MITOS DE LA INDIA
En los asentamientos urbanos del valle del Indo, entre los restos de la
civilización precursora de Harappa, en las ruinas de las altamente evolucionadas
ciudades de Harappa y Mohenjo-Daro, se han encontrado las imágenes en terracota
y en sellos de cerámica de diversas divinidades que bien pueden considerarse
como precursoras de las posteriores representaciones brahmánicas. Esta cultura,
que ya se comunicaba regularmente con la mesopotámica en el siglo XXIV a. C.,
tenía al toro como animal emblemático principal, dado lo abundante de sus
representaciones, seguramente como garante de la fecundidad y como símbolo de la
vida tras la muerte; el toro o buey sagrado compartía su popularidad, a juzgar
por el número de hallazgos, con una diosa madre que también estaría a cargo de
la protección de la fecundidad, de un modo similar al que lo haría siglos más
tarde la diosa Devi, esposa de Siva, una figura de la que pudo ser antecesora
esta diosa innominada del valle del Indo. El ubicuo y predominante toro sagrado
aparece también en otras representaciones de perfil ante una pira ritual, como
lo hará después una de las advocaciones de Siva, Nandi; así como otra
representación del toro sagrado, en lugar preeminente junto a otros animales,
puede ser, por su parte, asimilada a la posterior advocación de Siva como
protector de los animales, el dios Pashupanti. Otros animales emblemáticos
terrestres y aéreos también aparecen profusamente en la cerámica de Harappa, y
son, naturalmente, los mismos elefantes, tigres, serpientes, búfalos, águilas,
monos, etc., que seguirán siendo parte importante de las personificaciones
zoomórficas de los dioses del panteón indio.
LOS VEDAS
Pero la primera aparición histórica es la que nos viene recogida por los
Vedas,las obras escritas en sánscrito del ritual religioso elaboradas por los
arios, un pueblo llegado a la India desde el noreste entre los siglos XVI y XIII
(a, C.). En el grupo de los "arya", de los nobles, estaban las tres castas de
los brahmanes u hombres de la religión, los ksatriya o guerreros,y la casta
última de los vaisya o pueblo; con ellos, pero a una gran distancia social,
estaban los sudra o vasallos, los que no eran "arya", pero iban junto a los
nobles. Esta obra del Veda, del conocimiento, que empieza con el libro del Rig
Veda, libro que se debió escribir hacia el siglo XX (a.C.), se continúa con el
Yajur Veda, conteniendo el primer ritual, el Sama Veda, en el que figuran los
cantos religiosos, y el Atarva Veda, el tratado de la religión íntima para uso
privado de los fieles. El Rig Veda, con más de 1.000 himnos y 10.000 estrofas,
nos habla de un Universo compuesto de dos partes: Sat y Asat. Sat es el mundo
existente, la parte destinada a las divinidades y a la humanidad; Asat, el mundo
no existente, es el territorio del demonio. En Sat está la luz, el calor y el
agua; en Asat sólo hay oscuridad, porque los demonios viven en ella, en la
noche. El Sat, el mundo visible y existente, está compuesto de tres esferas, la
superior del firmamento, el aire que está sobre nuestras cabezas y el suelo del
planeta sobre el que vivimos. Pero la creación de este Universo no fue sólo un
acto gratuito, un acto de voluntad divina; por el contrario, la construcción del
mundo que ahora habitamos necesitó de una lucha heroica y decidida entre las
fuerzas del aire y las fuerzas de la materia, porque el Universo es un lugar
precioso que sólo se pudo conseguir con el esfuerzo que representa el combate
entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal.
INDRA, EL CAMPEÓN DEL SAT
Entre los asura, los seres espirituales, había una gran rivalidad, que se
manifestaba en la pugna entre los dioses aditya y los demonios raksa. Esta pugna
desembocó, finalmente, en una lucha que zanjará el dominio del mundo de los
asura, a través del enfrentamiento directo entre los campeones de los dos
bandos, entre el deva Indra, un hijo del Cielo y de la Tierra, que moraba en el
aire, y Vritra, el dueño de los materiales necesarios para construir el
Universo. El deva, el dios Indra, era un aditya elegido por sus compañeros para
representarlos en el combate en el que debía vencer su campeón de una vez por
todas. Su oponente, Vritra, era un danaba o raksa; su antagonismo venía de
largo, hasta tal punto que se hizo necesario llegar a entablar el combate
definitivo, aquel del que saldrá el jefe indiscutible. El deva Indra, tras beber
la bebida sagrada, el soma, creció tanto que sus padres, Cielo y Tierra,
tuvieron que apartarse para dejarle sitio; por eso él habitaba en el aire de la
atmósfera que quedó abierta con su separación. Indra fue armado con el rayo (vayra)
por Tvastri, el herrero de los dioses, y se fortaleció aún más tomando otros
tres grandes jarros de soma, pero la lucha fue larga y difícil, porque Vritra,
el danaba o hijo de Danu, era nada menos que una gigantesca serpiente que vivía
sobre las montañas, ya que es sabido que las fuerzas del mal gustan tomar el
aspecto de la serpiente. Indra, con o sin la ayuda de Rudra y los maruts,
divinidades del viento, que en eso hay versiones distintas, combatió a Vritra
hasta conseguir destrozarle el lomo con el vayra; y no paró allí, también Indra
acabó con la madre Danu, quien cayó al morir sobre el cadáver del representante
del mal. Pero del mal nacieron los bienes y, así, de su vientre nacieron las
aguas de la tierra, hasta colmar los océanos, de cuyo calor salió el Sol; y con
el Sol, el aire, la tierra firme y los océanos, ya fue posible construir el
Universo, pues se poseían todos los materiales requeridos, y se dio forma
definitiva el Sat de los dioses y de sus criaturas, mientras que el Asat
invisible quedaba para siempre apartado y relegado a su no existencia.
LOS TRES SEÑORES DEL SAT
Los tres dioses encargados de velar por el Sat desde el momento de su creación
son Dyaus, Indra y Varuna. Dyaus está a cargo de la primera esfera cósmica, la
concavidad del firmamento; Indra de la segunda, del aire de la atmósfera y de
los elementos y meteoros que en ella ocurren; Varuna se encarga de la tercera
esfera, de que el orden cósmico establecido rija en la tierra. A Indra, el
aditya Vritahan, el campeón aditya que mató a Vritra, ya le conocemos por su
hazaña de liberar las aguas y construir el mundo. Dyaus Pitr, el Cielo Padre, es
el esposo del fecundador de Prtivi Matr, la Tierra Madre; Dyaus el Grande es el
espíritu benefactor supremo del día y de la luz. Varuna, el dios que está en
todas partes, es también el jefe de los adityas, los hijos de Aditi, la diosa
virgen del aire; Varuna cuida de la rita, de la verdad divina, y lo hace
celosamente desde la Tierra y la Luna, es decir, se mantiene vigilante en el día
y en la noche, ayudado en su constante misión protectora por las estrellas como
celador que es del orden sagrado en el Universo visible, del Sat, aunque el dios
solar Mitra le vaya sustituyendo en las tareas diurnas, de un modo auxiliar, por
lo menos en la India, ya que el Mitra trasladado a Occidente, a través de
Babilonia primero y Persia más tarde, se convierta en un dios principal. Varuna
es el dios sabio que conoce todo lo que ya ha sucedido y todo lo que ha de
suceder. De su garganta brotan las aguas de las siete fuentes del cielo, desde
donde vie nen a la tierra para formar los grandes ríos del planeta. Dyaus Pitr,
de donde tal vez saldrá el Zeus griego, es el dios supremo del Cielo. Varuna
también velaba por los muertos, paraíso en el que reina junto al primer humano
nacido y fallecido, al buen Yama, y con la centinela de los dos perros
protectores de las almas, Syama y Sabala. El deva Indra, desposado con la diosa
Indrani, era una divinidad caprichosa, aunque fuera el dios principal de los
humanos, y sus caprichos se manifestaban por igual con mujeres, hombres o
animales, tanto que la divinidad Gautama tuvo que encolerizarse con su actitud y
llegó a desmembrarle, aunque más tarde sus divinos compañeros se ocuparan de
recomponer su cuerpo deshecho.
OTRAS DIVINIDADES DE VEDA
Entre los aditya estaban también Mitra, del que ya se ha hablado, Baga, Amsa,
Daksa y Aryamán, junto a Indra y Varuna, formando el septeto básico; también se
solía poner a un octavo aditya, al errante Martanda, quien con su continuo andar
por el cielo, no era sino una divinidad astral, el Sol, Surya, desposado con la
diosa de la Aurora, Uchas, una diosa bondadosa y benefactora. Al servicio de los
adityas estaban los jinetes o Asvins, divinidades menores que tenían sus
dominios en la oscuridad de cada noche, dispensadores del rocío en su corretear
celestial y otorgadores de muchos más bienes espirituales y corporales. Los
centauros Gandharva vigilaban el jugo sagrado del Soma, que era además otro dios
de importancia en las ceremonias sagradas. Estos centauros Gandhava eran
asimismo unas divinidades tutelares de las almas migrantes en la metempsicosis.
Los Gandharva estaban unidos a las más bellas divinidades, las turbadoras
Apsara, ninfas del agua y concubinas de los dioses mayores. Precisamente un
Gandharva, Visvavat, fue el padre del primer mortal. Visvavat estaba casado con
Saranya, la hija del herrero de los dioses, Tvachtar, el mismo que le
proporcionó el rayo a Indra para que pelease con Vritra. De este matrimonio
nacieron Yama y su hermana gemela, y esposa, Yami. Los Gandharva también se
ocupaban de la escolta del deva Kama, dios del amor y esposo de Rati, diosa de
la pasión amorosa. En la mitología brahmánica, Kama, fue muerto por Siva, ya que
había intentado distraerle en sus meditaciones, siguiendo unas maliciosas
instrucciones de la cambiante diosa Parvati, esposa de Siva; pero fue devuelto a
la vida por el mismo Siva, al escuchar la pena que invadía a la enamorada viuda
Rati. Después de su misericordiosa resurrección, Kama pasó a tomar la nueva
denominación de Ananga.
EL PRINCIPIO DEL BRAHMANISMO
Los Marut, los dioses de los vientos, hijos del dios Rudra y de la diosa Prasni,
tenían gran poder, tanto como el de los temporales devastadores que venían desde
las montañas, o el de los vientos cargados de agua benéfica que aparecían
estacionalmente en la época de las lluvias, que no era otra cosa sino el orinar
de los caballos de Rodasi, la otra esposa de su padre Rudra, o el de su madre la
vaca Prasni. Pero los Marut no estaban solos en el reino de los aires, el dios
Savitar era quien hacía que se levantase el viento, se pusieran en marcha los
rayos del sol y fluyesen las aguas de los ríos, porque él mismo era el
movimiento y hasta el propio Sol, aunque entonces tomaba el nombre de Surya. El
deva Puchán, armado con una lanza de oro, se encargaba de unir el destino de los
seres vivos y de cuidar de ellos en todo lo necesario para su sustento, así como
de guiarlos en sus viajes por el buen camino. Pero el culto más popular, el que
atraía los más abundantes sacrificios de los fieles, los crauta del ritual, se
dirigían preferentemente a Agni o Añi, el dios rojo del fuego, el de los siete
brazos y tres piernas, el que estaba en todos los lugares donde se hiciera
fuego. Añi era hijo de la unión entre el Cielo y la Tierra y, posteriormente,
fue adscrito a la unión entre el Cielo y Brahma. Añi estaba casado con Svaha,
quien le hizo padre de tres hijos: Pavaka, Pavamana y Suci. Alrededor de este
dios se formó una muy especializada e importante casta sacerdotal, pues sólo
ella se consideraba capaz de dirigirse a él con rezos y cánticos específicos, un
colegio sacerdotal que daría más tarde nacimiento a la casta superior de los
brahmanes, precisamente los responsables de que la religión popular que se
recogía en los libros del Veda fuera postergada en favor del más completo y
complejo corpus del culto brahmánico, una mezcla de religión y metafísica, que
se convertirá también en el reglamento cotidiano para los creyentes, haciendo de
él una forma de vida totalizadora de lo religioso y lo doméstico.
"EL BRAHMANISMO"
De la unión de los Veda y del ritual sagrado elaborado desde arriba por la clase
sacerdotal, nació la nueva doctrina brahmánica, en la que revelación y costumbre
se sintetizaban para formar un único cuerpo de reglas que preside toda la vida
de los fieles, que va desde los libros revelados, los cuatro Veda, los libros
ascéticos del Aranyaka, los religiosos Brahmanas y los litúrgicos Upanisads,
hasta los libros escritos por el hombre para compendiar el conocimiento humano,
los que trataban de la astronomía, del arte y del lenguaje, los Vedangas, las
leyes recogidas en los Dharma y los Sutras, los libros de relatos legendarios
Puranas, y las epopeyas del Ramayana y el Mahabharata, en el que se encuentra el
texto védico del Vhagavad Gita, que nos enseña las tres vías sagradas de acceso
al conocimiento por la contemplación, las obras y la devoción religiosa. El
brahmanismo contempla en su base el misterio de la Trimurti, la trinidad de lo
absoluto, del Yo o atman, como creador de toda existencia y detentador de toda
idea. El Yo existe en sus tres personas complementarias: Brahma, el creador,
Visnú, el conservador, y Siva, el destructor. Pero también el Yo, el Unico,
coexiste al mismo tiempo en las dos naturalezas unidas, en la mortal y en la
inmortal, porque las dos naturalezas no son sino una sola esencia, el último
principio, el atman.Por ello el dios que todo lo conoce y todo lo experimenta
es, antes que nada, la ubicua presencia universal, sea en criatura viva o en
cosa inanimada. Y los humanos no somos sino reflejos de esa doble naturaleza
mortal e inmortal a un tiempo, todos los humanos somos un yo personal más la
parte alícuota del Yo total, a ese yo al que debemos tratar de unirnos, para
alcanzar la paz eterna, la armonía con el principio último, para poder aspirar a
ser felices en esta vida contingente y eternos en la vida trascendente.
SIVA Y VISNU
Mientras que Brahma quedaba establecido en un plano metafísico, las otras dos
personificaciones del Trimurti, Siva y Visnú, se convertían en figuras queridas
y temidas, en los santos visibles a los que recurrir en un caso concreto, en las
personas divinas pero humanizadas de las que se podían contar leyendas y creer
prodigios, porque los dioses que se asemejan a los hombres en sus defectos y en
sus virtudes, siempre están más cerca de ellos. Visnú, por ejemplo, fue el héroe
amado, el ser celestial que descendía continuamente al mundo al que había dado
vida con su aliento divino, para librarlo del mal, que también intentaba
perpetuarse sobre su superficie, aprovechando cada una de las nuevas
recreaciones. Sus hazañas aparecen relatadas en los avatares y esos textos calan
hondo en el fervor popular, porque no hay cosa mejor que poder contar las muchas
historias del dios valiente y bondadoso. Siva,por ser el dios destructor de la
trinidad brahmánica, se vio impelido a adoptar cada vez papeles más terribles y
así, transformado radicalmente desde su primitivo carácter de deva benefactor,
llegó a representar al dios implacable al que se le encomendaba la ingrata tarea
de la destrucción, pero no por ello dejaba de dar lo mejor de sí en beneficio de
las grandes causas, aunque tuviera que repetir una y mil veces el sacrificio. Al
terrible Siva también se le hizo pronto asumir la tutela de la fecundidad, y los
signos fálicos se elevaron por todo el territorio de la India en su honor, en un
patrocinio lógico de comprender, porque al ser un dios tan poderoso y valiente,
no podía por menos que ser el varón deseable al que dirigirse con devoción, para
rogarle que comunicara la gracia de su fuerza y vigor a los hijos esperados.
VISNU, EL PROTAGONISTA DE LOS AVATARES
Hace muchos milenios el dios Visnú comenzó su carrera mitológica como una
divinidad más de la naturaleza, tal vez como un dios solar, pero fue ganando
puestos constantemente, pasando a un puesto de máxima importancia en la trinidad
trimurtiana, al segundo lugar, tras el gran Brahma. Ahora Visnú está a la espera
de la última encarnación de su ciclo, después de haber tenido nueve de las diez
predichas por el plan brahmánico, habiendo pasado ya por las del pez que salvó a
Manú del diluvio, la tortuga que obtuvo la bebida sagrada del amrita, el jabalí
que volvió a salvar a la tierra del nuevo diluvio, el león que castigó al
blasfemo demonio Hiranya, Trivikrama, el Brahmán enano de los tres pasos, el
Parasurama que venció a los chatrias, el Rama ejemplar que se narra en el
Ramayana, Rama Chandra, el príncipe negro Krisna, Buda. La décima será el avatar
del gigante con cabeza de caballo blanco, de Visnú como Kalki, venido a la
Tierra para la batalla definitiva contra el mal en el día paralaya, cuando se
acabe el mundo y Siva aparezca también sobre las ruinas del día del fin del
mundo. En las populares y muy hermosas epopeyas sacro-poéticas del Ramayana y
del Mahabharata, Visnú ya se convierte en el verdadero protagonista de la
leyenda, relegando a Brahma, al que fuera poder eterno, a un segundo plano,
mientras que él se acerca más y más al fervor popular, y habita en las moradas
paradisíacas rodeado del amor eterno de un millar de incondicionales pastoras
celestiales, las Gopis y en compañía de Laksmi, divinidad del amor, de la
ciencia y la fortuna, según nos cuentan los textos del Ramayana. Cuando Visnú
desciende a la tierra a acompañar a los humanos, lo hace tomando cuerpo en un
dios de cuatro brazos, generalmente, brazos que portan el disco, el mazo, la
concha o la trompeta, y la espada o el loto, emblemas que son representaciones
de sus facultades y virtudes, como son los símbolos del Sol, de la fuerza, del
combate contra el mal y su justo castigo, respectivamente.
SIVA, LA REGENERACIÓN Y LA DESTRUCCIÓN
Siva es la tercera persona del Trimurti, aunque para sus fieles, él es la
primera e incontestable divinidad trinitaria. Casado con la también
impresionante diosa Parvati, la montaña, que conoce muchas advocaciones, desde
la de Sati, o esposa, y Ambiká, o madre, hasta la de Kali, la negra, la diosa de
la muerte. Con su esposa Siva habita en las regiones que forman el techo del
mundo, en el Himalaya, sobre la cima del monte Kailas. Naturalmente, un amor
como el de la diosa Parvati y el dios Siva no podía ser menos que grandioso y se
cuenta que, cuando al fin Siva y Parvati se unieron por vez primera, todo el
planeta se estremeció en un gigantesco terremoto. El dios Siva a veces se
presenta ante los hombres desnudo y cubierto con la ceniza de la ascesis, con
toda la pureza de su ser, adornado con la señal inconfundible de un tercer ojo
vertical en medio de la frente, por el que todo lo ve, símbolo de su
omnisciencia, y con el pelo recogido en un gran moño, el mismo que paró la caída
de la diosa Ganga, la diosa de las aguas sagradas del río Ganges sobre la
Tierra, absorbiendo con su estoico dolor esa inmensa cantidad de agua, que era
tan necesaria para la vida del pueblo indio. Otras veces aparece cubierto
completamente de serpientes, para señalar inequívocamente su inmortalidad, y
armado con el arco Ayakana y el Jinjira, más el rayo y un hacha, porque entonces
es la personificación del tiempo, el dios destructor. Cuando aparece como dios
de la justicia, lo hace montado sobre un toro albo y su cuerpo está coronado por
cinco cabezas y un número par de brazos, entre dos y diez, empuñando en una de
sus manos un tridente en el que están ensartadas dos cabezas. Sobre la frente se
destaca la marca de una luna en creciente, su pelo rojo se eleva como una tiara
y su garganta es azul, para recordar que es el Nilakantha, el héroe que salvó el
mundo de todo el veneno vomitado por Vasuri, el rey de las serpientes, y lo
recogió en su mano para beberlo después, quemando su garganta divina con la
ponzoña, antes que dejar que los hombres muriesen por su efecto.
BUDA, EL PRÍNCIPE ASCETA
El príncipe Siddharta Gautama, conocido por la posteridad como Buda (Iluminado),
vivió entre los años 550 y 471 (a. C.) Nació al norte de Benarés, en
Kapilavastu, con el anuncio hecho a Maya, su madre, según nos cuenta su leyenda,
de que su vida sería la de un rey de cuerpos, un Kakravartin o la de un pastor
de almas, un Buddah. Nació el prodigioso niño a través del costado de Maya,
auxiliado por Indra y acompañado de dos serpientes de las aguas, dos Nasa, que
crean sendas fuentes de agua caliente (Nanda) y fría (Upananda) para lavar a la
criatura prodigiosa, que perderá a la semana a su madre. Su padre, el viudo rey
Suddhodana, decidió rodearlo de todo lo más hermoso que estaba a su alcance,
para evitar que fuera el hombre espiritual que se había profetizado, apartándole
de todo aquello que le pudiera hacer pensar en las miserias humanas, y
poniéndolo en manos de su cuñada y nueva esposa Mahaprajapati. Pero Siddharta,
en su retiro perfecto, llegó a ver y a reconocer el sufrimiento ajeno, supo de
la enfermedad y de la muerte y, sobre todo, vio en un monje la perfección que el
padre quería proporcionarle con regalos y placeres. Fueron sus cuatro
encuentros: con la vejez, con la enfermedad, con la muerte y con la serenidad.
Entonces y tras vencer toda clase de tentaciones puestas por su padre, el
príncipe Gautama, que se había casado con la más bella de las doncellas, con
Gopa, y ya tenía un hijo, decidió seguir el ejemplo del monje, abandonando el
mundo de esplendor de su padre. Según se cuenta, Siddharta tenía veintinueve
años cuando decidió abandonarlo todo para buscar la verdad, y aún pasó otros
seis años recorriendo la India en compañía de su fiel Chandaka, buscando esa
serenidad admirada en el anónimo monje, pero su esfuerzo no se veía recompensado
por el éxito; no había encontrado al maestro buscado, tampoco había alcanzado el
estado deseado. Por fin, en la soledad de una noche de Bodh-Gaya, cuando se
encontraba prácticamente al borde de la desesperanza, bajo las ramas del árbol
Bo, Gautama fue iluminado y con la fuerza de la verdad, el Buddha comenzó su
camino de predicación a la buena gente que encontraba a su paso. Su verdad era
sencilla, nada hay de permanente en un Universo cambiante, en un Universo en el
que nuestros actos, y no los dioses, nos premian o castigan con un nuevo
nacimiento en el que nuestro ser, transmigrado, alcanzará un estado más perfecto
o más imperfecto, según los méritos de nuestra propia vida, según haya sido de
triunfal su lucha contra los anhelos y las pasiones.
EL BUDISMO
La doctrina de Buda se desarrolló con fuerza en la India y fuera de ella, pero,
poco a poco, su implantación en el territorio en el que nació fue perdiendo
fuerza, trasladándose con más vigor al otro lado de los confines del norte, en
el reducto inaccesible del Tibet, y cruzando más tarde hacía el este, llegando a
la península de Indochina a China, Mongolia, Corea y Japón, para quedarse
definitivamente asentada en Extremo Oriente. También con el paso del tiempo, la
doctrina sencilla y casi atea de Buda se fue enriqueciendo con elementos ajenos,
dándole al asceta Buda una dimensión divina de la que él hubiera huido
avergonzado y confuso, y poniendo junto a él a toda una corte de dioses
tradicionales, hasta hacer crecer de la mera idea filosófica de la renuncia todo
un bosque de personajes mitológicos, en el que permanecían parte del Brahma
original y, sobre todo, del Indra del culto védico, ahora reducidos a personas
santas del budismo y cambiados hasta en su aspecto, con Indra rebautizado Sacra,
al frente de un colegio celestial de treinta y tres dioses, a la espera de
recibir la orden de Buda para ir en su ayuda con el vayra sagrado, para luchar a
su lado contra Mara, el nuevo demonio de la tentación, el rey de los placeres.
Este Mara, que reina en la Tierra, en el Infierno y en los seis pisos inferiores
del Cielo, tiene bajo sus órdenes a un ejército de demonios y se sirve de sus
tres hijas, Sed, Deseo y Placer,como avanzadillas de su mundo de pecado. El
príncipe iluminado, vencido por la necesidad de una religión que se adaptara a
la tradición india, se trastocó en un dios múltiple en el tiempo, en el
prototipo de la transmigración incesante, en una persona divina que había vivido
en muchas ocasiones, como si el personaje sagrado se hubiera empapado también de
la esencia de Visnú y sus avatares, en un dios que operaba milagrosamente y que
se multiplicaba en la Tierra en otros seres humanos, ya que, mediante el exacto
cumplimiento de su doctrina, iba dando lugar al nacimiento de innumerables
Bodhisattvas, de aquellos humanos santificados que irían progresando en el
camino de la transmigración, hasta llegar a ser también otro nuevo Buda en una
futura reencarnación, cuando sus méritos acumulados así los recompensaran con la
divinidad.
EL CAMBIO EN LA DOCTRINA BUDISTA
También se vinieron desde los Veda los antiguos Gandharva, pero ahora a cargo de
la música del Cielo, y lo hicieron como auxiliares de uno de los cuatro
Lokapalas, los soberanos de los cuatro rumbos. Estos Lokapalas están a cargo de
los puntos cardinales: en el Norte está Kubera, con los también tradicionales
Yaksas, los antiguos auxiliares de Siva; en el Este Dhritarastra, gobernando
sobre los Gandharva; en el Sur está Virudhaka, señor de los geniecillos enanos;
en el Oeste el señor es Virupksa, con sus serpientes acuáticas Nasa, dueñas de
la lluvia. Junto a los demonios de Mara y a sus hijas, las que conocen las
treinta y dos magias de las mujeres y las sesenta y cuatro de los deseos, hay
otras criaturas infernales, desde los desgraciados espíritus transmigrantes
Pretas, míseras ánimas en pena, al legendario Davadatta, el primo de Buda y
alevoso traidor, pasando por Hariti, la diosa de la enfermedad negra, de la
viruela, madre de quinientos demonios, que fue transformada en una mujer
bondadosa por Buda, al ver el amor que sentía hacia sus hijos. Con éstos y
muchos más dioses, el aséptico cuerpo primigenio del ascetismo budista se fue
llenando de personajes locales, cubiertos de atributos y también de ornamentos
y, todavía más, se fue haciendo más y más barroco a medida que, en otros lugares
diferentes de Asia, se iba apropiando de divinidades locales para su nuevo
panteón, como es el caso de los más representativos Bodhisattvas, Mitreya,
Manjusri y Tara (que había sido diosa de la energía en la India y pasa a ser
encarnación de Buda) en el Tibet, o la multitud de divinidades existentes
asociadas a Buda o a los Bodhisattvas en China y Japón. Buda, el asceta
histórico original, se difumina ante la serie de Buddahs que han alcanzado ya el
Nirvana, el reposo eterno, y él sólo es el Gautama o el Sakiamuni, y no habrá
más hasta que llegue el Mitreya del último tiempo, mientras que una nueva
familia de Buddahs celestes reinan en un también nuevo y heterodoxo Paraíso
enclavado en lo más elevado. Finalmente, el budismo doctrinal evolucionó,
transformando su esencia tanto como su aspecto formal, del metta de la serenidad
se llegó al bhakti de la sensibilidad y el amor, para que en el karma también se
inscriban la renuncia y los sacrificios, abriéndose el ser humano, desde la
individualidad primigenia del budismo, hasta llegar a la doctrina de la
necesidad de transferir la gracia alcanzada por uno mismo hacia los demás, hacia
el prójimo.
JAINISMO Y SIJISMO
Casi mil años después de Buddah, en la misma época en la que nace el hinduismo,
Nataputta o Vardhamana, apodado Mahavira (el Grande) y Jina (Vencedor), funda el
Jainismo. En efecto, era hijo de una personalidad, pero a los treinta años
murieron sus padres y ese acontecimiento le llevó a repartir sus riquezas y
salir en busca de la verdad en una larga peregrinación que desembocó en una
rebelión religiosa contra el brahmanismo. El Jainismo es una religión sin dioses
y que busca alcanzar en la trasmigración la paz del espíritu, en sus dos
vertientes; digambara y svetambara, la desnudez total o hábito blanco. El
jainista lleva vida eremita, con la limosna como sola forma de supervivencia y
el respeto extremo a todo lo vivo, con un especial énfasis en la protección de
los animales, para alcanzar la libertad por el triratna: conocimiento, fe y
virtud. La fe se alcanza con la lectura de los Agamas del Mahavira; la virtud
exige no matar, no robar, no mentir, la castidad y la renuncia total. Para el
jainismo, el Universo se divide en dos partes, una material, sin vida (adjiva) y
otra viva (atman), que se libera de la materia por el dharma de sus obras y
queda atrapada en el karma de sus faltas, en su camino hacia la perfección del
siddha, el nirvana jainista.
El sincretismo sij lo fundó el guru Nanak a finales del siglo XV, buscando la
unión de hinduismo e Islam. El guru Arjan escribió en gurmuji, en pujabí, el que
sería luego el texto sagrado del Adigrant, recopilando las enseñanzas de Nanak
sobre un solo dios y un mundo sin castas, en el que las almas conocen la
reencarnación en virtud de la perfección y la pureza que hayan sabido buscar en
su vida anterior. Y así se reencarna el guru Nanak en los sucesivos gurus que
gobiernan el culto sij. La obra de Arjan se escribió, precisamente, en una época
de persecución musulmana, lo que llevó a este grupo religioso punjabi a
transformarse en temibles guerreros. Aparte de la humildad y la sinceridad, la
alimentación omnívora (frente al vegetarianismo hindú y a los alimentos
prohibidos de los musulmanes) y rechazar la división en castas, los sijs se
distinguen por sus turbantes y por la obligación de conservar siempre su pelo.