TRILOGIA PATAGONICA, POR ESTEBAN IERARDO
(Aclaración: presento aquí una primera versión, no definitiva y que no ha tenido hasta el momento otra corrección que la del autor)
La
nieve desciende graciosa desde el cielo. Blancas túnicas se acomodan sobre las
laderas de las montañas. Un lago respira, sereno, entre destellos azulados y
cristales de fantasía. Y con sus etéricos dedos, el viento acaricia las bellas
formas de Patagonia.
Lincoyan observa la alba cuesta que trepa hasta la cima de una
lomada. Sobre su cabeza, porta una corona forjada por el tallo de un calafate;
de sus bordes cuelgan trenzas donde se enhebran los pétalos de diversas flores.
Con una de sus manos, sostiene una lanza en cuyo extremo, junto a la filosa
punta, surgen oscilantes plumas de cóndor y águila mora. Su corona es señal de
la condición de guerrero y la lanza empenachada de plumas devela a un jefe de
tribu, un lonco, cacique. Lincoyan es lonco, cacique, de los mapugues.
De
soslayo, le dedica una rápida mirada a un grupo de otros guerreros, también
cubiertas sus cabezas con coronas de trenzas. Y, luego, inicia un lento ascenso
hacia la cima de la lomada. Cuando arriba a la cumbre, una vez más erupcionan en
su espíritu el asombro y la fascinación al contemplar el más imponente lago de
Patagonia: el Nahuel Huapí. Y, hacia el norte, el cacique atisba las
maravillosas montañas y, en el sur, divisa la verde y frondosa anatomía de un
bosque.
El
firmamento melancólico, plomizo, continúa descendiendo con níveos brazos sobre
el lago, y sobre la tierra poblada por montañas y árboles. Y Lincoyan recuerda
entonces el motivo del ascenso a la lomada. Allí, debe presenciar el vuelo de un
cóndor especial, de una mágica ave oriunda de una cadena de altivas montañas que
atraviesan Patagonia de norte a sur: la cordillera del Arenk.
Hace
sólo tres soles visitó su pueblo un viejo mago procedente de un lugar muy
distante: la Cueva de las Manos en el centro de la Gran Región de Saguen.
Consigo traía su tambor ritual, un kultron. El mago primero invitó al cacique a
participar en un breve rito de adoración a Tekel, la gran y misteriosa fuerza
creadora de Patagonia. Y, luego, le reveló una profecía, la profecía del Wettex
o del Huemul Celeste, que vaticina cercanos y trascendentales sucesos. Hace
tiempo, un mago de los huinkas actuó con malicia y poder. Los huinkas: pueblo
enemigo de los mapugues, que viven debajo de un gran glacial de inmensas y
abruptas paredes de hielo. El mago huinka dominó mágicamente un volcán y produjo
una gran erupción. Una erupción que difundió un raro mar de polvo, llamado
Lithué, que ahora cubre buena parte de Patagonia. “Pero ahora”, le dijo el
anciano mago de la Cueva de las Manos a Lincoyan: “se aproximan extraordinarios
hechos que provocarán la liberación de Patagonia del oscuro mar de polvo. Ahora
debemos aguardar el vuelo del cóndor mágico, un pájaro de fuego, de lava, que
vive en el corazón de un volcán. Ahora debemos esperar a Tahuan...
El mago
anciano le aseguró también que en este día Tahuan debería aparecer sobre el
Nahuel Huapí para luego volar hacia el este, hacia un raro mundo llamado la
Argontia del Amable Aire donde viven el pueblo de los imagors. Sólo uno de
ellos, llamado Saos, sabe de Patagonia.
Y
Lincoyan se mantiene firmemente erguido cual si fuera una inmóvil araucaria, el
más típico árbol patagónico. La nieve crea un delgado tapiz de blancura sobre su
cabeza y su corona. Con su brazo extendido, sostiene su lanza emplumada. Y
mientras aguarda la llegada del ave de fuego, recuerda la época en que Patagonia
era un refulgente ser de belleza, libre de toda polvorienta oscuridad.
Lincoyan desearía otra vez recorrer las inmensidades de aquella Patagonia
pasada. Pero ahora, sólo dispone de la imaginación para sentir que nuevamente
cabalga por las orillas de bellos lagos que centellean al norte y el sur del
Nahuel Huapí. Y, mediante el imaginar, recorre los glaciales que descienden
como colosales lenguas blancas desde lo alto de las montañas; y se adentra en
bosques de radales, colihues, araucarias, arrayanes y maitenes. Y también puede
atravesar las grandes mesetas de Samuncurá y del Chubat y las inacabables
estepas de la Gran Región de Sanguen. En el camino, se topa con guanacos y
pumas, ñandúes y dispersos caballos salvajes. Y cuando la tierra concluye, nace
el Mar del Este. Allí, en las playas, deambulan pinguinos, focas, lobos y leones
marinos y, no muy lejos, las ballenas que se asoman entre el rumor de las
crepitantes olas. Y, luego, Lincoyan decide regresar a la cordillera. Cruza los
grandes gigantes de rocas. Y, del otro lado, explora fiordos y termas. Y
columbra en lontananza numerosas islas que flotan en otro gran océano llamado
Mar del Oeste. Y al volver a las montañas cordilleranas descubre un volcán
encendido que emana rojiza lava. Y recuerda que algo más al sur, se halla una
gran masa de hielo, una suerte de llanura de nieve que circunda los solitarios
picos montañosos. En aquella planicie impera un blanco aún más lozano y diáfano
que los húmedos copos que continúan precipitándose desde las alturas plomizas,
sobre el Nahuel Huapí.
El cacique mapugue regresa de su imaginaria cabalgata. Recuerda el
inminente vuelo de un pájaro fogoso. Y no puede evitar la intriga por ese mundo
que vive allá, en el este, en la Argontia del Amable Aire. Se pregunta cuándo
volará el cóndor de fuego hacia allí. Y también lo embargan otros
interrogantes: ¿por qué el gran ave de Patagonia debe volar hacia Argontia? ¿Qué
debe encontrar allí que es muy importante para el futuro de Patagonia?
Luego, Lincoyan respira las fragancias del paisaje y medita en la
belleza, en las melodías susurrantes del viento, en las penumbras del bosque y
en el poder divino de Tekel rebullendo entre las cosas. Por un instante,
rememora viejas historias de su pueblo, lo que sabe sobre pasadas edades de
Patagonia. Y desea que el gran mar de polvo se disipe al fin para que el sol
bese nuevamente las amplitudes patagónicas.
Y,
entonces, con emocionados ojos, el lonco escudriña el grisáceo pecho del cielo.
Permanece, firme, erguido, en la cima, aferrando su lanza emplumada. Disfruta
con el viento suave, el azulado resplandor de lago, y con el baile que el frío y
la nieve urden sobre su cuerpo. Y, entonces, endereza su atención hacia un punto
preciso del cielo, donde un resplandor rojizo se expande. Un fulgor que se
aviva...El fulgor del pájaro de fuego. Que ya inicia su vuelo hacia el
desconocido mundo del este. Hacia un sitio llamado Argontia...
En
Argontia sopla un viento del sur. Los imagors la llaman Argontia del Amable
Aire o la Ciudad de los Muchos Colores, y suponen que se halla en el centro de
lo que denominan el Mundo del Incansable Color.
Los
habitantes de Argontia desconocen el origen de su ciudad, hecha de casas de
barro y madera. Y nada saben de Patagonia, de sus lagos y bosques, de Lincoyan y
sus mapugues. En realidad, sin saberlo, a Patagonia la llaman ¨la Región
Extraña¨.
Ven el
pasado envuelto en una niebla oscura, remota, impenetrable. Más les atrae estar
al tanto de las últimas noticias. Por eso, acuden con frecuencia al Triángulo
del Color Alegre, una zona de casas azules y verdes. Los triángulos son las
distintas zonas de Argontia; secciones triangulares que se diferencian por los
diversos colores que exhiben las casas. En la intersección de las calles del
Triángulo del Color Alegre, se levantan los Faros de Noticias, pequeñas
pirámides de madera con la imagen de un gran ojo orientado hacia el oeste. Al
pie de las construcciones piramidales, un Imagor Anunciador anuncia las noticias
del día y, al terminar, siempre repite la misma frase: El sol rojo ama a
Argontia. El sol rojo sólo aquí brilla con alegría; qué triste serán entonces
sus rayos sobre la Región Extraña.
La
Región Extraña nace más allá de un continuo anillo de bruma que rodea a Argontia.
Los imagors llaman Cartesion a ese redondel brumoso. Muy poco, o nada, saben
sobre él o sobre los enigmáticos alrededores de su mundo. Más placer, y menos
perplejidad, les produce el Argento, un ancho río que se extiende al este de
Argontia.
A lo
lejos, cerca de la difusa línea del horizonte del río, se recortan los borrosos
trazos de la pequeña Isla de la Buena Madera. Allí vive una reducida comunidad
imagor que, de a caballo, se aboca a la crianza del ganado y la explotación de
la madera de un bosque de manzanos, caldenes, eucaliptos, pinos, almendros,
ombúes, y otras especies arbóreas.
Algo de
la riqueza natural de la Isla de la Buena Madera, puede encontrarse en las
plazas de Argontia. Allí, se distribuyen distintos tipos de flores en parcelas
con diferentes formas geométricas. Los imagors se sientan a disfrutar de las
bellezas florales en bancos realizados con la madera de diversas especies
arbóreas traídas desde la Isla de la Buena Madera. Los troncos de los árboles
son transportados hasta el puerto de la Argontia del Amable Aire con botes o
veleros de un solo mástil. Con la madera así conseguida, los imagors también
forran los pisos de las casas, y escaleras acaracoladas para subir hasta las
terrazas de azoteas planas; o, en algunos casos, revisten con la madera techos
de dos aguas; o construyen campanarios, o camas que luego cubren con mantas de
lante, una tela de lino rociada con jugos de manzana y limón. Con el
lante confeccionan asimismo sus vestimentas, cuya prenda más destacada es el
kaltran, un manto espolvoreado con plumas de aves de diversos colores. Cada
kaltran exhibe una combinación única de coloridas manchas.
Los
nativos de la Ciudad de los Muchos Colores pertenecen a diversas corporaciones
de oficios (con sus ritos de aceptación y aprendizaje) que se agrupan en los
Colegios de los Buenos Oficios Imagors, o simplemente Colegio de los Oficios. El
edificio del Colegio es un conjunto de casas con un árbol, un algarrobo,
emergiendo del centro de sus techos. Las casas se disponen en forma de
hexágonos. Cada una de las hojas del algarrobo, luce la imagen de un pincel.
Alrededor de las raíces del árbol, se delinea un estanque circular henchido de
agua rojiza y, debajo del receptáculo, se encuentra una entrada, en forma de
cruz, a un sótano pequeño y oscuro: la Cámara del Oído de Agua; el sitio donde
cumplen parte de su misterioso aprendizaje los Etrai imagors, los jefe de
Argontia. La palabra Etrai, como la formación de los líderes imagors, es
enigmática.
En
cuanto a su alimentación, los imagors se nutren de frutas y hortalizas que
cultivan en los patios situados en el fondo de sus casas. Su dieta en vegetales
la acompañan con la ingestión de agua; muchos litros de cristalino líquido que
obtienen por el simple expediente de baldes que, a través de una roldana,
descienden hasta las napas subterráneas que fluyen en lo profundo de numerosos
aljibes situados en las esquinas de Argontia; también se proveen del vital
elemento mediante los buenos servicios de carromatos arrastrados por bueyes y
repletos de toneles que recorren las calles de tierra y polvo de la ciudad poco
después del canto del gallo, mientras un imagor aguatero grita: "¡A buscar el
agua de la Buena Tierra o la Buena lluvia!"
Lo
líquido se relaciona también con el principal rito de Argontia: el ritual del
Aguador Colorido. Este rito se celebra al concluir un giro del Ilustra, el sol
rojo de Argontia. El Ilustra mana luminosos rayos que, en el alba o el
crepúsculo, lucen amarillentos; pero, durante la mayor parte del día, exhiben
una leve propensión al rojo; por eso, en Argontia, al Ilustra lo conocen también
como el Sol Rojo . Una ardiente esfera que, al cabo de trescientos ochenta y
nueve días, completaba un giro en torno a la Ciudad de los Muchos Colores.
Pero el
Ilustra no sólo ilumina a los imagors de Argontia; también esparce sus brillos
sobre el más enigmático habitante de la ciudad: Kaur, el niño volador. Un niño
que flota en línea horizontal. Vuela cubierto por un manto que cambia de
coloración en diferentes momentos del día. Vuela silencioso. Enrollado mediante
una delgada cuerda en su cuello ostenta un cuerno del que emergen cuatro astas;
dos en cada costado. Nadie ha escuchado ninguna palabra naciendo de sus labios.
Durante buena parte del día y la noche, flota a escasa altura, no mucho más alto
que las casas de Argontia; pero en la aurora o el crepúsculo, toca un cuerno
astado. Entonces, cobra más altitud y se desplaza entre nubes y pájaros, o se
aleja para flotar sobre el lejano horizonte del río.
En los
días de lluvia, los niños imagors suben por las escaleras con figuras de caracol
hasta llegar a las terrazas, donde hay muchos pequeños campanarios. Mueven
entonces bruscamente los badajos; y las rapsodias de la lluvia se unen con los
solemnes ecos de las campanas. Luego de divertirse y maravillarse, los niños
regresan a las calles de tierra ya rebosantes de fango y, entre sonrisas y
gritos, corren hacia el Eidos, un pequeño monte, de cumbre truncada, de barro,
piedra y caracoles partidos, situado en el centro de Argontia. Desde la cima de
la elevación, los niños imagors pueden contemplar centenares de casas de
distintos colores; y, hacia el sur, el oeste y el norte, el Cartesion, que
abraza a la ciudad como una cuña.
Desde
la cima del Eidos puede observarse también la construcción más llamativa de la
Argontia del Amable Aire: la Casa del Sombrero Verde, el tradicional recinto de
las asambleas imagors; y, en el norte, puede distinguirse una oquedad de la que
surgen vapores amarillentos. Atemorizados, los niños, bajo la lluvia, observan
el Honca...
El
Honca es lo que más sorprende y angustia a los habitantes de Argontia: es un
gran pozo circular enmarcado por el brocal de un aljibe y rodeado por una
angosta zona pantanosa, estriada por hilos de agua que emanaban sulfúreos
vapores. Desde la ancha y redonda boca negra del Honca, surgen continuamente
misteriosos sonidos, ásperos, violentos, mezclados con esporádicas e
ininteligibles palabras y gritos. Aquellos sonidos y voces sólo son audibles
cuando los imagors se acercan, temerosos, perplejos, al enigmático lugar. La
actividad sonora que dimana del pozo ha aumentado sensiblemente en los últimos
tiempos.
¿Cómo
surgió el Honca? ¿Tiene o no fondo? ¿Cuál es la naturaleza de las voces y
sonidos que surgen de su interior? ¿Por qué la intensidad de los sonidos que
exhala la negra cavidad se ha incrementado recientemente? Nadie comprende esto,
como tampoco otras cosas misteriosas que están ocurriendo en la Ciudad de los
Muchos Colores. Y muchos dicen: "El único que debe de entender todo lo que está
pasando es Saos".
Saos es el jefe de los imagors, el Etrai Mayor. De su cabeza mana
una larga cabellera blanca sobre la que, con trazos verdes, se estampa la figura
de una montaña. En su frente, luce este símbolo
(luego
pondré imagen)
al que
Saos llama Leucutral, o Vuelo de Manque, sin nunca explicar el significado de
estas palabras.
Para
los más jóvenes en Argontia, Saos es una leyenda antes que una autoridad
viviente. Hace algún tiempo abandonó la vida pública. Se desconoce la razón de
su alejamiento. Se cree que vive oculto en algún lugar de la ciudad. Antes de
retirarse, anunció que era inminente el Llao, el Día de la Exploración de la
Región Extraña.
La
población de Argontia recuerda especialmente un celebrado discurso que Saos
pronunció ante una asamblea reunida en la Casa del Sombrero Verde. En aquella
ocasión, Saos recordó su infancia, las primeras enseñanzas recibidas de su
padre, Kusch, un recordado metafísico imagor. Y habló de la Región Extraña,
situada más allá del Cartesion, del anillo de bruma que rodea a Argontia. "Allí
late un saber secreto", dijo Saos. "¿Pero cuál es ese saber?", le preguntaron al
unísono muchos participantes de la asamblea. Saos eludió la respuesta; sólo dijo
que buena parte de la Región Extraña está cubierta por un tenue mar de polvo.
"¿Y qué otras cosas ahí allí? ¡Dinos, Saos! ¡Dinos, ya!", se escuchó este pedido
desde el corazón de la multitud reunida en la Casa del Sombrero Verde. En este
caso, Saos aseguró que en la Región Extraña había montañas, lagos, bosques..,
pero cuando parecía iniciar una detallada descripción de las tierras
desconocidas, interrumpió sus palabras. Un silencio sepulcral se expandió como
una fuerte ola por la sala. Todos palpitaban devorados por la curiosidad y la
ansiedad. "¿Dirá Saos algo más sobre la Región Extraña? ¿Por qué dice que hay
allí un saber secreto?"; éstas eran las más comunes preguntas que galopaban por
el fuero íntimo de cada concurrente a la asamblea imagor.
Entonces, en la sala irrumpió Kaur, el niño volador.
Kaur dio siete giros en torno al Etrai Mayor. Luego, de manera
repentina, sorpresiva, Saos anunció que, a partir de ese instante, en cualquier
momento podía producirse el Llao, el Día de la Exploración, el día de la
expedición hacia la Región Extraña. "¿Pero cuándo partirá esa expedición y
quiénes la compondrán?"; surgió esta nueva pregunta, esta vez explícita y a viva
voz, desde el corazón de la asamblea. Saos confesó no saber quiénes serían los
integrantes de la expedición; ni el momento de su partida.
La
perplejidad volvió a restallar en el recinto.
Surgieron nuevas preguntas. Pero Saos no respondió a ninguna de ellas. La
reunión se dio por concluida. El Etrai abandonó la sala, para no ser visto más;
y dejó a Pelgrine como su reemplazante.
Pelgrine prepara ahora un nuevo rito del Aguador Colorido.
Durante
los días anteriores a este evento, cientos de imagors se reúnen en las cavidades
subterráneas de Argontia. Estas cavidades, según antiguas tradiciones, fueron
construidas por los primeros pobladores de la ciudad, ya desvanecidos en la
nebulosa del tiempo; por ellas circulan veloces corrientes de agua. Arroyos en
cuyos lechos brillan vivos destellos multicolores. Imagors buceadores se
zambullen en aquellos afluentes con una cuerda a la cintura. Bucean hasta los
puntos resplandecientes. Luego, nadan de regreso con trozos de ikones, unas
livianas piedras que irradian los destellos que reverberan en lo profundo de la
corriente.
Los
ikones son transportados hasta talleres de Trituración y Tinturas. Allí, a
fuerza de martillazos o mediante el uso de prensas, se deshacen los fragmentos
rocosos. El polvo de los ikones demolidos permite la elaboración de tinturas con
las que, entre otros usos, se pintan con distintos colores las plumas de ave que
forran los kaltran (los mantos con los que se visten los imagors). Pero, en esta
ocasión, los ikones triturados son arrojados a grandes estanques de madera que
desbordan agua dulce del ancho río, y que se distribuyen a lo largo de las
calles de tierra y polvo de Argontia. Mediante esta acción, el agua adquiere
distintas tonalidades. Junto a los recipientes con las aguas coloreadas se
amontonan cientos de baldes y pinceles. Los imagors permanecen entonces quietos,
en silencio, mirando en dirección del río; sólo ocasionalmente deslizan miradas
hacia el Eidos, el monte de barro, piedra y caracoles partidos.
Y
cuando el día está por desfallecer, casi al resonar los primeros latidos del
atardecer en el aire, Pelgrine sube hasta la cumbre del Eidos. Las plumas de su
kaltran oscilan fuertemente entre los vigorosos dedos del viento. Alza una
ballesta (un arma perteneciente a los primeros pobladores de la Argontia del
Amable Aire); y arroja hacia el Argento una flecha emperifollada por distintas
plumas de ave de la Isla de la Buena Madera. Entonces, el pueblo imagor empieza
a reír; y mujeres, niños, ancianos y jóvenes, toman un balde; lo hunden en los
estanques; y lanzan luego baldazos de agua de diversos colores sobre las casas
de barro y madera. Algunos recurren a los pinceles. Y colores azules, rojos,
verdes, amarillos, magentas, violetas, rosados, naranjas, colorean la Ciudad de
los Muchos Colores.
Siete
niños se colocan máscaras pintadas de blanco y negro; de los bordes de las
máscaras surgen enmarañadas crines de caballos. Y corren; con sus manos agitan
pinceles de cerdas de intensos tonos berbellones. Y Kaur flota sobre el Eidos;
sopla su cuerno astado. Y los imagors ríen mientras que, a baldazos o a
pinceladas, pintan multitud de paredes y puertas, ventanas y campanarios. Kaur
no interrumpe su vuelo circular, sus giros en el aire. Y sopla, sopla su extraño
cuerno astado. Entonces, los siete niños imagors se detienen por un instante; y,
luego, al reanudar su carrera, suben precipitadamente hasta las terrazas de
algunas casas coronadas con campanas. Y sueltan los pinceles que tenían en las
manos; agitan los badajos de los campanarios; y nacen muchas, muchas campanadas,
que se funden con los sonidos del agua que entra y sale de los baldes; el agua
que chorrean los pinceles; el agua que impregna de coloridos pigmentos las
formas de Argontia.
Kaur
genera sonidos más agudos y expansivos con su cuerno. Y el agua de los estanques
está a punto de agotarse, mientras que, en la lejanía del horizonte, el sol
sopla los últimos pétalos agónicos, pálidos, de su roja corona de luz. Pelgrine
orienta entonces su ballesta hacia la Isla de la Buena Madera; y lanza una
segunda flecha. Entonces, los siete niños suspenden los ecos de los campanarios.
Kaur acalla su cuerno; los imagors, acezantes, sofocados, sueltan sus baldes y
pinceles; y bajo los últimos dardos de claridad del día, los habitantes de la
Argontia del Amable Aire contemplan fascinados la nueva melodía de los colores
que pintan su hogar.
El rito ha concluido.
La
alegría que siente el pueblo imagor por el último rito del Aguador Colorido se
debilita al poco tiempo cuando comprueban una extraño fenómeno: los colores que
muestran las casas son algo más pálidos, algo menos vivos, intensos, que los
vistos tras el anterior rito de celebración de un nuevo año o giro del sol rojo
en torno a Argontia. Esta anomalía se suma al desconcierto suscitado por el
enigma del Honca y la intriga que desde siempre ha provocado en los nativos de
Argontia la Región Extraña, la región que vive más allá del Cartesion, el anillo
de bruma.
Y en
las casas, en las calles, en las cavidades subterráneas donde fluyen los arroyos
de lechos repletos de ikon, en la costa del río, en la Isla de la Buena Madera,
o en la Casa del Sombrero Verde, muchos imagors dicen: "Si Saos estuviera entre
nosotros nos aclararía todo y nos diría por qué es tan importante el Llao, el
Día de la Exploración, el día del viaje hacia la Región Extraña".
Las
conjeturas sobre el paradero de Saos crecen, se multiplican en la Ciudad de los
Muchos Colores. Luego de dar las últimas informaciones del día, al pie del Faro
de las Noticias en el Triángulo del Color Alegre, los imagors anunciadores
repiten como de costumbre: El sol rojo ama a Argontia. El sol rojo solo aquí
brilla con alegría; qué triste serán entonces sus rayos sobre la Región Extraña.
Pero además, producto de una creciente demanda e inquietud populares, agregan la
pregunta: ¿Y Saos dónde está?
Es
tanta la angustia que pulula por Argontia que Pelgrine convoca una asamblea en
la Casa del Sombrero Verde. Numerosos imagors, procedentes de los distintos
barrios triangulares, acuden a una sala con forma de anfiteatro, donde se
distribuyen de forma semicircular cientos de butacas revestidas en cueros
parduscos. Los imagors adultos se sientan junto a sus hijos. Los más jóvenes
encuentran lugar en los asientos de las gradas más altas de la sala de sesiones.
Allí se ubican Morens, Ameguin y Molican, tres jóvenes vecinos del Triángulo del
Rojo Futuro; a su lado, se dispone la vieja Fonga, habitante del Triángulo del
Naranja Apacible. La vieja grita exasperada: "¿Dónde está Saos? ¿Dónde está?",
mientras levanta en alto un gato de fulgurantes ojos grisáceos; de una bolsa que
se ciñe a su cintura asoman sus cabezas otros dos gatos que maullan confundidos.
Cuando
todos los asistentes al encuentro están cómodamente apoltronados en sus
asientos, del techo abovedado de la sala (hecho en madera de pino extraída de la
Isla de la Buena Madera) nace un ruido seco, áspero. Un sitio de la bóveda
comienza a temblar, a oscilar bruscamente. Un espacio de luz se abre entonces
gracias a la acción de Kaur, que tira hacia un costado unas argollas de metal
que penden del marco de una ventana. A través de la abertura, discurre un
diáfano resplandor. Toda la sala centellea bajo una cascada de luminosidad
diurna. Los rostros de los imagors resplandecen entre los luminosos rayos del
sol rojo que descienden sobre Argontia, mientras que, muy cerca del techo, el
niño volador vuela en círculos dentro de la Casa del Sombrero Verde. El ser
aéreo luce arrebujado en su misteriosa prenda que muta su color en diversos
momentos del día. De su cuello, como es habitual, pende el cuerno del que surgen
cuatro astas.
Y, por
una puerta con forma de pincel y dinteles marrones, emergen las solemnes
facciones de Pelgrine. Luego de escrutar detenidamente a la multitud reunida, se
sienta en una silla afelpada y rojiza, con gruesos bordes de madera donde se
tallan figuras de aves y rostros de imagors célebres. Con una de sus manos,
sostiene un emblema del saber de los Etrai: un bastón con alas negras que surgen
de sus costados; en su extremo superior, resplandece un tímpano esculpido en la
dura sustancia de una roca de bermejos visos.
Y olas
de silencio empapan la sala. Contenida como una flecha en un arco, en todas las
mentes, en la intimidad de todas las gargantas, se retuerce la misma pregunta ya
anunciada por la vieja Fonga: ¿Dónde está Saos? ¿Dónde está?
-¡Sé
dónde está!-responde Pelgrine con una firmeza cercana a un grito. En la sala
estalla un agitado vocerío. -¡Sé dónde está!-insiste el Etrai-. Pero me ha
prohibido revelarlo... Sólo puedo decirles que ya se ha iniciado la cuenta
regresiva para el Llao, para el día de la expedición que partirá de Argontia
hacia la Región Extraña. Tres serán los expedicionarios. Sus nombres se sabrán
después de que dejen nuestra ciudad...
Y Senga,
imagor del Triángulo del Color Meditativo, eleva su voz:
-¿Por
qué es tan importante el viaje hacia la Región Extraña? Podríamos seguir
viviendo en Argontia sin preocuparnos por esa parte tan remota y desconocida del
Mundo del Incansable Color. Los imagors anunciadores al pie de los Faros de las
Noticias, todos los días nos recuerdan que el sol rojo sólo brilla con alegría
sobre la Ciudad de los Muchos Colores; en cualquier otro lugar sus rayos serían
tristes y pálidos. Sólo en nuestro hogar, el mundo es un Mundo del Incansable
Color. Y, además, sabemos que en la Región Extraña únicamente hay tierras lisas,
chatas, desnudas, y otras cubierta por polvo y cenizas; o montañas, bosques y
lagos muy grandes e inútiles. ¿Qué podríamos encontrar allí que sea valioso para
nosotros? Dudo que en ningún lugar de la Región Extraña haya cavidades
subterráneas con yacimientos de ikones, nuestras piedras de los muchos colores;
dudo que exista allí la riqueza de árboles y aves que hay en la Isla de la Buena
Madera; y dudo que sus habitantes, si es que hay pueblos que la habitan, tengan
ciudades como Argontia con sus diversidades de oficios y casas multicolores.
Creo que hablo en nombre de todos si digo que no entiendo por qué Saos ha creado
un clima de intriga y misterio sobre esa dichosa Región Extraña; no entiendo por
qué dijo alguna vez que allí vive un saber secreto; y, por supuesto, no
entiendo, ninguno de nosotros entiende, por qué Saos ha desaparecido-. Y luego,
dirigiéndose hacia la asamblea imagor, Senga agrega-: ¡Ya terminemos con este
juego! ¡Pelgrine! ¡Dinos dónde está Saos!
La
congregación imagor acompaña con gritos y aclamaciones la petición de Senga. Y
Senga retoma la palabra:
-¡Pelgrine!
¿Qué contestas?
-¡No
insistan!-exclama el Etrai interino algo fastidiado-. No puedo revelar dónde
está Saos. Si les sirve de consuelo, yo tampoco entiendo cuál es la importancia
de la expedición hacia la Región Extraña...
La
agitación y el mal humor caldean el ambiente; y se escuchan los repetidos
gritos:
-¿Dónde
está Saos? ¿Dónde está? ¡Que venga a explicarnos! ¿Por qué Argontia tiene que
preocuparse por esa inútil y vacía Región Extraña?-. Fonga grita junto al resto
de la asamblea y agita vivamente a su gato que comienza a sufrir un irremediable
mareo.
Pelgrine mantiene un riguroso y tenso mutismo. Kaur no suspende su vuelo
circular. La exaltación y las enconadas demandas de la congregación imagor no se
debilitan. Y entonces, Mogueno, imagor historiador del Triángulo del Magenta
Melancólico, golpea el piso de madera con un bastón forrado en laten.
-¡Ya
basta de tanto ruido! ¡Me volveré sordo con tanto griterío! ¡Mejor cállense o no
les revelaré algo fundamental!...
Un
inmediato silencio conquista la sala. Mogueno mira a Pelgrine; y luego dice:
-Si
bien a los historiadores de Argontia no nos interesa recordar el pasado sino
sólo interpretar el presente, en este caso haré una excepción y difundiré algo
hasta ahora desconocido...En el pasado hubo ya una expedición hacia la Región
Extraña...-. La fiebre de un nuevo silencio acalora la sala; hasta la vieja
Fonga se mantiene en una estricta expectación; Ameguin, Morens, y Molican, los
tres imagors que están a su lado, la observan asombrados.
Y
Mogueno continúa:
-La
única expedición realizada hasta ahora a la Región Extraña no alcanzó a llegar
muy lejos. El grupo expedicionario estaba compuesto por Segone, el más conocido
imagor buceador de ese entonces; Vagoni, mi padre; y Estibón, imagor geógrafo.
Al salir del anillo de bruma, los tres viajeros se adentraron en una gran
llanura que parecía interminable. Cerca de los restos de un molino derrumbado
por una tormenta, se encontraron con un extraño personaje, que dijo ser el
gauchos Calíbar. El desconocido montaba a caballo y traía de las riendas a tres
animales más en los que montaron los imagors. Poco después, explicó que
“gauchos” es el nombre de unos jinetes que viven en vastas planicies que existen
dentro de la Región Extraña.
"Durante una semana aproximadamente, la expedición cabalgó hacia el sur. Al cabo
de ese tiempo, desde lo más lejano de la llanura, llegó un aire seco, mezclado
con una molesta polvareda. El aire cargado de polvo se fue haciendo cada vez más
oscuro, hasta darle forma a una gran pared, una inmensa muralla negruzca, tan
alta que, su parte superior, casi tocaba el techo del cielo.
"La colosal pared de aire oscuro se detuvo frente a una laguna. Calíbar dijo que no se podría avanzar más. A pesar de la negativa del gauchos, Segone, devorado por una tremenda curiosidad, se internó con su caballo dentro de la región polvorienta. Calíbar quiso seguirlo; pero el animal...