
BARAKA O EL VUELO A TRAVÉS DEL GRAN TEJIDO.
PRESENTACIÓN
Baraka es un documental de vanguardia lanzado a las pantallas en 1992. Este film exhibe una sucesión de imágenes y sonidos, sin mediación de la palabra humana. En este devenir se integran, en un solo gran tejido, secuencias de la soledad de la naturaleza, el vértigo de las ciudades, el horror de campos de exterminio, la diversidad de los cultos, ancestrales aproximaciones a lo sagrado aún vivas en el mundo contemporáneo.
Su director, Ron Fricke, fue el encargado de la fotografía de los documentales experimentales que preludian su obra: Koyaanisqatsi y Powaqqatsi, de Godfrey Reggio (obras que también recomendamos de forma entusiasta).
En este momento de Revista Kenos dedicado, en su segundo número, a promover el conocimiento de la diversidad cultural, les presento un texto personal sobre Baraka. He contemplado los aspectos formales del film, pero he querido que la escritura se combinara con la sustancia artística, poética muchas veces, y acaso mística en ultimo término, de la obra. De ahí la tendencia lírica del artículo.
El productor de Baraka es Mark Magidson. Este ha creado una página en internet donde se exhiben dos galerías con imágenes de personajes y lugares que afloran en el devenir de la obra.
Provechosa será la visita a este sitio:
www.thescreamonline.com/photo/ photo2-
Pero también los invito a que realicen su propia experiencia de contemplación de Baraka, una especial obra que se nutre de lo diverso de los cultos que aún invocan la altura y una fuerza sagrada.
BARAKA O EL VUELO A TRAVÉS DEL GRAN TEJIDO
El destino de la obra literaria y cinematográfica suele ser narrar la unidad de una historia. Pero el cascabel de la narración puede sonar en otra superficie: la del tejido de las muchas historias, de los muchos lugares, de los muchos cultos y creencias, de las muchas culturas. Es esta, quizá, una cima más ambiciosa para el relato. El relato de la realidad polifónica.
En nuestra esfera planetaria, lo real es concierto de naturaleza y cultura. En la narración de esta textura del mundo nace Baraka, un documental de vanguardia que continua el narrar múltiple iniciado por un ex sacerdote que vivió bajo el voto del silencio: Godfrey Reggio. Reggio concibió un lenguaje experimental en Koyaanisqatsi y Powaqqatsi. Dos creaciones donde sólo dicen las imágenes y los sonidos. Nunca irrumpe ninguna voz humana. En la primera de estas obras de experimentalismo documental se contraponen la antigüedad, grandeza y soledad de la naturaleza con el vértigo apabullante de las grandes ciudades. Esta experiencia fue continuada luego en Powaaqqatsi, donde la red, el tejido, de los muchos lugares y las escenas del tiempo febril de las ciudades se integran con la desolación, la explotación y la pobreza de varios sitios del planeta.
En Koyaanisqatsi, Reggio tuvo como director de fotografía a Ron Fricke. Fricke será luego el hacedor de Baraka, la nueva explosión sensorial hacia los hilos múltiples del gran tejido de la cultura y la naturaleza.
Baraka es palabra sufí, cuya traducción sería bendición, aliento o esencia de la vida. Hacia paisajes más profundos del tiempo se abre este documental donde sólo fluyen la imagen y el sonido. En ningún momento la voz humana explica o guía el devenir visual. La plétora de imágenes procede de 24 países. Los sonidos son multiformes, como el mundo que entrega la cámara. Sonidos étnicos, tribales a veces; y, en otras ocasiones, cánticos sublimes de Lisa Gerrard (Dean can dance), o campanas tibetanas, o la hipnótica e impactante musicalidad electroacústica de Michael Sterns.
Baraka recoge y despliega el tejido de la diversa búsqueda de lo sacro en las culturas. En su felina y magnética movilidad rebullen personajes y cultos de China, India, Tibet, Israel, Japón, Australia, el Amazonas, entre otros. A pesar de su amplitud, el film sólo absorbe parte de las numerosas aproximaciones a lo sagrado que fosforecen todavía hoy en el mundo contemporáneo del neoliberalismo secular y agnóstico. Al rosario de los cultos se le agrega la naturaleza solitaria y el caos que, con orden torrencial, fluye en las grandes ciudades.
La naturaleza, aun libre del sello rutinario de la civilización, brilla entre cataratas, montañas desérticas, cráteres de volcanes, fértiles planicies africanas, horadados acantilados en costas visitadas por la música infatigable de las olas. Olas: el agua que canta.
Y también lo
natural, libre de la huella humana, aflora con la
tersura plástica de las nubes. Onduladas y blancas
serpientes aéreas. Nubes filmadas en su tiempo real
de
desplazamiento para luego ser mostradas con efecto
acelerado.
Y la grácil carrera de las serpientes nubosas se fractura en el universo sin cielo de las ciudades. Allí, la cámara se enloquece en una continua y frenética avalancha. Un paneo aéreo sobre una gran avenida muestra a los automóviles con velocidades exasperadas. Vehículos que no son ya dóciles instrumentos. Devienen ahora enajenados genios de metal que zumban y se precipitan hacia un adelante imperceptible y sobre un duro pavimento abarrotado de sombras veloces.
Y las personas corren también dentro de estelas evanescentes. Y no son ya individualidades precisas. El anonimato de la urbe se revela como muchedumbres de fantasmales peatones ebrios por la velocidad que necesita aprovechar y economizar el tiempo.
| Dos imágenes para ampliar: arriba, derecha, el jefe de los Kapayo, en el Amazonas brasilero; abajo, derecha, Mesa Arch, en Utah. Algunas de las imágenes de Baraka. |
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Antes y después de la vertiginosa procesión de los peatones, camina un personaje atípico, otro. El hacedor de Baraka gusta también de expresar por símbolos. Así, un monje budista deambula lentamente, meditabundo, hierático. Camina en una calle atestada por transeúntes raudos que pasan. Y toca el monje una campana. Agudeza sonora que ahuyenta los malos espíritus. Y fertiliza el poder del vuelo, el desplazamiento de un alma sensible, sutil, alada, hacia las laderas de la montaña mítica, la montaña hindú, el Monte Meru, que une el cielo con la tierra.
No en vano el efecto de desplazamiento, del fluir constante que burbujea en Baraka, comienza con el encuadre de la figura de un monje budista de espaldas, en oscuridad. El ojo de la cámara se adentra en la oscura cabeza del hombre que medita, del ser capaz del vuelo del espíritu. Inmersión en la oscuridad que es vacío. La vacuidad que precede un encuentro con la esencia profunda del movimiento.
Y luego se inicia
el constante vuelo a través del tejido de la
naturaleza y la ciudad. En el comienzo de la obra,
una presencia no civilizada presagia la posterior
proyección del espíritu hacia la amplitud del mundo
natural y la diversidad cultural. Un mono
descansa
en un lago. La serenidad que exhalan sus ojos, sus
delicadas facciones, expresan sin necesidad de
palabras. Aquella quietud no pareciera únicamente un
remanso de inconciencia animal. La arrogancia humana
quisiera que la expresividad del primate circundado
de agua sólo sea un hechizo sin significado, sin
saber. Pero ante la expresión del ser que abre la
corriente de imágenes de Baraka es difícil no intuir
una conciencia despierta. Viva. Un ojo que sabe. Y
que ya desea el vuelo de la expansión de la
conciencia hacia el gran tejido de la naturaleza y
la cultura.
La comunicación no verbal del animal anticipa también el poder de expresividad preconceptual del rostro humano. Las facciones de una niña indígena brotan entre anillos de densa vegetación selvática. Y su presencia silenciosa dice. La mirada de un jefe indio amazónico habla, por unos segundos, al ojo, sorpresivamente estático, de la cámara. Y lo mismo ocurre con los rostros de unas jovencitas dentro del infierno ambulante de un subte; o con el apacible fulgor de una anciana frente al baile de unas velas.

Entre el movimiento continuo de las imágenes la inmovilidad del rostro como otredad expresiva. El rostro ya no es sólo lo mirado. Es lo que observa al observador. Las imágenes ruedan a través de la horizontalidad de la pantalla. Pero el rostro quieto rompe la bidimensionalidad y dice, en el lenguaje corporal de lo preverbal, el drama y la gracia que bulle en cada presencia humana.
Y antes del momento cumbre del viaje por el gran tejido es necesario recordar las dentelladas crueles de la historia. Por eso, Fricke regresa a los campos de concentración de la Alemania Nazi y de Camboya. Si el vuelo de la imagen y el sonido de Baraka es hacia la esencia, allí debe descubrirse la radiación de lo sagrado, el culto de lo divino, la ebullición sin pensamiento de las ciudades. Y el horror que extermina al hombre.
El vuelo a través de la vida es siempre bifronte. Porque así es la existencia: mal y bien, belleza y repugnancia, plenitud y horror. Y lo sagrado. Y lo profano: el olvido de lo sagrado.
Y el monje que no
suspende su campanadas. Es el preludio del
movimiento final de Baraka. El pájaro que vuela, con
imágenes y sonidos, despliega con más soltura sus
alas. Las mueve con más fuerza. Ahora volará hacia
arriba. La música vuela también. Sonido y figura de
pájaros trepan por campanadas de una religiosidad
cada vez más emotiva. En Baraka, el vuelo a lo alto
se inicia con secuencias de templos del Egipto y
Asia. Y luego el Ganges. La fe antigua que nunca
duda en el triunfo de la altura. De lo sacro. Lo
celeste. El Ganges: la acuática trasparencia eterna
donde se purifican, una vez más, los hombres y
mujeres. Es el río divino de la India hechizada por
lo trascendente. Y los otros cultos vuelven, se
muestran en el tejido de los muchos ritos, las
muchas culturas. Ora el sacerdote cristiano, el
judío, el hindú. Y danza el derviche, en movimientos
circulares, con ropa blanca y una mano hacia arriba
y otra
hacia abajo. Su baile es una oración para la
reunificación con el cielo y la tierra. Y salta un
watusie. Los africanos de la gran altura. Su salto
es un querer rozar la cima de los dioses celestes. Y
un monje japonés golpea una gran campana. Así, la
corriente de oración y devoción traspone lo visible
e inmediato. Y el deseo de lo amplio recorre el
interior de una catedral transfigurada. Una casa de
oración que chisporrotea centellas feéricas de
cristales. El templo aspira también a perder peso, a
abrirse hacia el cielo sobre el desierto, donde
corren nuevas serpientes livianas de nubes. Y las
oraciones avivan sus imploraciones. Y entonces es el
último salto hacia lo alto. El final del vuelo. El
ojo de la cámara parpadea ante un cielo tiznado de
un azul profundo, espolvoreado de estrellas. Es el
camino abierto hacia el gran cielo, hacia la
inacabable casa-universo. Que contiene el gran
tejido. Con todos los hilos de los mundos y de
nuestra pequeña tierra. (*)
(*) Fuente: Este artículo fue escrito especialmente para su edición original aquí.

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Afiche de Baraka. Arriba el rostro de una niña indígena que emerge entre una corona de vegetales. Uno de los rostros que, en el film, trasmiten desde una presencia previa a las palabras. |