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EL
ARBOL DE LA VIDA: LA LEYENDA PEHUENCHE SOBRE LA ARAUCARIA O PEHUÉN
Araucarias, árboles venerados por los pehuenches, grupo mapuche
habitante de la región de Neuquén, en la Patagonia Argentina (foto
página conganat.uniovi.es). |
A pesar de su vida seminómada, que lleva a
sus hombres a apacentar las majadas en los prados de las altas cumbres
durante el verano, los pehuenches siempre regresan a armar sus rukas al
abrigo de los huahu para pasar los rigores de los crueles inviernos andinos.
Y aquel año, tan lejos en el tiempo que los árboles caminaban y los animales
aún hablaban con los hombres, las mujeres y la gente menuda de la tribu de
Okorí, el aguilucho, se encontraban dedicados a preparar la bienvenida a los
cazadores que bajaban de las montañas después de haber pasado allí muchas
lunas, dedicados a la caza del huemul y del luán(guanaco), mientras las
mujeres permanecían al cuidado de los hijos y las pertenencias. Como todas,
la mujer de Likán espera a su hombre; su hijo mayor Okoirí, que ya es casi
un kona, ha juntado con sus hermanos menores su último cesto de piñones y
ahora espera ansioso el regreso de su padre, pues la próxima vez saldrá con
él a bolear ñandúes y chulengos, como los bravos de verdad. Sus hermanas,
junto con Aluhué, su madre, han hervido los piñones para ablandarlos y
quitarles la piel, y preparado el muday (bedida de los pehuenches) con que
los cazadores se refrescarán de sus largas jornadas en la montaña. Pero
Likán se retrasa; todos los otros konas(guerreros) ya se encuentran entre
sus familias, pero su padre no llega. Sus compañeros de cacería lo vieron
por última vez en los pehuenales del Kuyum, persiguiendo un choike(ñandú),
pero luego lo han perdido de vista. La madre presiente la tragedia; espera
aún algunos días, recorriendo las laderas con la vista durante el día y
aguzando el oído durante la noche, pero finalmente, con la primera nevada,
llama a su hijo mayor y le pregunta:
-Okorí, ¿recuerdas cuántos años has cumplido?
-Sí, doce.
-Por lo tanto, ya eres todo un kona y deberás hacerte cargo de una tarea
difícil. Tu padre ha salido de caza y prometió volver hace ya más de tres
lunas, pero las grandes nevadas están próximas y aún no ha regresado. Es
valiente y fuerte, pero puede haber sido atacado por algún enemigo o haber
caído bajo las garras del nahuel. Pero ahora eres el hombre de la familia y
tu deber es salir a buscarlo, para ayudarlo en caso necesario. Saldrás
mañana al amanecer y te dirigirás a los bosques del Kuyum. Aquí tienes
provisiones para varias lunas; cúbrete con tu makuñ y lleva tu arco y tus
flechas, por si fuera necesario.
Consciente de sus nuevas responsabilidades, Okorí partió con los primeros
rayos de Antü; atravesó los salitrales del bajo Yankihué y se encontró
finalmente en los pehuenales del Kuyum, donde su padre había sido visto por
última vez. Okorí tenía la fuerza y la resistencia de tres de sus compañeros
de juego, pero la ansiedad y el esfuerzo lo fueron doblegando... La nieve
caía ya en densos copos helados y la tormenta no parecía llevar miras de
parar. El frío era intenso, despiadado, letal.
-Papal... ¡chachai .. -clamaba el muchacho, tratando de detener el
castañeteo de sus dientes. Ya casi no tenía fuerzas para llevarse a la boca
el alimento que su madre le había preparado y sus piernas se negaban a
sostenerlo. Sin embargo, en un último esfuerzo divisó, no lejos de él, un
enorme pehuén, el árbol sagrado, al que todo viajero, mediante una ofrenda,
puede solicitar ayuda cuando se encuentra perdido o en grave peligro. Pero,
¿qué podría ofrecer el pobre Okorí, en el estado en que se encontraba?
Luchando contra la parálisis provocada por el frío, el joven se sacó
trabajosamente los shumel(calzado), y los colgó de las ramas más bajas de la
enorme araucaria. Inmediatamente se sintió renovado, como si el pehuén le
hubiera insuflado sus inmensas ansias de vivir. De nuevo se levantó y caminó
sin descanso, hasta divisar, ya cayendo la tarde, a un grupo de konas
descansando alrededor de una vivificante hoguera en las que se asaban los
restos de un choike. Se acercó rápidamente, esperando ansiosamente que su
padre se encontrara entre ellos y, al no verlo, los saludo cortésmente. Los
forasteros no contestaron a su saludo. Y Okorí advirtió que no se encontraba
entre amigos. Dudó cuando lo invitaron a sentarse ante el fuego, pero la
cortesía lo obligaba, y la tentación de calentarse un poco era demasiado
grande para ignorarla. Sin embargo, enseguida se arrepintió de su prontitud
para aceptar, pues los extraños se arrojaron sobre él, le amarraron los
tobillos, le ataron las manos a la espalda y se alejaron de allí, llevándose
sus armas y la chaihue donde traía su comida. Antú, el sol, ya se ponía y
Trafuya, la noche, se acercaba con sus terrores y la helada amenaza del
congelamiento. Okorí había escuchado demasiadas historias de la noche como
para que no la invadiera un terror paralizante, como nunca había sentido en
su vida. Las había escuchado de las mujeres que hablaban entre ellas,
mientras trabajaban, de los hombres que nunca habían regresado de sus
viajes, o se las había contado su padre cuando, de vuelta de alguna partida
de caza, le enseñaba a armar sus lakai y sus propias armas y lo prevenía
sobre los peligros que encontrarla cuando él mismo debiera internarse en los
bosques. Sabía de la artera presencia de Kamlín, la nieve, que cae sibilina
y silenciosa, y va ocultando y deformando las señales del camino, y adormece
los miembros si uno permanece quieto demasiado tiempo. También había oído
del relampagueante nahuel, rápido como una centella y mortífero como un
puñal. Y supo que el temor que había sentido cuando oía las historias no era
más que un juego de niños, rápidamente exorcizado por la presencia de su
padre o su madre o, simplemente, por el brillo del fuego del hogar. Pero el
miedo de ahora era otra clase: era el terror inconmensurable de saberse a
punto de morir y que nada ni nadie podría evitarlo. Mientras tanto, la
madre, que esperaba en la ruka el regreso de ambos, tuvo
una visión aterradora: soñó que su esposo, Likán, había sido asesinado, y
vio en sueños a su hijo, atado de pies y manos y abandonado sobre la gélida
nieve. Entonces supo que se encontraba en un gravísimo peligro y que sólo
ella podía salvarlo. Convencida de que ya nada podría hacer por su hombre,
se cortó las largas trenzas renegridas, como hacen todas las mapuches en
señal de duelo y, conteniendo los sollozos que pugnaban por brotar de su
pecho, emprendió la búsqueda de su hijo, antes de que fuera demasiado tarde.
Caminó largo tiempo a través del bosque de koíhues, llamando a veces a su
esposo, otras a su hijo, con el corazón endurecido como una roca por la
angustia y la desesperación. Así, mientras cruzaba un pequeño bosque,
encontró primero el cadáver de su esposo, con una profunda herida en el
costado y el querido rostro semienterrado en la nieve, sucio de sangre y de
tierra. Sin siquiera tocarlo comprendió que ya no encontraría a Likán en
aquellos despojos y, tomando el afilado cuchillo de piedra con que trabajaba
las pieles, cortó dos mechones del resto de su negro pelo y, colocándolos
sobre el pecho del muerto, retomó el camino en busca de su hijo. Entretanto,
en el claro del bosque donde había pasado la noche encogido de hambre, de
sed y de frío, Okorí, atenazado por el tenor, recobró algo de su confianza
al ver aparecer la luz del sol, pero luego, al sentir sobre su cara los
helados copos de nieve que volvían a arremolinarse sobre él, se sintió tan
aterrado ante la proximidad de la muerte, que las pocas fuerzas que le
quedaban estallaron en un grito desesperado, e imaginando que el pehuén en
que había colgado sus shümel era como una madre que podía ayudarlo, comenzó
a invocar su protección:
-¡Ven y ayúdame, oh, pehuén!
Y cerró los ojos, para no ver la temida imagen de Leflán, la muerte, cuando
llegara en su busca. Sin embargo, volvió a abrirlos cuando sintió que los
copos de nieve ya no caían sobre su cara y que Küréf, el viento, ya no se
arremolinaba a su alrededor. Levantando la vista, contempló asombrado las
ramas del pehuén, de su pehuén, que se había agitado y sacudido hasta
desarraigar sus raíces de la tierra, y había caminado hasta él para no dejar
sin respuesta su desgarradora demanda de ayuda. Luego, al llegar junto a
Okorí, el pehuén extendió sus raíces a los lados del cuerpo del joven y sus
ramas sobre él, proporcionándole así una verdadera cuna y la ruka más verde
y más confortable que el niño pudiera desear. Poco tiempo más tarde llegó la
madre, siguiendo las huellas de su hijo, que la cruel nevada iba haciendo
desaparecer rápidamente. Al llegar al claro entre los colihues, pudo
distinguir en las ramas bajas del pehuén el calzado de su hijo y, algo más
allá, el cuerpo inanimado protegido por las raíces bienhechoras. Sin demora,
desató sus ligaduras y lo reanimó, soplando su aliento sobre su rostro
rígido y sus dedos agarrotados. Poco a poco, Okorí fue recobrando la
conciencia, y poco después iniciaban el viaje de regreso, dejando sobre la
nieve recién caída las huellas de sus pies descalzos, ya que la abnegada
madre también había dejado sus shümel colgadas de las ramas bajas del árbol,
como ofrenda por haber salvado a su hijo. Detrás de ellos, como un espíritu
magnánimo y protector, el pehuén se deslizaba trabajosamente sobre sus
raíces, y poco después madre e hijo llegaban hasta donde se encontraba el
cadáver de Likán, quien había sido asesinado por los desconocidos para
despojarlo de sus escasos enseres y armas. Allí recogieron el cuerpo y lo
trasladaron hacia las proximidades de la ruka donde los siguió el solícito
pehuén, prestándoles su protección contra el viento y la nieve que
continuaba cayendo. Sólo al llegar a las afueras de la ruka, el árbol detuvo
su marcha; la mujer depositó en tierra el cadáver de su hombre y el pehuén
lo cubrió con sus raíces que, poco a poco, se fueron sumiendo con los restos
en las entrañas de la tierra, hasta quedar de nuevo ferrameante aferradas a
las rocas y a la tierra que le daba la vida. Alzando los ojos anegados en
llanto, madre e hijo pudieron ver entonces al soberbio pehuén que elevaba
sus ramas hacia el cielo como una muda peglaria a Nguenechén, el creador de
todas las cosas. Y entonces, el pehuén sonrió... Sonrió como sólo pueden
hacerlo los árboles: con su verdor, con sus flores, con sus flores, con sus
frutos, con sus retoños. Y tanto Okorí como su madre reconocieron aquella
sonrisa, la límpida expresión que sólo puede mostrar un ser que ha culminado
satisfactoriamente una obra de amor al prójimo.
Y desde ese día el lugar fue conocido como Neuque, nombre que posteriormente
derivaría en Neuquén, sitio privilegiado donde el pehuén aún sigue
creciendo, ofreciendo sus frutos y su a todo aquél que lo necesite, aunque
no todos sean capaces de apreciarlos y agradecerlos. (*)
(*)
Fuente:
Cuentos, Mitos y Leyendas patagónicos, Ciudad de Buenos Aires,
Ediciones Continente. |