LOS MÁRTIRES DE ELICURA
Por Pablo Castro
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Imagen de Lago Lanalhue, en el sur de la Patagonia Chilena; cerca de sus aguas, existe una placa que recuerda el nombre de los mártires de Elicura. |
Hace algún tiempo se inauguró un monumento en honor a los mártires de Elicura.
El 14 de diciembre de 1612 fueron muertos en ese lugar tres jesuitas y cinco
caciques mapuches por causa de la fe y de la palabra empeñada en favor de la
paz. Hoy, al comienzo de un nuevo siglo, la sangre de esos mártires debe dar
frutos en favor de la justicia y la convivencia en paz con el pueblo mapuche.
A unos dos kilómetros del pueblo de Contulmo, bordeando la ladera sur del lago Lanalhue, junto a una fuente de piedra que se surte de una pequeña vertiente llamada "Agüita de los padres", levanta ahora una gran cruz de roble y una placa que recuerda el nombre de los mártires. La "Agüita delos padres' había guardado por siglos el recuerdo del lugar donde jesuitas y mapuches entregaron sus vidas por la justicia y la paz. Monseñor Antonio Moreno, arzobispo de Concepción, presidió la eucaristía con que unas trescientas personas de la Iglesia de Contulmo honraron a los mártires. La comunidad mapuche del sector de Calebu (valle de Elicura), ofreció también una rogativa de agradecimiento y honor a los mártires. Presidida por su lonko, don Miguel Leviqueo, la comunidad plantó allí un canelo, símbolo de paz. La causa de beatificación de los tres jesuitas fue abierta siglos atrás, pero luego quedó en el olvido. El actual monumento, haciendo una relectura de la historia, conmemora no sólo el martirio de los jesuitas Martín de Aranda Valdivia, Horacio Vecchi y Diego de Montalbán, sino también el de los caciques Utablame, Tereulipe, Coñuerpanque, Caniumanque y Calbuñamcu, que murieron junto a los religiosos por causa de la fe el 14 de diciembre de 1612.
LAS ESPOSAS DEL
CACIQUE
El conflicto particular que llevó a jesuitas y mapuches a la muerte se
relaciona con las esposas del cacique Ancanamún. Pero el trasfondo es mucho más
profundo y complejo. El martirio de jesuitas y mapuches adquiere su real
dimensión en el contexto de la guerra defensiva, uno de los intentos más
celebres de la historia de nuestro país por llegar a la paz haciendo justicia.
Corría el año de 1612. El padre Luis de Valdivia había conseguido el apoyo de la
corte española para implementar la ‘guerra defensiva’1, y comenzaba a
organizarla a pesar de la resistencia de los encomenderos y no pocos militares.
La mayoría de los caciques se acercaban recelosos y desconfiados. Ya habían
visto correr la sangre de los suyos. En señal de sinceridad, algunos decidieron
llevar algunos cautivos para ofrecerlos en canje. Entre los españoles cautivos,
los caciques traían a un sargento llamado Juan de Torres. En el camino se
detuvieron en los caseríos de Ancanamún. Allí el sargento conoció a María de
Jorquera, española cautiva, esposa del cacique y madre de una de sus hijas. El
sargento le propuso huir con él. Así, huyeron junto con otras dos esposas
mapuches del cacique. El 22 de noviembre las fugitivas llegaron al fuerte
Paicaví. El gobernador y los jesuitas comprendieron de inmediato la verdadera
dimensión del problema: se arriesgaba la guerra defensiva y todo lo logrado
hasta ese momento en favor de la paz. La noticia de la fuga no tardó en llegar
a oídos de Ancanamún. Su furia era inmensa. El cacique se sentía engañado por
los españoles y deshonrado ante los suyos, Decidió entonces recobrar sus esposas
a como diera lugar.
LA MISIÓN DE
LOS JESUITAS
El 7 de diciembre se
produjo una gran junta de caciques en el fuerte Páicaví. Ante la mirada
sorprendida de los españoles, al amanecer se vio avanzar cabalgando dos enormes
filas de caciques y otros muchos mapuches principales. Llevaban “las frentes
ceñidas por llamativos 'trariloncos' y ramos de canelo en las manos"2. Venían a
tratar las paces. Dos cosas exigían los caciques: la demolición del fuerte
Paicaví y la entrega, de sus mujeres a Ancanamún. Al día siguiente se dio
cuenta a los caciques de lo decidido: el fuerte sería demolido y los misioneros
tratarían el asunto de las mujeres personalmente con el afectado. Utablame,
señor de Elicura, y otros más se juramentaron para cuidar la vida de los padres.
Se decidió, entonces, enviar un mensajero a Ancanamún comunicando la decisión
del Consejo, "añadiendo que los padres que iban a entrar a Elicura llevaban el
encargo de tratar el asunto definitivamente con él"3. El hermano Diego de
Montalbán, oyendo que los padres Martín y Horacio iban con los caciques rumbo a
Elicura, pidió ser enviado con ellos para acompañarlos y ayudarles en todo lo
que pudiera. El día 9 de diciembre, muy de mañana, los tres jesuitas recibieron
bajo santa obediencia, tal como ellos lo habían pedido, la orden de partir4.
EL MARTIRIO
Los enviados partieron
pronto desde Páicaví. Rodearon el lago Lanalhue por su orilla sur, avanzando
hasta detenerse frente a las altas montañas de Nahuelbuta, que separan el lago
del valle de Purén. El atardecer del día 9 el padre Horacio escribe: “
...llegamos a Yalicura..., media legua más adelante de la laguna"5. En aquel
sector, no del todo precisado por la historia, se dispusieron a esperar la
llegada de Ancanamún. La paz parecía estar asegurada. Los dos padres firman el
día 10 una carta diciendo: “Están todos conjurados a perder las vidas en nuestra
ayuda, hasta ponernos en donde les dijéramos: todo va hasta ahora muy
bien...”6
Los misioneros, efectivamente, se sentían tranquilos bajo el resguardo de los
caciques y sus hombres. Esperaban, al parecer, que Ancanamún aceptara el pago de
compensación. A los pocos días, presentándose como quien va de paz, apareció el
cacique seguido por unos doscientos de sus hombres. En la mañana del día 14, sin
embargo, comenzó a gritar en contra de las paces y en contra de los misioneros,
y a exigir el regreso de sus mujeres. El primero en encarar directamente a
Ancanamún fue Utablame. Guiado por la palabra empeñada y sus largos años de
sabiduría, intentó calmar la cólera del cacique. Ancanamún, sin embargo,
atravesó de un fuerte lanzazo el pecho del noble viejo, quien cayó a tierra
desangrándose. Oyendo el griterío, los jesuitas salieron de la capilla donde
estaban por iniciar la misa. El padre Martín de Aranda buscó rápidamente a
Ancanamún. Hablando con serenidad en medio de las vociferaciones, le dijo que
"si quería matarlo, estaba dispuesto a morir, pero que respetara a sus
compañeros, que procurara asentar las paces con el padre Horacio y que oyera sus
enseñanza?7. Poco más alcanzó a hablar. Al grito de "¡tape, lape!” (¡muera,
muera!), Ancanamún atravesó con su lanza el pecho del misionero. Al mismo tiempo
que ocurría todo esto, un grupo de guerreros se dirigió a la ramada donde estaba
el altar. Sus lanzas se clavaron en el cuerpo del hermano Diego de Montalbán,
quien terminaba así su corto noviciado. A pocos metros, con su gente, el cacique
Tereulipe intentaba salvar al padre Vecchi subiéndolo al anca de su caballo.
Pero Ancanamún los alcanzó rápidamente dándoles muerte a los dos. La confusión
fue enorme y no pocos mapuches murieron junto a los padres, incluyendo varios
caciques principales.
DEFENSORES DE
LOS MAPUCHES
La muerte de los
misioneros desató una oleada de críticas contra el padre Valdivia y contra todos
los jesuitas. El gobernador, instigado por militares y encomenderos, rompió las
paces a pesar de que los mapuches que la habían firmado se mantenían fieles a
ella. En 1614, el gobernador Ribera envió delegados a España (el maestre de
campo Pedro Cortés y fray Pedro de Sosa, padre franciscano), para intentar
convencer al Rey en contra de la guerra defensiva. El padre Valdivia envió a su
vez al padre Gaspar Sobrino. Los argumentos de los jesuitas en favor de la
guerra defensiva y en apoyo de los mapuches salieron victoriosos. La sangre de
los mártires daba fruto en pro de la paz. Entre los argumentos esgrimidos por
los jesuitas destacaban los siguientes8:- Que los que abogaban por la guerra
ofensiva lo hacían por el interés de hacer cautivos.- Que la conducta de
Ancanamún no era la actitud de todos los mapuches, sino un caso aislado.- Que si
se quería comparar a todos los mapuches con Ancanamún, entonces era más justo,
más noble y más cristiano considerarlos solidarios de la fidelidad heroica del
'excelso' Utablame y de los mapuches que dieron su vida por cumplir su palabra
de defender a los padres.- Que, por lo tanto, se debía concluir que los mapuches
merecían respeto y no castigo; paz y no guerra...- Que los mapuches constituían
una nación libre y, por lo tanto, no había derecho a hacerles la guerra de
conquista... Que ellos aceptaban la paz, pero no la sujeción.
LA PAZ EN
PELIGRO
Erigir un monumento a los
mártires de Elicura 387 años después de lo sucedido podría aparecer
descontextualizado. Sin embargo, la historia y el contexto del martirio es
trágicamente actual. La paz y la justicia por la que estos hombres entregaron
sus vidas todavía no se vislumbra. Peor aun, no hay indicios de intenciones que
conduzcan a una paz perdurable: el gobierno no firma el Convenio 169 de la OIT,
las diversas organizaciones mapuches continúan desunidas, la CONADI (Corporación
Nacional de Desarrollo Indígena) no logra situarse como interlocutor válido y
representativo de los pueblos indígenas. Algunos megaproyectos privados amenazan
las pocas tierras de las comunidades, los medios de comunicación privilegian las
noticias de conflictos y promueven una imagen distorsionada del pueblo mapuche.
La paz no parece llegar. Los conflictos en territorio mapuche continúan. En ese
entonces religiosos y mapuches comprendieron la importancia histórica de la
guerra defensiva y se jugaron las vidas por la paz y la justicia. El conflicto
por las esposas era serio, pero no era lo más grave ni lo principal. La paz
estaba en peligro y con ello se arriesgaba también el justo derecho a la
independencia del pueblo mapuche. Esto es lo que llevó a jesuitas y mapuches a
entregar sus vidas: el valor de la justicia y la paz. La fidelidad a la misión y
a la palabra empeñada fue testificada por la sangre de los mártires. Desde
entonces, ¿cuántas veces han visto los mapuches quebrantarse las palabras y
promesas de los chilenos? Hoy día los conflictos específicos son diferentes,
pero el fondo del problema no ha cambiado tanto. Se trata de cientos de
comunidades mapuches que exigen la devolución de sus tierras y de sus aguas, de
su independencia y su dignidad. Como lo hicieran los gobernadores y encomenderos
de antaño, quienes tienen intereses económicos en las tierras mapuches
transmiten mensajes que tergiversan la historia y denigran a un pueblo,
haciéndolo cómplice de la violencia de unos pocos. Los que no quieren mirar la
realidad intentan convencer a la opinión pública de que los males de los
mapuches son fruto de sus propios errores... Que ellos vendieron sus tierras,
que ellos se emborracharon, que ellos erosionaron los suelos. De más está decir
lo miope, tergiversado y peligroso que resulta culpar a un pueblo de ocupar el
propio territorio que otros tomaron violentamente para sí. ¿Qué hemos de decir?
¿Que no hemos aprendido ni adquirido siquiera un poco de dignidad y humanidad?
Claro que sí. Los jesuitas del siglo XVI ya lo vieron con claridad. Nosotros
pedimos hoy día humildemente perdón por tanto que dejamos de hacer... y honramos
la memoria de los mártires, jesuitas y mapuches, pidiendo que nos regalen su
generosidad y fidelidad, su osadía su fervor.
(*) Fuente: Pablo Castro, "Los mártires de Elicura", publicado originalmente en www.capuchinos.cl
Notas
1 La guerra defensiva reconoce la independencia de los
territorios mapuches al sur de la frontera en el Bío-Bío. Además, ordena la
desmantelación de los fuertes de Paicaví y Angol, la supresión del servicio
personal y la liberación de mapuches cautivados en guerra, entre otras medidas.
2 Mariano Campos, S. J., Nahuelbuta, pág. 347.
3 ldem, pág. 350. Se había decidido que ni María de
Jorquera ni su hija serían entregadas. En cuanto a las dos esposas mapuches,
como se habían bautizado, se decidió que una podría ser devuelta si Ancanamún
aceptaba vivir con ella como cristiano. Además, se le ofrecería en pago una
abundante compensación, según indicaba la costumbre.
4 Los tres deseaban, conscientes del peligro que
corrían, partir con la certeza de estar realizando la voluntad de Dios; certeza
que expresaron a través del voto religioso de obediencia.
5 Mariano Campos, op.cit., pág. 352. Según el
padre Campos, los cronistas no coinciden en los detalles del martirio ni en la
fecha exacta. Probablemente, el martirio ocurrió en una planicie en el alto,
lugar por donde pasa la vertiente que recoge el recuerdo de los sacerdotes.
6 Id., pág 353.
7 Id., pág 355.
8 Id., págs. 362-363.