientras que su hermana Electra casó con Pílades, el más fiel de los amigos.