LA LAGUNA DE GUATAVITA Y EL DORADO

En el departamento de Condinamarca, Colombia, se halla la laguna de Guatavita, a 80 kms. de Santa Fé de Bogotá.
En 1537, el
conquistador español Jimenez de Quesada descubre a un pueblo, de etnia chibcha,
que habitaba cerca de la laguna de Guatavita. El zipa, el jefe de
la tribu, era conocido también como el cacique de Guatavita, cuya esposa
era la cacica de Guatavita. En torno
a la relación de ambos personajes con la laguna habría de nacer la leyenda del
Dorado.
La cacica de Guatavita se hastió un día de las orgías de su esposo y de su afición a la chicha, una bebida embriagante de maíz fermentado. Se enamoró entonces de un atractivo guerrero. La cacica fue sorprendida mientras se unía sexualmente a su amante. Escapó entontes con su hija, que acababa de abandonar su vientre, y se arrojó al agua. Allí, madre e hija perecieron ahogadas. El cacique, entristecido, perdonó a su esposa infiel. Y entonces inició un especial ritual durante el cual se arrojaban a la laguna esmeraldas y oro, y se entonaban plegarias y oraciones. El propósito de la ceremonia era rogar a la cacica que yacía en el lecho de la laguna para que le pidiera a los dioses prosperidad y bonanza para su pueblo.
La cacica adquirió
el rango de diosa que moraba en lo profundo de la
laguna.
En el día dispuesto para el ritual, una gran balsa orlada de centelleantes
adornos (la barca muisca que vemos a la izquierda) acogía al cacique de
Guatavita. Al llegar al centro del estuario, el jefe indígena se
quitaba su manto y su vestido y se arrojaba a las aguas. Al regresar a la
adornada embarcación, su cuerpo empapado era espolvoreado con oro en polvo. De
la garganta del jefe tribal nacían oraciones y cánticos. Luego, introducía
nuevamente su anatomía en el agua. Acto seguido, los sacerdotes lanzaban a la
laguna vasijas y joyas de oro, relumbrantes como el fuego solar, para que
oficiaran de ofrenda a los dioses que vivían en lo hondo del sagrado espejo
líquido. Al concluir el ritual, el cacique recuperaba su aspecto habitual y
regresaba a la ribera con su balsa. Pero a su regreso, la realidad se había
transformado porque ahora los dioses se mostrarían generosos para con el pueblo
del cacique.
La ceremonia luego
se transformó en la leyenda de un
gran tesoro, El Dorado oculto en algún sitio de la geografía americana. Esto
espoleó la ambición española y el anhelo de arrebatar aquellas riquezas que
nunca fueron halladas. La única fortuna fácilmente ubicable es la del cristalino
rostro de la laguna de Guatavita y la memoria de su pasado ritual.
Esteban Ierardo