MISTERIOSOS SENDEROS DE LA ZOANTROPÍA La metamorfosis del hombre en animal
|
Misterioso sendero de la zoantropía: experiencia profunda del hombre que, según las culturas arcaicas, le permite al hombre mutarse en el animal, no como su opuesto, sino como prolongación de sí. |
La zoantropía es el supuesto poder del hombre de transformarse en animal. Multitud de creencias ancestrales atestiguan la realidad de esta experiencia. Ignacio Perez Colman, en un fascinante artículo que nos ha enviado, recorre varias ondulaciones del misterioso sendero donde el humano deviene destreza y vitalidad animal. Así, el autor explora la noción general de zoantropía, la transformación en diversos animales por parte del dios hindú Vishnú, la licantropía, la recuperación de su forma humana por parte de Apuleyo y Luciano de Samosata, y las creencias en torno a los hombres-tigre de Sumatra y el runauturuncu de Argentina. Gracias este magnético derrotero, podremos, en este momento de Simbolismo animal de Temakel, acercarnos a la frontera oscura, nocturna, y acaso real, donde el hombre deviene alma capaz de habitar o latir en el cuerpo de otros seres del mundo animal.
Desde su génesis, la
modernidad desparramó sobre el mundo una nueva concepción de éste, donde toda
creencia que no estuviese fundada en la razón estaría condenada al destierro.
Frente a la claridad que parecían brindar las luces de la ciencia, los elementos
sobrenaturales de la vida del hombre comenzaron un proceso de extinción. La
creencia en la zoantropía, supuesta capacidad del hombre de metamorfosearse en
animal, que se ha manifestado en casi todo el planeta; no escapó al desvelo
moderno, y pasó a ser considerada como fruto de supercherías y delirios
monomaníacos.
Quizá los orígenes de la zoantropía se hallen en la prehistoria, cuando el
hombre se encontraba en las misma condiciones que los demás animales a la hora
de procurarse alimentos. Muchas de aquellas criaturas estaban mejor equipados
que el hombre para atacar y obtener un presa, lo que provocaría en él cierta
impotencia ante la carencia de cualidades envidiables como la velocidad y la
fuerza.
Con el fin de obtener sus codiciadas habilidades, el hombre comenzó a
experimentar con el uso ritual de huesos, pieles, excrementos y cualquier otra
cosa que pudiera obtenerse del animal. De esta manera, nacía el nexo entre el
chamanismo y el reino animal. Con el tiempo, el chamán de la tribu tendría el
poder de convocar al espíritu del jaguar o del lobo para que sirvieran de
aliados a los cazadores tribales. A partir de esto, llegar a considerar a un
chamán como un hombre-animal, sólo distaba de un paso.
El objetivo de este trabajo consiste en realizar un somero recorrido a
través de las variadas manifestaciones zoantrópicas en los diversos rincones del
planeta a lo largo de la historia de la humanidad.
En este trabajo se exponen también, algunas teorías sobre este fenómeno
desde la particular visión de Elifás Leví y de Antonio González de Salas.
Aspectos generales
sobre la zoantropía
La transformación de humanos en animales ha sido en todo tiempo habilidad del
brujo. En una u otra forma, y más o menos preferentemente según su vocación y
aptitudes, se considera que el brujo tiene la capacidad de ser zoántropo.
Se supone que existen zoántropos desde que hay brujos en el mundo, y éstos
habitan en él desde tiempos inmemoriales. Previo al descubrimiento de América,
había en el continente brujos declaradamente zoántropos. Entre ellos hay
diferencias cuantitativas, pero están unidos por el hecho de haber realizado un
pacto con el diablo, que puede ser más o menos condescendiente con unos que con
otros. La diferencia estribaría, única y exclusivamente en la calidad de las
aficiones y en el mayor o menor poder que el brujo recibe de su patrono.
La zoantropía fue, sin duda alguna, uno de los primeros frutos de la
superstición, hermana de la ignorancia de las arcaicas sociedades humanas.
La superstición trajo al mundo al hechicero, que es su ministro, su
intérprete, su representante. Ya se considere a la zoantropía como una creencia
en la transmutación de seres humanos en bestias, o como un género de locura que
de ella se origina (la manía lupina, por ejemplo), ofuscó y aquejó en un
principio, a latinos y griegos, a los pueblos de Oriente y con posterioridad a
los de Europa. Las sociedades humanas padecieron en todas partes, extravíos de
la misma índole. Los tenía el Nuevo Mundo al tiempo del descubrimiento. La
conquista los halló en los bohíos y en las tolderías del aborigen y en los
imperios del Inca y de Moctezuma. Después de la conquista florecieron en los
nuevos pobladores, en campos y ciudades.
Cuentan las relaciones historiales de los misioneros, que en las regiones que
vierten al Paraná y Uruguay, había una casta de indios que eran poseídos por un
espíritu maligno, que los impulsaba a penetrar en pueblos a modo de perros
rabiosos y hacer en ellos carnicerías. De repente, se apoderaba de ellos un
furor irresistible y, con su arco y flechas, rugiendo como fieras mataban a la
gente y se la comían. Se dice que solían vagar de noche por los campos como
enajenados, tomando brazas de fuego con las manos, llevárselas a la boca y
engullirlas sin que les hiciesen daño. Pasado el furor, no sabían qué era
aquello que interiormente les motivaba a ejecutar cosas semejantes. Estos indios
eran llamados apiocarés, que quiere decir hombres protervos o sin discurso
[1].El licántropo, que de Europa se trasladó con los nuevos pobladores al
continente de Colón, ha podido pasar a ser zoántropo con facilidad en su nuevo
domicilio. Al pisar las playas de América, se encontró con un colega que le
dejaba muy atrás en habilidades. En toda la región meridional del continente
hubo zoántropos. En todas las costas bañadas por el Atlántico, el licántropo
halló hechiceros o brujos capaces de tomar las formas de lobo o de cualquier
animal feroz cuyos instintos y poder irresistible le conviniese utilizar para
satisfacer sus pasiones o para la ejecución de empresas menos interesadas. En
las regiones que se extienden del Amazonas hacia el Orinoco, salió el Tejoje a
recibirlo. En las regiones que comprenden desde el istmo de Panamá hacia el
Orinoco se topó con el Payé o hechicero que, como el Tejoje, sobrevivió a la
entrada de los españoles y portugueses.
Las mitologías y las tradiciones indias son también una rica fuente de
creencias vinculadas a la zoantropía. Los brahmanes habían sistematizado las
primitivas creencias del pueblo y unificado toda aspiración fetichista, ya desde
el zoomorfismo más elemental al antropomorfismo más perfecto. El vishnuismo, que
por un lado humaniza y por el otro zoomorfiza todas las fuerzas de la
naturaleza, agrupa estas primitivas creencias, las recopila literariamente y
forma un cuerpo de doctrina cuyas avataras se narran las sucesivas
transformaciones que sufre el divino Vishnú.
Para librar de la muerte a los hombres, Vishnú se encarna primero en tortuga
gigante y, con su fuerza colosal, como lo hiciera Hércules, sirve de soporte al
mundo; en el jabalí de dientes afilados que lo limpió de los peligros; y en el
monocero o pez milagroso que dirigió el rumbo de la nave de Manú cuando éste fue
salvado con los suyos del diluvio. Su transformación en Hombre León o Nurisnha
le permite despedazar al demonio que acometía a los dioses. En sus
transformaciones humanas, Vishnú es sucesivamente Rama, Khrisna y Buda, amén de
simbolizar a todos los gurús o fundadores de sectas religiosas.
Algunos avatares de Vishnú, como Khrisna y Rama, aparecen en ciertos pasajes
también con atributos bestiales, en especial cuando se ven obligados a luchar
contra sus enemigos.
En el mismo espíritu que los avatares indias están las "transformaciones" de los
antiguos egipcios: más allá de la muerte, el egipcio esperaba renacer o, mejor
dicho, sufrir transformaciones a través de diversos animales sagrados, para
volver por fin a su forma humana original, que guardaba celosamente gracias a
los perfectos procesos de momificación. Durante el período de pérdida de su
humanidad, en las sucesivas encarnaciones zoomórficas, debía luchar contra
bestias fantásticas o impías que hacían de él su presa favorita. Estas fieras se
representan en jeroglíficos egipcios como hienas, chacales y, principalmente,
como lobos que pueden devorar la sombra material del individuo y hacerle
imposible la resurrección.
Subyaciendo con la figura del zoántropo, como ocurre con la del vampiro, se
hallan rasgos de erotismo perverso que, cuando se manifiesta en el hombre, llega
a la consumación de los más horribles crímenes. Esta misma característica se da
en los dioses: Khrisna es un dios báquico que corretea tras idílicas y
voluptuosas pastoras, pero halla el verdadero goce cuando al fin lucha contra
los reyes impíos y los despedaza. Rama, bajo la tutela de Hanuman, el dios mono,
marcha al frente de su ejército cuando invade Ceilán y destroza alegremente los
cráneos de los enemigos.
En la tradición bíblica, existe también algunos casos de zoantropía. Caín,
tras haber asesinado a su hermano Abel para arrebatarle a su esposa Aclima
-dicen los talmudistas-, vagó por las selvas llevando una vida errante, y que
tan agudo fue su proceso de animalización que, años después, uno de sus nietos
lo mató creyéndolo una fiera salvaje.
Teorías sobre la
metamorfosis zoantrópica
Según el sacerdote Rosacruz francés Alphonse Louis de Constante –más conocido
como Elifás Leví (1810-1875)-, clásico expositor de la ciencia oculta, expresa
en su obra Dogme et Rituel del la Haute Magie que ninguna de las personas que
supuestamente son zoántropos, saben qué es lo que padecen. Leví sostiene que
ninguna persona habría sido muerta por un zoántropo sin herida de sangre; que
ninguno de éstos, aun herido, habría muerto en el acto y lugar de la pelea; y
que los individuos que se sabían zoántropos se habrían hallado siempre en sus
casas, después de haber sido perseguidos, más o menos lastimadas, pero en su
cuerpo antropomorfo. Un zoántropo, según Leví, es el cuerpo sideral (1) de un
hombre cuyos instintos salvajes y sanguinarios representa el lobo. Penosamente
duerme en su cama y sueña que es lobo, mientras el fantasma que lo representa,
el animal, vaga por el campo. Se hace manifiesta la sobreexitación, próxima al
sonambulismo, que ocasiona el pánico en los individuos que le contemplan, o la
particular disposición de los campesinos a ponerse en comunicación con la luz
astral (2) a cuyo favor se realizan las visiones y los sueños. Los golpes que
recibe el zoántropo hieren a la persona dormida que representa; lo que se
verifica en virtud de una congestión ódica (Od: Fuerza vital, que todo lo
penetra y que de todos los cuerpos fluye incesantemente, a manera de dinamismo
cósmico. Ódico: que incluye od o pertenece a él) de la luz astral, de una
correspondencia entre el cuerpo inmaterial y el cuerpo material[2].Un erudito
humanista de principios del siglo XVII, D. Jusepe Antonio González de Salas,
concibió, disertando sobre zoántropos, una idea muy original. Así como parece
haber hombres que se transforman en bestias, se planteó el hecho de por qué no
habría de ser posible que las bestias, a su vez, se transformasen en hombres.
Confiesa, no obstante, que antes de él, pensaron lo mismo Simónides y Proclo;
pero González, según sus palabras, aún no había leído sus obras, cuando le
surgió aquella inquietud, hallazgo que dio lugar a que ya por entonces
"recelasen espíritus nobles y trascendidos" que viviesen entre la gente, lobos,
asnos, cerdos y otros diversos animales en figura de seres humanos, pero con
hábitos, actitudes, ademanes y rasgos fisionómicos que delataban su forma e
índole natural. No debería sorprender, por tanto, la probabilidad de toparse con
individuos que, después de verlos y hablar con ellos, y a veces de primera
ojeada; se muestren irracionales; lo cual indicaría, para González de Salas, ser
bestias con apariencia de hombres [3].
Esta supuesta habilidad de los
animales de transmutar se puede apreciar en El Monstruo del Mar (The Sea Thing,
1939), cuento del escritor A. E. Van Vogt, donde un dios-tiburón adquiría forma
humana para vengarse de un pescador que intenta matarlo de un arponazo. La
mirada del furibundo tiburón-hombre despertaba una gran perturbación entre los
personajes del relato, quienes intuían que aquel hombre ocultaba un ominoso
secreto.
Leví desarrolla también una teoría muy similar a la de González de Salas.
Según Leví, la fisonomía de cada individuo lleva marcado el sello de su instinto
predominante. Esta circunstancia le predispone a transformarse, por medios
adecuados, en el animal cuyo instinto manifiesta predominar entre las
condiciones de su carácter. A unos instintos contraponen otros diferentes de
igual o mayor eficacia, por los que los que son equilibrados o vencidos.
Si se es un perro –dice Leví- y se busca el amor de una gata, no se debe hacer
más que metamorfosearse en gato por medio de la observación, de la imitación y
de la imaginación, a través de la "polarización de la propia luz animal, hasta
conseguir el equilibrio de la fuerza que obraba en sentido antagónico". La
Polarización magnética puede efectuarse por medio de formas animales. Los
magnetizadores dan al agua pura, por sola imposición de las manos, las
propiedades del vino o de un medicamento. Los domadores de fieras dominan al
león, superándole mental y magnéticamente en fuerza y bravura. Los animales son
los símbolos vivos de pasiones e instintos de los hombres: el hombre tímido se
convertirá en liebre, y el feroz, en tigre. Leví comenta que San Ignacio de
Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, desarrolla una gran potencia
mágica ordenando a sus discípulos que vean, gusten y palpen las cosas
invisibles. "El jesuita comunica la eficacia de sus principios a un conjunto de
voluntades igualmente acondicionadas, y cada uno de los padres de la compañía es
tan fuerte como la sociedad religiosa que integra, y esta sociedad es más fuerte
que el mundo". [4]
Licantropía: la celebérrima forma de zoantropía
El licántropo no representa sino una de las variadas formas de zoantropía.
Sólo que la licantropía vino a ser la forma clásica, la que preponderó en
Europa, e hizo olvidar todas lasa demás de las que se revistiera el zoántropo.
El patrono de los hombres lobo es Licaón, rey de Arcadia y de cuyo nombre se
deriva el término.
Pausianas, Platón y Ovidio han dado distintas versiones de lo que le ocurrió
a Licaón, pero coinciden en señalar que su gran arrogancia y presunción lo llevó
a querer burlarse de Zeus invitándole a comer un guiso preparado con el cadáver
de su propio hijo. Zeus, al darse cuenta del engaño, lo castigó transformándolo
en lobo.
Plinio recoge a su vez en la Historia Natural el caso de un brujo llamado
Domaco que por haberse comido el vientre de un niño, era transformado en lobo
durante una noche de luna llena.
Nabucodonosor, rey de Babilonia, fue metamorfoseado en buey durante siete años,
como castigo divino por haber sometido a los israelitas. La leyenda dice que
cuando el rey de Babilonia recuperó la forma humana, sus uñas quedaron
deformadas a modo de pezuñas de buey. Afectado por un trastorno cerebral,
Nabucodonosor habría padecido la llamada manía lupina o insania lupina, extraña
afección que tanto apasionara a médicos, teólogos y demonólogos. Santo Tomás
sostenía que la transformación de Nabucodonosor sólo existía en su exaltada
imaginación.
Pero más que un buey u otra figura animal, es la del lobo la que adopta quien
padece la manía lupina; y es justamente esta figura la que da origen a su
denominación en todas las lenguas europeas: werewolf, loup-garou o loup-varou
(del latín lupus varios), garwall, lobisome, etc.
Poetizados los licántropos por Homero, Ovidio y Apuleyo, los hombres lobo han
tenido siempre una característica: no hay folklore ni religión que no haga
alusión a los avatares de los dioses y demonios en su transformación bajo un
aspecto seductor, punitivo o triunfante. La fatalidad ha querido que esas
amables fantasías sean a menudo tomadas al pie de la letra, habiendo dado lugar
así durante el Renacimiento, a discusiones interminables, y tanto más inhumanas,
ya que desembocaban en la ejecución de la pena de muerte de aquellas personas
consideradas brujos, acusados de haber revestido forma animal.
En la antigüedad, las creencias estaban, por otra parte, escindidas respecto
del carácter divertido o maléfico de las transformaciones animales. Al lado de
los trucos y trampas que los dioses empleaban para seducir a los mortales,
existían verdaderas víctimas maleficios de cólera celestial, como son los casos
de los compañeros de Ulises y el del ya mencionado Nabucodonosor.
El caso más flagrante de licantropía es posible que sea, sin embargo, el de
Osiris, que salió de los infiernos y, adoptando la forma del lobo, ayudó a su
esposa Isis y a su hijo Horus en la lucha contra el tifón.
Durante la Edad Media, los hombres-lobo podían ser identificados según
señales inequívocas, cuando su transformación no era evidente: por frecuentes
contorsiones corporales o su andar felino, por la hinchazón de la cara,
insensibilidad a los insectos y los parásitos, respuestas extrañas que no
correspondían a lengua alguna conocida, punzadas de agujas sin que hubiera
efusión de sangre, y el signo más verídico: los clamores de vientre.
Mediante estas señales, y principalmente debido a los clamores abdominales,
cuenta Ramón Hervas Marco, en su libro Los Hombres Monstruo, que en el siglo
XVII fue detenido un hombre llamado Giles Garnier. El propio Luis XIII siguió de
cerca el asunto y cuando supo que sus corchetes (suerte de cuerpo policial)
habían hecho que una zorra hambrienta devorara el hígado del desdichado sin que
éste manifestara dolor, autorizó su proceso.
Probado que tomaba frecuentemente la forma de lobo para cometer asesinatos,
Enrique Camus, conserje del rey, manifestó al tribunal que Garnier habría ido a
una viña pocos días antes de Todos los Santos y allí había atrapado a una niña
de doce años a la cual mató con sus colmillos y garras.
Según demostró la instrucción, pocos días más tarde de estos hechos, Garnier
habría vuelto a atacar a otra niña para devorarla. Y ya la tenía bajo sus garras
para despedazarla, cuando a los gritos de la desdichada acudieron unos vecinos y
pudieron salvarla, aunque, aparentemente, bastante maltrecha. Después de la
fiesta de Todos los Santos, estando todavía en su forma de lobo, habría devorado
un muchacho y, posteriormente, ya en su figura humana, robando un niño y con la
intención de comérselo.
Quemado vivo y echadas sus cenizas al viento, Garnier no parece ser el único
loup-garou registrado en los documentos franceses.
Juan Grenier, un muchacho de quince años, fue también condenado al la hoguera
acusado de ser un brujo lobo y de haber comido a varios niños, según testimonió
Juana Garibauc, una muchacha de su edad que habría sido atacada por él.
Estando el diablo medieval representado por el macho cabrío, no es extraño
que se considerase que Satán se posesionaba de los hombres tomando rasgos
animales que simbolizaran la crueldad de sus crímenes. ¿Y qué animal más cruel
que el lobo a los ojos de los aldeanos europeos?
Como escribe el demonólogo Lancre: "El diablo se transforma más a gusto en
lobo que en otro animal porque el lobo es devorador y, por lo tanto, más dañino
que otros animales. También porque el lobo es el enemigo mortal del cordero, en
cuya forma fue figurado Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor...". [5]
Príncipes y Varones de toda Europa creyeron firmemente en la posibilidad de que
un hombre pudiese transformarse en lobo. Segismundo (1368-1437), rey de Hungría
y líder del Sacro Imperio Romano Germánico, hizo que la Iglesia reconociera
oficialmente la existencia de hombres-lobo durante el concilio ecuménico de
1414. Allí, se llegó a la conclusión de que, en efecto, había licántropos u
hombres que, con la ayuda del diablo, podían transformarse en lobos. Se llegó a
considerar inclusive, que era una herejía negar o no creer en la existencia de
licántropos. En el siglo XVI, el fenómeno adquirió tales proporciones en toda
Europa que la Iglesia romana decidió llevar a cabo una investigación oficial.
Entre 1520 y mediados del siglo XVII, se enumeraron unos treinta mil casos de
licantropía en Europa occidental, Serbia, Bohemia y Hungría.
El poder de las flores, o cómo Luciano de Samosata
recuperó su forma humana
Durante la Edad Media, y aún la moderna, se generalizó en Europa la creencia
de que las personas de ambos sexos podían, a favor de ciertos hechizos o por
medio de un encanto, transformar o ser transformar o ser transformadas en aves o
cuadrúpedos. En unos era temporaria, dependiente de su voluntad y para sólo
cumplir sus designios, buenos o malos, y en otros fatal, ineludible y perpetua.
Lo más común era la forma, hábitos, condiciones e instintos de ave de rapiña, de
lobo, de búho o de gato (3).Algunos autores estiman que es bajo la fuerza de
drogas poderosas que los hombres pueden transformarse en bestias, pero no
coinciden en señalar cuáles pueden ser exactamente las hierbas que operan el
prodigio. En cambio coinciden en señalar que determinadas flores son capaces de
devolverles a su primitivo estado.
Antiguamente se creía que los pétalos de la rosa eran los que tenían la
facultad de "deslobar" al hombre y, en las tradiciones modernas, esta misma
virtud se atribuye a la flor del acónito.
El filósofo y jurista griego, Luciano de Samosata (125-192) relata cómo
queriendo transformarse en pájaro, recurrió a las artes de una bruja tesaliana
para que le preparase una poción adecuada. La hechicera equivocó la fórmula, y
en lugar de pájaro, Luciano quedó convertido en asno, animal que simboliza a
Príapo. Tras diversas aventuras bajo la figura asnal, Luciano pasó a ser
propiedad de una mujer tan licenciosa como volcánica, que encuentra en Luciano
al único remedio que puede apaciguar su apetito. Pero tanta es la perversión,
que su ama llega a exhibirlo en público para que todos puedan ser testigos de
las proezas del asno y de los goces de ella. Esta aventura termina cuando,
descansando junto a su cama, Luciano advierte que entra en la estancia un hombre
cargado de flores. Entre aquellas, distinguió rosas recién cortadas; al
instante, saltó del lecho. Todos creyeron que se levantaba para bailar pero,
recorriendo los ramos con su hocico, escogió rosas entre las otras flores y las
devoró. Entonces, con gran asombro de los espectadores, la figura del animal se
desvaneció; el asno desapareció y en su lugar había aparecido Luciano, de pie y
completamente desnudo. Todo el mundo quedó desconcertado a causa de la
metamorfosis asombrosa e inesperada; se produjo entonces un escándalo espantoso.
El incidente termina con la presencia del gobernador, que reconoce a Luciano
y ordena que sea puesto en libertad. Y aquella misma noche, con sus mejores
galas, Luciano se dirigió a la casa de su antigua ama. Cenó con ella, y ya
avanzada la noche, llegada la hora de irse a la cama, se levantó y creyendo
realizar una hazaña, se desnudó, estimando que así le gustaría más en
comparación con el burro. Pero ella, viendo que Luciano no era más que un
hombre, lo miró con desprecio y le dijo que se largara, a lo que Luciano le
preguntó qué crimen había cometido para merecer semejante respuesta; a lo que
ella respondió que no era él sino del asno de quien estaba enamorada, que era
con el animal y no con Luciano con quien se había acostado, y que pensaba que
todavía conservaba su "hermosa y buena pieza" que distinguía al asno. Luego de
la metamorfosis, Luciano era, en opinión de su antigua dama, un mono ridículo.
Los hombres-tigre de Sumatra y el
runauturuncu
En la selva virgen el hombre se encuentra tan cerca de la naturaleza y
depende tan por completo de ella, que no puede menos que sopesar todos los
fenómenos que observa. A medida que el tiempo transcurre, las generaciones de
los moradores de la selva entretejen teorías y fantasías alrededor de los
sucesos, que luego dan lugar a grotescas leyendas.
Pocas de las leyendas de Sumatra son creídas con más firmeza por los habitantes
de la selva como la que se relaciona con los ngelmu-gadongan, es decir, con los
hombres-tigre.
Según las tradiciones del distrito de Palembang, Indonesia, existen seres
humanos que parecen completamente normales, pero que carecen del canal del labio
superior. Estas personas, según las leyendas, tienen la facultad de convertirse
en tigres. Algunos lugareños afirman que en la región montañosa, en las alturas
de Dempo, se decía que existía una aldea habitada exclusivamente por hombres y
mujeres tigre.
Cuando adoptan la forma humana, los hombres-tigre se conducen como cualquier
ser humano común y corriente. Atienden sus campos y asisten a bazares a vender
sus cosechas y a efectuar sus compras, y se casan con personas de los
establecimientos vecinos.
Según los lugareños en cierta época del año, los tjindaku, abandonan su morada
para dirigirse a sus regiones preferidas de caza. Si llegan a alguna aldea,
ingresan a ella en forma humana, suplicando a los aldeanos que les permitan
pasar la noche. En el caso de que el aldeano sea poco cauto y no observe que les
falta el canal del labio superior, pagará muy caro su descuido: por la mañana
los vecinos sólo encontrarán sus huesos, y no se verán señales de los tjindaku.
Las leyendas sobre los ngelmu-gadongan y tjindaku no sólo se limitan a Sumatra.
Gente del este de Java parece haber escuchado la leyenda de los gadongan, pero
sin la fórmula mágica. Según su versión, la metamorfosis de hombres en animales
opera de forma inconsciente.
El misterio de la zoantropía ha poblado con sus creaciones también la selva
santiagueña. En ella hay un mito al que los antiguos pobladores de la zona
solían llamar runauturuncu. Este nombre está formado por dos palabras de origen
quichua: hombre (runa) y tigre (uturuncu). Este indio-tigre es un brujo. Sin
embargo, los relatos de la selva no descubren el secreto de su virtud. Se cree
que pudo haber sido obtenido en pacto con el diablo (Zupay), debido a razones
vinculadas a la venganza, o bien para poseer el vigor animal y la inteligencia
humana.
Curiosamente, el runauturuncu ha sido inmortalizado por Alfredo Guido en el
mural titulado "Las leyendas del país de la selva" (1938), que se encuentra en
la estación Bulnes de la línea D del subterráneo de Buenos Aires.
Conclusión:
Es notable el hecho de que prácticamente no exista cultura alguna que no haya
manifestado creer en la transmutación zoantrópica, hecho que lleva a reafirmar
que todas las supersticiones populares tienen su equivalente en otras épocas y
regiones, y que poseen un denominador común: la naturaleza desconocida.
La zoantropía nació en un mundo que no estaba regido bajo la lente de la
razón, la que, a pesar de despojar al mundo de sus costados fantásticos y
míticos, felizmente lo despojó también de la ignorancia. De esta manera, sabemos
hoy que ese tipo de creencias estaban fundadas en la superstición y que en
muchísimos casos eran producto de perturbaciones mentales, de la autosugestión y
de la ingesta de drogas alucinógenas que inducían a aquellos que las consumían a
creerse zoántropos: algunos licántropos, de acuerdo con relatos del siglo XVII,
aseguraban, por ejemplo, que en realidad eran lobos, pero que su cabello crecía
en el interior de su cuerpo. Ejemplos como éste ponen de manifiesto la
importancia de la autosugestión en aquellos individuos declarados zoántropos.
La creencia en la zoantropía y sus derivados, han llevado a que a lo largo de
la historia se cometan asesinatos brutales a mucha gente por el simple hecho de
haber nacido con determinadas anomalías físicas consideradas rasgos distintivos
de un zoántropo.
A pesar del empecinado esfuerzo moderno en erradicar toda posibilidad de
existencia de seres zoántropos , ésta no ha logrado calar con suficiente hondura
en la mente de muchos hombres, quienes mantenemos, en un rincón de nuestro
entendimiento, algo de ese temor primitivo hacia lo desconocido heredado de
nuestros antepasados, y que le da a nuestras vidas un matiz particular.
Citas y notas:
[1] Padre Antonio Ruiz de
Montoya, Conquista Espiritual del Paraguay, Paraná y Tape, en Supersticiones del
Río de la Plata, de Daniel Granada, página 418)
(1) Según las doctrinas de la magia, el fluido astral condensado en cuerpo
astral es una de las grandes fuerzas de la naturaleza. Todo cuerpo emite este
fluido, que permite las materializaciones de los cuerpos de los difuntos y de
los vivos. Es el lazo psíquico que une el mundo material o físico, al mundo
inmaterial o invisible (espiritual). El cuerpo astral durante la vida del
hombre, está en él y fuera de él. Irradia en torno de él, produciendo
emanaciones fluídicas. Puede proyectar fuera de sí, mediante una fuerte
concentración de su voluntad, su cuerpo fluídico o cuerpo astral, en parte al
menos, no enteramente, ya que eso implicaría la muerte. El hombre puede, de esta
manera aparecer fluídicamente (o sea, en estado de cuerpo astral) a una
distancia cualquiera del punto del que se encuetra. Puede también
materializarse, es decir, aparecer revestido del cuerpo físico, y desde luego
recupera hasta cierto punto todas las propiedades del cuerpo verdadero. (Ernest
Bosc, La Psychologie devant la Science, en Ibid., p.416).
(2) La luz astral según las doctrinas de la magia, es la fuerza-substancia
universal, de la cual son modalidades todas las demás fuerzas y substancias.
Sigue casi las mismas leyes que la electricidad, una de sus manifestaciones
superiores. Es la gran fuerza o corriente luminosa –de donde le viene el
nombre-, que mantiene las atracciones armónicas entre todos los astros. La parte
más elevada de la producción corporal viene a ser el cuerpo astral, es decir, la
fuerza nerviosa que circula en el organismo, la cual, así es susceptible de
condensarse como de dilatarse; y de tal modo que puede salir fuera del ser
humano. Es una fuerza invisible, a la que vulgarmente se la denomina vida (Papús,
Traité Methodique de Science Occulte, en Ibid., p. 422).
[2] Ibid., p.422
[3] Compendio Geográfico e Histórico del Orbe Antiguo, por Pomponio Mela, con
nueva y varia ilustración; traducido al castellano por D. Giusepe Antonio
González de Salas. Edición de Sancha; Ibid., p. 426
[4] La Clef des Grands Mysteres, por Elifás Leví en Ibid., p.427
[5] Ramón Hervas Marco, Los Hombres Monstruo, p.138
(3) "Otras veces, acabadas de untar a nuestro parecer mudamos (las brujas) de
forma y, convertidas en gallos, lechuzas o cuervos, vamos al lugar donde nuestro
dueño (el demonio) nos espera, y allí cobramos nuestra forma y gozamos de los
deleites, que te dejo decir, por ser tales que la memoria se escandaliza de
acordarse de ellos" (Coloquio de los perros Cipión y Berganza, por M. De
Cervantes, en Supersticiones del Río de la Plata)
Bibliografía:
Granada, Daniel; Supersticiones del Río de la Plata; Editorial Guillermo Kraft,
Buenos Aires, 1947 Hammerly Dupuy, Daniel; Por tierras de Gorilas, Antropófagos
y Mau Mau; Editorial Hachette; Buenos Aires, 1958
Hervas Marco, Ramón; Los Hombres Monstruo; Editorial Bruguera, Barcelona, 1974
Jean Marigny; El Despertar de los Vampiros; Ediciones B, Barcelona, 1999
Rojas, Ricardo; El País de la Selva; Editorial Hachette, Buenos Aires, 1956
Saunders Nicholas; Los Espíritus Animales, Editorial Debate, Barcelona, 1996
Schilling, Tom; Cacería en Sumatra y Java; Editorial Constancia; México D.F.,
1957